Había pasado la tarde con la señora Betany. Según hace poco había llegado desde Alemania, el señor Von Parker le pidió que viniera y siguiera siendo su ama de llaves. Ella le explicó detalladamente todo lo que le faltó a la señorita Kate decirle sobre la pequeña Luna y las peculiaridades de la condición de la niña.
—¿De dónde eres, Noa? —preguntó la doméstica más joven.
—Yo soy de Harlem, Lilly. ¿Y tú?
—Harlem, eso queda muy lejos —respondió Lilly, asombrada—. Trenton, vine aquí para estudiar artes escénicas, pero terminé aquí porque mi sueño de ser actriz no se pagará solo —dijo la alegre mucama de ojos azules y cortos rizos castaños miel.
—Bueno, Noa, son las tres de la tarde. Luna ya debe estar por llegar y ya lo sabes, linda, no desesperes. Si algo ocurre, solo llámame —recordaba Betany, quien se ofreció para orientar a la niñera.
—Sí, Betany.
Terminó la taza de café. Gracias a Betany pudo saber más de la pequeña que cuidaría. Salió a esperar a la niña; mientras esperaba, apreciaba los alrededores de la casa. Por un momento, la imagen de Alexander llegó a ella. En el club era un hombre tan diferente al que vio cuando fue a la mansión por primera vez. El Alexander que vio en la mansión tenía una mirada cálida, hablaba con suavidad mientras acunaba a su hija en sus brazos. A leguas se veía lo protector que era con la niña.
—Solo espero conservar este empleo —vio una camioneta negra detenerse frente a la casa. Un hombre de traje bajó para acto seguido abrir la puerta trasera del vehículo. El chófer ayudó a la pequeña a bajar—. Es una niña preciosa —susurró al ver a la niña acercarse.
Luna caminaba junto al chófer. El hombre de traje traía la maleta y el estuche del violín. En cuanto la pequeña castaña vio a la morena al pie de las escaleras, corrió hacia ella.
—Hola —saludó la castaña de coletas.
—Hola —respondió, inclinándose a la altura de la niña—. ¿Cómo te fue en la escuela?
Se arrepintió de esa pregunta, pues la sonrisa de la niña se había transformado en una mueca.
—No me gusta esta escuela —fue su respuesta. Luna jugaba con sus dedos, evadiendo la mirada de Noa—, me dicen de cosas —musitó la niña, haciendo un pequeño puchero.
No pudo evitar sentirse identificada. En la escuela, al inicio, no fue fácil; todos le aislaban por ser diferente, apenas y sabía algunas palabras en inglés.
—Pues ya estás en casa. Yo seré tu nueva amiga, me llamo Noa —dijo la morena, estirando la mano derecha.
Luna miró la mano extendida de Noa. No quería tomarla, no le gustaba el contacto físico. Apenas y rozó los dedos de la mujer frente a ella, los agitó para luego soltarla con rapidez.
—Me llamo Luna, tengo siete años y medio. No me gusta el color verde, pero sí me gusta el amarillo. No me gustan los pimientos y...
—Bueno, bueno, entremos y allí me sigues contando qué te gusta y qué es lo que no te gusta, ¿te parece, Luna? —inquirió, asombrada al ver lo directa que era esa pequeña princesa.
La pequeña asintió animada. Entró dando saltitos a la casa. Noa tomó la maleta y el estuche de manos del chófer para luego también entrar a la casa.
El chófer quedó mirando a la chica que recibió a la niña. Su belleza lo dejó prendado, pero algo en ella se le hacía familiar. No sabía exactamente, pero sabía que en algún lado ya la había visto antes; de eso estaba casi seguro.
•••
Estaba ansioso. Esta reunión se estaba extendiendo más de lo debido. No quería dejar perder este trato, aunque a estas alturas nadaba en un mar revuelto. Se sentía de manos atadas; no tenía idea de qué piezas mover en ese tablero para quedarse con esa sociedad.
—Bueno, ya que todos los puntos a tratar están aclarados, no veo por qué debamos seguir alargando la decisión.
—Francisco tiene razón, padre. Ya es hora de tomar una decisión —dijo Takeru, con fastidio. Esperaba que su padre estuviera de acuerdo con él. Takeru no quería asociarse con los alemanes. Para el japonés, esto era una pérdida de tiempo y dinero. Además, no era que le agradara mucho el nuevo director ejecutivo; tenía una actitud tan acartonada y seria que fácilmente podría pasar como prepotencia.
—Tienes razón, Takeru —secundó Daisuke—. El grupo Shinomoto y el consorcio Parker han tenido buenos frutos en ocasiones anteriores. Por eso daremos una vez más un voto de confianza, Alexander. El grupo Shinomoto propone una sociedad de un año.
—¿Un año? —cuestionó Takeru, no muy de acuerdo con la decisión de su progenitor.
—Sí, Takeru, un año —confirmó Daisuke al muchacho—, quiero dar una oportunidad a Alexander. Frederick me ha dado muy buenas referencias de su nieto y yo confío en su palabra. Si de aquí a un año todo sigue andando como espero, nuestra sociedad se extenderá con los Von Parker, hijo mío.
—El consorcio Parker pondrá todo para crecer mutuamente. Los productos Nova han tenido mucho auge en estos años. El grupo Shinomoto ha hecho crecer su marca y sus smartphones siempre están en boga —dijo Francisco, entusiasta. Afortunadamente, todo iba bien.
—Sin embargo, no podríamos decir lo mismo de ustedes. Según se han tenido bajas estos últimos años en el mercado, prácticamente están a flote por su inteligencia artificial en la línea blanca —refutó Takeru, con suficiencia, resaltando las bajas de la marca principal del grupo Parker.
—Bueno, Shinomoto, la nueva administración no cometerá errores del pasado —replicó Alexander. Miró al japonés con determinación—, verán que ambos nos beneficiaremos de esta sociedad.
—Esa es música para mis oídos —dijo Daisuke, poniéndose de pie—, me gustaría dejar a mi hijo en representación del grupo Shinomoto. Nadie mejor que él, joven Alexander.
—¿Qué? —preguntó, exaltado—. Pero, padre...
—Takeru, este es un proyecto importante. Tú eres la cabeza de Nova, la marca con la que el consorcio Parker trabajará. Hijo, ¿qué mejor que tú para trabajar codo a codo con Alexander en esto? —explicó el mayor, con simpleza.
Editado: 24.06.2026