—Niña estúpida, yo soy tu dueño, me debes esta vida y parte de la otra. ¿Y crees que con un sueldo mediocre vas a saldar tu deuda?
Tembló de ira ante lo dicho por ese hombre. Ya no estaba tras su escritorio. Ahora la sostenía con fuerza del cuello. Abrió sus ojos y la expresión de aquel hombre la aterrorizó; si no le soltaba rápido, ella creía que iba a morir.
—Suéltame —dijo con voz gutural apenas audible. Comenzó a clavar las uñas en las manos de Fabrizio, pero este no mostró ni un ápice en querer detenerse.
Repentinamente la soltó. Noa se sostuvo el cuello con ambas manos, respiraba y tosía con desespero. Su pecho subió y bajó, urgido del preciado oxígeno.
—¡Estás loco! —exclamó ella, aún jadeando. Sus pulmones reclamaban el preciado oxígeno.
—No te vuelvas a querer pasar de lista, Noa, o la próxima no tendré compasión contigo, pequeña zorra. ¿Pensaste que te desharias de mí? —dijo él, irrisorio, caminando a su escritorio para tomar un puro de una caja de madera—, déjame explicarte unas cosas, Azul. No acabé contigo porque me debes, niña, me debes y te falta mucho por pagar los gastos de tu madrecita. Cosa que de nada sirvió, pues la inútil no resistió. Patético —dijo Fabrizio, hastiado.
—¡A mi madre no la menciones con tu asquerosa boca! —replicó la morena, abalanzándose a Fabrizio y asestando una bofetada en la pálida mejilla de aquel hombre. El golpe hizo que este arrojara el puro al suelo.
Fabrizio tomó a Noa de la muñeca, llevó a la chica hasta pegar su espalda a la pared con brusquedad, haciéndole quejarse de dolor.
—Vuelves a tocarme y ese precioso rostro tuyo será estropeado con unos cuantos hematomas, Noa —habló él, ejerciendo más fuerza en su agarre en la delgada muñeca de la chica.
—Ya déjame en paz —se quejó ella, jadeando del dolor en sus muñecas.
—Tú sabes qué hacer, linda, también sabes qué pasará si no vuelves.
—A Cameron déjala fuera de esto, Fabrizio —reprochó Noa, llena de cólera e impotencia. Se sintió atada de manos. Aceptó ir al club Caleidoscopio por amenazas de Fabrizio; de no volver, Cameron pagaría las consecuencias.
—Tú sabes qué hacer, vuelve conmigo y Caleidoscopio no perderá a nuestra hermosa Violet —dijo, con simpleza.
—Eres despreciable, eres un...
—Un nada, primor, tú decides —respondió Fabio, despreocupado, encendiendo otro puro.
—Te odio —susurró, molesta.
—Tú solo vienes aquí cada fin de semana, mueves las caderas y te largas. ¿No es muy difícil lo que pido, o sí, Noa? —cuestionó el pelinegro, ignorando el insulto.
—¿Ya puedo irme? —dijo, sarcástica, cruzándose de brazos—. ¿O su majestad quiere algo más?
—Alístate, en una hora tienes una presentación privada.
—¡¿Qué?! —dijo ella, incrédula.
—Lo que escuchaste —habló él, con simpleza, tirando las cenizas del puro—, ponte sexy, uno de los asiáticos quedó con ganas de más y pagó por ti.
—¡No lo haré! —refutó Noa, con altivez.
—Entonces atente a las consecuencias —respondió Fabrizio, luego de dar una calada a su puro.
—¡Maldita sea la hora en la que te conocí! —gritó Noa, colérica, para acto seguido cerrar la puerta, ocasionando un sonoro golpe por el portazo.
Fabrizio rio sardónico ante la rabieta de Noa. —Tan linda y tan grosera —dijo, botando el humo de su puro.
•••
—Si lloras, arruinarás tu maquillaje —habló una chica castaña de cabello rizado, piel trigueña y hermosos ojos ámbar.
—No importa, de todas maneras bajo la máscara no se verá —respondió Noa, sin voltearse. A través del espejo, vio a la castaña de rebeldes rizos.
—Pensé que no volverías, Noa. Cristal corrió el rumor de tu renuncia —dijo la recién llegada, tomando asiento en una aterciopelada butaca roja.
—Pues aquí estoy, Layla. Aún Fabrizio no quita el grillete de mi tobillo —dijo Noa, con desgano, intentando sonar graciosa.
—Ven, yo te ayudo.
Layla giró la silla de Noa para luego quitarle la brocha de la mano de la deprimida muchacha.
—Te está quedando muy marcado todo. Eso hará que parezcas un arlequín. Vamos, Noa, no eres una principiante —reprochó Layla, dando unos cuantos toques con la brocha en el rostro de la morena.
—Gracias —musitó Noa, sin agregar más.
—Oye, ¿qué haces alistándote a esta hora? Es muy temprano, el club no abre hasta dentro de un par de horas —preguntó Layla, poniendo gloss en los labios de la morena.
—¿Ya estoy lista?
—Sí, Azulita, ya estás más que lista —respondió Layla, con una sonrisa en sus labios, girando a la chica para que esta se mirara al espejo.
—Perfecto.
Noa se miró al espejo, en efecto, comprobando el magnífico trabajo de Layla.
—Quedó precioso, Layla.
Tomó el antifaz para luego colocárselo con cuidado de no estropear su maquillaje.
—Ya debo irme. Muchas gracias por tu ayuda. Respondiendo a tu pregunta, tengo un show privado —musitó, con desinterés.
—Bueno, suerte, preciosa.
Hizo un gesto con su mano para despedirse de la castaña.
•••
Apagó el celular, no quería interrupción alguna. Esperó este momento durante días, sirvió un trago de whisky. No era de tomar, pero la ocasión lo ameritó.
El escenario se iluminó, seguido de una melodía que inspiraba erotismo y sensualidad. Centró su atención en la bailarina que apareció bajo la plataforma; aquella mujer y sus movimientos eran atrayentes. Quería estar más cerca.
—Azul —susurró Takeru, acabando todo el trago del vaso—, esta noche no escaparás.
Se movió de manera mecánica. La rutina ya la sabía de memoria, solo quería que el tiempo acabase para irse. Ese hombre podía descubrirla en cualquier momento. «Solo debes hacer tu trabajo, no acercarme mucho y esperar que no sea como la última vez», pensó la morena mientras se contorsionó en el tubo de poledance. Llegó a cierta altura, estirando sus torneadas piernas.
Takeru sonrió fascinado; esa mujer lo dejó hechizado. Él hizo ademán a la bailarina para que esta se acercase una vez el número hubo finalizado.
Editado: 08.07.2026