La Doble Vida De Noa

Las Estrellas.

Han pasado algunos días desde que fue al club y tuvo aquel amargo suceso con aquel hombre. Por su cabeza pasó la idea de dejar su empleo como niñera.

—¿Por qué tiene que ser tan complicado? —se preguntó, frustrada, frotando su frente con la punta de sus dedos. Una jaqueca comenzaba a torturarla.

—Noa —llamó Luna, sacando a la morena de sus pensamientos—, mira, una catarina.

La pequeña castaña mostró, emocionada, al pequeño insecto carmesí en sus manos.

—Está muy bonita, Luna. ¿Dónde la encontraste?

—Estaba en mi habitación, escondida en mi planta de la escuela —respondió la niña, alegre con su hallazgo.

—Pues es un gran hallazgo, más porque es otoño; no es común verlas en esta época.

—Sí, a mi mamá le gustaban mucho las catarinas. En casa había un jardín muy bonito y a veces veía catarinas y mariposas con ella.

Al decir aquello, la sonrisa en la niña desapareció. Recordar a su madre y que ya no esté no era fácil para una niña asimilar; la pérdida de su madre era dolorosa.

—Luna —llamó Noa, alzando el rostro de la pequeña.

Sus ojos se tornaron cristalinos con las lágrimas acumuladas.

—Sí —musitó la niña, decaída.

—Sabes, yo también perdí a mi madre, pero cuando quiero hablar con ella solo miro al cielo y veo las estrellas y cuando veo a la más grande y resplandeciente, imagino que esa estrella es mi madre y hablo con ella.

—¿Y eso funciona? —preguntó la niña, con curiosidad. No entendió exactamente de qué hablaba Noa, pero aún así quería saber más—. ¿Crees que mi madre también sea una estrella?

Noa asintió ante la pregunta de la niña. —Sí, estoy segura de eso.

—Esta noche, cuando se vean las estrellas, buscaré a la más bonita de todas y hablaré con ella —dijo la niña, volviendo a animarse.

—Bueno, ahora ve a desayunar, o se te hará tarde para ir a la escuela.

Luna dejó a la catarina en la maceta dónde la encontró para luego ir a desayunar.

—No olvides lavarte las manos —dijo la morena, a la distancia.

Siguió a la niña hasta el comedor. Allí se encontró con Alexander, tomando el desayuno junto a la pequeña Luna. Él escuchaba a la niña hablar de las actividades del día.

Miró a su hija jugar con la comida en su plato; cada mañana era el mismo tema con Luna a la hora de comer.

—¿Ocurre algo, Luna?

La niña negó como respuesta ante la pregunta de su padre.

—¿Entonces por qué no comes? ¿No te gusta el desayuno?

—No, papá, estoy pensando —dijo la chiquilla, con seriedad.

—¿Y puedo saber en qué piensas? —cuestionó Alexander, con curiosidad.

—En las estrellas —dijo ella, con simpleza, volviendo a ignorar a su padre.

—En las estrellas —repitió Alexander, confuso ante lo dicho por su hija—. ¿Qué pasa con las estrellas?

—Sí, papi —habló la niña, mirando a su padre, dejando de jugar con la ensalada de frutas—, Noa me dijo que también perdió a su mamá, pero cuando quiere hablar con ella mira al cielo y busca la estrella más grande y bonita y habla con ella.

El rubio enarcó una ceja ante lo dicho por la niña. Se preguntó: ¿por qué la niñera le contó aquello a su hija?

—¿Y qué más te ha dicho Noa? —lo dicho por la niñera generó cierto disgusto en Alexander. El trabajo de la niñera era cuidar de su hija, no meterle ideas a Luna. Su hija no entendía las cosas como el resto y eso podría confundirla.

—Papi, ¿crees que mi mamá sea una estrella como dice Noa?

—No lo sé, hija —dijo él, levantándose de su asiento en el comedor—, por ahora termina tu desayuno y deja de jugar con la comida, Luna.

—Sí, papi.

—Ten buen día.

Besó la frente de la niña para luego marcharse.

—Buenos días, señor Alexander —saludó Noa, encontrándose con el rubio.

—Buenos días, Noa. ¿Tiene un momento? —preguntó—, me gustaría hablar con usted y tengo un momento antes de irme a la oficina.

—Claro, señor —dijo ella, siguiendo al rubio a su estudio.

Al llegar al estudio, fue a su escritorio. Le pidió a Noa cerrar la puerta; la morena así lo hizo. La actitud de su jefe la tenía nerviosa.

—Noa, me gusta que Luna se sienta cómoda a su lado y eso me tranquiliza. Pero hoy me dijo algo que no es que me moleste, pero Luna podría entenderlo de forma distinta; lo que usted le dijo...

—Lo siento, señor. ¿Se refiere al tema de la estrella y su madre?

El rubio asintió como respuesta ante lo dicho por Noa.

—Mi hija aún no asimila del todo que su madre no volverá. No es fácil explicar la muerte a un niño de su edad; para Luna es aún más complicado y yo no quiero que se confunda, o muestre algún atraso en su vida diaria —dijo el alemán, con seriedad en sus palabras.

—No se repetirá, señor Alexander. Yo...

—Está bien, Noa. Solo recuerde que Luna no es como el resto de los niños; mi hija tiene una condición.

—Entiendo su postura. Solo quiere proteger a Luna, pero créame, señor Von Parker, subestima a su hija. Ella no es como usted cree; Luna es una pequeña excepcional y entiende tantas cosas que uno no deja de sorprenderse. El día que la deje salir de su burbuja, se llevará una sorpresa muy grande, señor Alexander...

—Ya puede retirarse, Noa —dijo el rubio, ignorando lo dicho por la impertinente pelinegra.

La chica salió, dejando al rubio solo. Alexander meditó en las palabras de la niñera; en ese momento recordó algo que dijo su esposa poco antes de morir.

———

—Alex, quita esa cara —dijo ella, acariciando los dorados cabellos de su esposo.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila, Leonora?

Sintió su mundo desmoronarse. El tiempo corría, nada alentador para su esposa; el cáncer no cedía.

—Amor, también tengo miedo. No quiero dejarte y mucho menos dejar a mi Luna.

Leonora tomó a Alexander de las mejillas, besó sus labios, luego pegó su frente con la de él.

—Alex, escúchame. Debes ser fuerte. Si algo pasa, nuestra hija solo te tendrá a ti, vida mía. Prométeme que serás fuerte...




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