Su pecho bajaba y subía agitado. labios recorrían con maestría lo que pudiese de su cuello. Gimió con fuerza, tomando al causante de su placentero suplicio.
—Más —musitó, tirando de los dorados cabellos del dueño de su placer.
—¿Ah, sí? —respondió el rubio en su oído, erizando al instante su piel con el roce de su cálido aliento.
Ella solo asintió con desespero, recibiendo gustosa las caricias. Dio un segundo gemido, este más fuerte que el primero, al sentir cómo unos ágiles dedos jugaban con su sensible intimidad, haciéndole al instante.
—¡No te detengas, por favor! —exclamó al sentir su primer orgasmo. Sintió todo su cuerpo liviano al recibir esas caricias.
•••
Despertó exaltada al sentir cómo alguien le movió con brusquedad, sacándola de tan increíble sueño.
Se incorporó en la cama, malhumorada, con su cabello hecho un desastre y también con bastante sed.
—Noa, ¿estás bien? —preguntó Lilly, con notoria preocupación por su amiga y compañera de trabajo.
—Sí, claro que estoy bien —respondió Noa, bostezando—. ¿Por qué me preguntas eso, Lilly? —habló Noa, estirando sus extremidades para terminar de despertar.
—Bueno, estabas hablando dormida y hacías unos quejidos extraños —explicó Lilly—, además, nombraste un par de veces al señor Alexander.
«¡¿Carajo, qué escuchó?!», se cuestionó Noa, avergonzada. Ella había tenido un sueño algo subido de tono. Se sintió avergonzada; pudo haber dicho cada cosa en su sueño, absolutamente cualquier cosa, y ella sin poder controlarse. De seguro Lilly creerá que es una pervertida, o incluso algo peor.
—¡No, Lilly, nada que ver! —dijo, riendo, tratando de sonar natural—. Seguramente tenía una pesadilla, sí, claro, una pesadilla con mi jefe, el refri.
—¿Pero no recuerdas nada? —cuestionó Lilly, levantándose de la cama.
—No, nada —dijo Noa, haciéndose una coleta—. Por cierto, es muy temprano aún, Lilly. Todavía está oscuro. ¿Necesitas algo? —inquirió Noa, tratando de disuadir a la castaña para cambiar de tema.
—Ah, es cierto —recordó—. Verás, Lunita me vio limpiando el ático hace algunos días. Hoy es primero de diciembre y pensé en comenzar con la decoración navideña; la niña se pondrá muy feliz.
—Estoy de acuerdo contigo, linda, pero creo que deberíamos hablar primero con Betany —respondió la morena, sacando ropa de su armario.
—Sí, tienes razón, hablaré con Betany —respondió la castaña, de acuerdo con Noa.
—Genial. Si todo sale bien, próximamente la mansión Von Parker se convertirá en un hermoso sueño navideño.
Noa se metió al baño. Ya no volvería a dormir aunque quisiera; lo mejor era aprovechar el día al máximo, ya que no despertó muy temprano.
•••
Observaba a la pequeña jugar con las hojas secas de los árboles.
—Luna, ponte la bufanda —dijo Noa, acercándose a la pequeña castaña—, hace frío, linda.
—Ya quiero hacer muñecos de nieve.
—Ya casi, pequeña —dijo la morena, inclinándose a la altura de la niña y poniendo la bufanda rosa alrededor del cuello de la niña—. ¿No se te antoja un chocolate calentito mientras ves tu programa...?
—¡Luna! —gritó una rubia, extendiendo sus brazos y acercándose a la niña.
—Tía Neta —saludó la niña, acercándose a la recién llegada.
La mujer abrazó a la niña. La chiquilla correspondió el gesto, pero de inmediato se zafó del agarre de la rubia con desagrado; no le gustaba mucho el contacto físico.
—¿Cómo estás, nena? —inquirió la rubia, con tono alegre, ensanchando una sonrisa y mostrando su perfecta dentadura.
—Estoy bien, tía —respondió la niña, jugando con su bufanda.
Noa se acercó a la rubia recién llegada.
—Hola, mucho gusto, soy Noa...
—¿Noa? —cuestionó la mujer, mirando a la niñera por encima del hombro—. ¿Así que Noa, eh? Y dime algo, ¿tú quién eres? ¿Y qué haces con mi sobrina? —cuestionó Neta, dejando a la morena con la mano extendida.
Noa volvió a meter la mano en el bolsillo de su chaqueta. Esa mujer no tenía intenciones de ser amigable.
—Soy la niñera de la niña —respondió ella—. ¿Y usted quién es? —replicó la niñera, de manera amable aunque seria también; no le agradaba la altanería de esa Barbie recién llegada.
—Yo soy la tía de la niña —habló la rubia, con una sonrisa de superioridad.
—Pensé que Alexander no tenía hermanos —respondió la pelinegra, con simpleza.
—Soy hermana de la fallecida esposa del señor Alexander —recalcó Neta, la palabra «señor», resaltando la diferencia.
—Sí, el señor Alexander —dijo Noa, captando la molestia de la mujer recién llegada.
Neta volvió su vista a la niña. —Luna, vamos adentro, linda. No es bueno que estés aquí afuera con tanto frío. Mejor entremos y te doy una bebida caliente.
—Pero...
La rubia avanzó con la niña, adentrándose a la casa y dejando a Noa con la palabra en la boca.
La morena avanzó también a la casa, andando a paso lento, preguntándose: ¿por qué esa desconocida la trató así? Decidió ignorar la grosería de la «Barbie»; así la bautizó la pelinegra, pues esa mujer tenía todas las características de la famosa muñeca.
•••
Al llegar a la mansión, fue notificado de la nueva visitante. Neta, al ver a Alexander, se levantó del sillón.
Saludó al rubio besando su mejilla. Alexander se hizo a un lado para no alargar el saludo más de lo necesario.
—Hola, Neta, qué bueno verte —dijo, tratando de sonar cortés.
—Yo también estoy feliz de verte. Es decir, extraño a mi sobrina, Alex —dijo la rubia, con exceso de azúcar en su voz—, sabes que Luna es como mi hija.
—Sí —respondió Alexander, en tono cortante. No esperaba nada bueno de esa visita.
—Sé que dije que confiaría en ti, cuñado, pero no creo que las cosas marchen tan bien como crees. La niñera de Luna, por ejemplo...
—¿Qué ocurre con la niñera? —preguntó Alexander, confundido, frunciendo el ceño.
—¿Acaso no lo notas? —replicó Neta, como si la respuesta fuese tan obvia—. Esa mujer parece sacada de una pandilla. Nada más mírala.
Editado: 08.07.2026