La Doble Vida De Noa

Arrepentimiento Y Error.

Quería dormir un poco más. Era domingo, no trabajaría hoy, pero necesitaba dormir un rato. Abrazó un panda de felpa que desde que era niña le acompañaba. Recordaba lo sucedido la noche anterior. Inconsciente, acarició sus labios con la yema de sus dedos, recordando cómo se sintió su tacto; sus labios eran suaves y cálidos.
Suspiró, abrazando con más fuerza al peluche, pegándolo más a su pecho. —¡Estás enamorada como estúpida! —se reprendió—, Noa, no puedes ser tan idiota y enamorarte de ese tipo.
Se incorporó, sentándose en posición de india con sus piernas cruzadas.
—Tienes aún la oportunidad de renunciar.
Hundió su cara en el oso de peluche, ahogando un grito de frustración. Las imágenes de lo acontecido en la noche anterior simplemente no salían de su cabeza.
—¡Está decidido, renunciaré! —exclamó ella—, es lo mejor, voy a renunciar...
—¿Renunciar a qué? —preguntó Cameron, entrando a la habitación de la morena.
—Cameron...
—Dime, Noa. ¿A qué vas a renunciar? —volvió Cameron a preguntar, tomando asiento junto en la cama junta a la pelinegra. Sabia que su amiga ocultaba cosas y le preocupabano saber en que estaba metiéndose Noa últimamente.
—A mi trabajo de niñera —respondió Noa, huyendo a la mirada de su amiga.
—Noa, pero a ti te gusta ese trabajo. No entiendo, ¿por qué tomas esa decisión ahora? —cada vez entendí menos a su amiga solo sabia que estos impulsos tenían motivos de fuerza mayor.
—No es nada, Cameron. Está al otro lado de la ciudad, quizás lo mejor es que Lexi sea la niñera...
—¿Acaso te estás escuchando? —reprochó la pelirroja, molesta.
—Sí, Cameron. Además, a ti ¿en qué te afecta? Tú no estabas de acuerdo con esto. ¿Ahora por qué te afecta? —refutó Noa, cruzándose de brazos.
Cameron dejó las sábanas a un lado. Era momento de hablar. —En cinco días entregaré este departamento. Noa, el dueño lo venderá...
—¡¿Qué? ¡Pero por qué ya pagué lo atrasado?! —cuestionó la morena, confundida y molesta en partes iguales.
—Ya es tarde. Decidió vender el departamento y, de hecho, ya está vendido.
—¿Y por qué demonios no me lo dijiste? —espetó Noa, enfrentando la mirada esmeralda de Cameron—. ¿A dónde irás?
—Iré con Cristal mientras consigo algo. Tú no puedes renunciar, Noa, no ahora.
Cameron tenía razón. En este momento, renunciar no era una opción. Desechó momentáneamente la idea de renunciar.
•••
Mantenerse concentrada en su trabajo no era fácil. Ya no sabía qué hacer, ahora qué haría. Literalmente no tenía a dónde ir, tenía que buscar un lugar donde vivir.
—Tú, niñera, ¿qué haces aquí perdiendo el tiempo? —cuestionó una rubia, de manera altanera.
—Espero a la niña...
—Mientras Luna no está, debes buscar qué hacer, no andar sin hacer nada. Para algo te pagan, mujercita.
Arqueó una ceja ante las absurdas órdenes de esa mujer. ¿Quién era para darle esas órdenes? Suspiró frustrada, tragándose las ganas de decirle algo a esa rubia oxigenada y responder como debía.
—¡Pero rápido! —exigió Neta, chasqueando los dedos.
—Sí, señora —habló Noa arrastrando las palabras. Estaba como agua para chocolate.
Pasó al lado de Betany. El ama de llaves miró con extrañeza a Noa. Luna estaba por llegar de la escuela y Noa debía esperarla como siempre.
—¿Qué ocurre? ¿A dónde va, Noa? —miró a la rubia, buscando una respuesta.
—No sé, Betany —habló Neta, fingiendo inocencia—, como sea, yo le quedaré a esperar a mi sobrina.
Betany negó con un movimiento de cabeza para acto seguido adentrarse a la mansión. Ella conoció a la señorita Neta hace mucho y sabía que la rubia no era miss simpatía precisamente. Solo esperaba que la pequeña Luna e incluso Noa no salieran afectadas.
°°°
Olvidó el amargo momento que esa mujer le hizo pasar al ver a Luna jugar con los primeros copos de nieve.
—¡Noa, cuando haya más nieve, haré muñecos de nieve como Olaf! —dijo la chiquilla, atrapando los copos con sus manos.
—De seguro te quedará muy bonito, pequeña —dijo Noa, mirando a Luna jugar.
La niña corrió al ver a su padre; era la única persona a la que Luna permitía que la cargara.
Alexander tomó a la niña en sus brazos. —¿Cómo te fue en la escuela, pequeña? —habló el rubio a su hija.
—Bien, hoy escribí mi carta a Santa.
—¿Y qué pediste? —cuestionó Alexander, interesado en lo que su hija quería para Navidad—, será un secreto —susurró al oído de la niña.
—Si no se lo cuentas a tu padre, se lo puedes decir a tu tío Frans, pequeña Luna —dijo el castaño, guiñando un ojo a la pequeña.
—Hola, señor Alexander, hola a usted también, señor Francisco —saludó Noa, acercándose al par de hombres con la niña en brazos.
—Hola, Noa —saludó el rubio a la niñera—. ¿Usted sabe qué pidió Luna a Santa? —preguntó Alexander, en tono cómplice a la niñera.
—No, señor —respondió ella, en el mismo tono que el rubio usó—, solo me dijo que pidió dos cosas.
El rubio miró a la chiquilla, pensativo. Le regaló una sonrisa a la pequeña; él sabía que la sorpresa que tenía haría a su hija muy feliz.
—Santa me pidió que te adelantara un obsequio —susurró Alexander al oído de la pequeña—, ve con Lilly y Betany.
Cuando bajó a Luna de sus brazos, la niña salió disparada en busca de su obsequio.
—Algo me dice que ese obsequio es lo que Betany ha estado escondiendo estos últimos días —intuyó Noa.
—Sí, de hecho es la mascota de Luna. Cuando llegamos a Nueva York no pude traerlo de inmediato, pero afortunadamente pude traerlo.
—¿En serio? ¿Y qué es? —preguntó la morena, notoriamente emocionada.
Alexander, por primera vez, tenía una amena charla con Noa. Cuando ella llegó, no tenía mucha fe en la chica; creyó que duraría poco, pero lentamente notó que estaba en un error todo este tiempo.
—Es un conejo —respondió el rubio a la niñera.
—De seguro le encantará.
—Bueno, Alex, date prisa. Debemos preparar la presentación cuanto antes para Shinomoto. Chao —dijo Frans, despidiéndose de la morena.
—Hasta luego —se despidió Noa, pero Alexander y Francisco ya estaban muy lejos de ella.
•••
Al llegar al despacho, Alexander cerró la puerta con cerrojo; no quería interrupción de cierta rubia que, en el poco tiempo que tenía ahí, ya había agotado su paciencia.
—¿Por qué cierras? —preguntó Francisco, confundido ante la actitud de su primo.
—Larga historia, pero por ahora comencemos a trabajar —dijo, tomando asiento tras su escritorio—, por cierto, Frans, antes de iniciar me gustaría pedirte una disculpa. Sé que fui un idiota al acusarte sin antes hablar contigo o con el abuelo Frederick. No tengo excusas, yo...
—Ya no te disculpes, hermano. Es obvio que hiciste lo que creíste era mejor para el consorcio y no me haré víctima. Estoy consciente de que las cosas que hizo mi padre podrían salpicarme a mí —explicó Frans, encogiéndose de hombros.
—Aún así, yo te debo una disculpa, primo. No debí señalarte sin tener pruebas antes —respondió Alexander, avergonzado de sus acciones.
—Sí, sí no te preocupes, Alex, ya pasa la página —dijo el castaño, despreocupado, tomando asiento frente a su primo—, hay que preparar todo antes del lunes. Daisuke Shinomoto estará en la reunión por video llamada y ese anciano es tan quisquilloso como su hijo.
—Creo que más que quisquilloso es perfeccionista, Frans. Eso no tiene nada de malo —defendió Alexander a su socio—, aunque no lo quiera reconocer, gracias a su programa de planificación hemos progresado mucho y entiendo por qué Daisuke lo dejó a cargo —finalizó el rubio, de acuerdo con la decisión del mayor de los Shinomoto.
—A mí solo me parece un frustrado que calma su ansiedad atiborrándose de trabajo. Hasta quizás sea virgen...
—Frans, eso no es nuestro asunto —reprochó Alexander, el comentario del castaño.
—Hablemos mejor de otra cosa más interesante —dijo Frans, apoyando sus codos en la fina madera de caoba del escritorio—. ¿Has detallado lo hermosa que está la niñera de tu hija? —cuestionó el pícaro castaño.
Rodó los ojos con fastidio ante lo dicho por su primo; definitivamente Frans nunca cambiaría.
—No deberías hablar así, Frans. Tienes novia —regañó Alexander al mujeriego de su primo.
—Yo no niego que esa mujer es toda una muñeca, pero yo quiero mucho a mi caramelo de miel y limón, Alex, lo sabes. Yo no hablo de mí, me refiero a ti. Dios, mírala, ya está más que aprobada. Luna adora a su niñera y, por lo visto, ella se lleva bien con tu hija. Mírala, hermano, esa muñeca latina es justo lo que necesitas para volver al ruedo.
—Dices muchas idioteces, Frans. ¿De dónde sacas que me enredaría con la niñera de Luna? Estás imbécil —dijo el rubio, poniéndose sus anteojos—, la falta de trabajo estos últimos días te ha dejado mucho tiempo libre y el exceso de ocio es dañino, así que ponte a trabajar —dijo Alexander, deslizando un folder en el escritorio a Frans.
Tomó el folder para darle una mirada. El castaño aún quería seguir molestando a su primo; fastidiar a Alexander era más divertido que el aburrido trabajo.
—Di lo que quieras, pero esa niñera está como se le da la gana y te aseguro que esa mujer es natural. Ya veo por qué dicen que las latinas son otra cosa.
Pensó en si decir o no lo que pasaba por su mente; seguramente Alexander se enojaría, pero era la verdad.
—No te hagas, que bien que te gustan así: trigueñas y con curvas, justo como Azul. Hasta tiene cierto parecido.
Rió con ironía ante lo dicho por el tarado de su primo. Era imposible que esas dos fueran la misma persona. Noa era reservada y tranquila, pero él podría decirse que esa noche conoció más a fondo a Azul; esa mujer era atrevida y coqueta. Noa despertaba ternura, pero Azul despertaba en él la sensualidad. Negó ante lo dicho por su primo; esas dos eran día y noche.
—Ya deja de decir estupideces y ponte a trabajar, Frans —habló el rubio, negando con una sonrisa en sus labios.
—Niégalo las veces que quieras, pero para mí la niñera y la bailarina tienen el mismo aire —repitió Frans, decidido. Al castaño nadie le sacaría de la cabeza que esas dos mujeres comparten algo en común.




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