—Quiero que me digas una cosa, ¿Alexander sabe quién eres? —interrogaba Takeru, sirviendo un vaso de whisky.
Negó como respuesta. No era capaz de verlo a los ojos; sentía todo desmoronarse a su paso. Ya no trabajaba para Alexander, aún así temía a su reacción. Ya de por sí su mirada pesaba; cuando esos ojos acusadores la miraron, la hicieron sentir la peor persona de todas, toda una basura, si llegase a saber que su hija era cuidada por una bailarina exótica, aquel alemán enfurecería.
—No, no lo sabe —fue la respuesta de Noa.
—Niñera de día y bailarina de un nightclub de noche, eres toda una caja de sorpresas.
Takeru devoraba a la muchacha con la vista. La mujer era hermosa y él no era ciego para no notarlo. Era irreal; tenerla y no poder tocarla era una maldita tortura para el japonés.
—No hace falta ser sarcástico —comentó Noa, con fastidio, poniéndose de pie—, si no tiene nada más que agregar, yo me retiro, señor Shinomoto.
Cuando la pelinegra iba a medio camino, fue detenida por Takeru, que la tomó del brazo.
—Yo aún no he recibido mi servicio...
—No debió quitarme el antifaz —rebatió Noa, soltándose del agarre del japonés de mala gana.
—Dime algo.
Se dio la vuelta, encarando a la muchacha. —¿Qué pensaría Alexander si se entera de que la niñera de su pequeña hija, de noche, es una bailarina en un nightclub? —una sonrisa ladina se dibujó en los labios de Takeru, destacando unos hoyuelos en la comisura de sus labios.
—¿No puede estar hablando en serio, verdad? —cuestionó Noa, cruzándose de brazos—, rso es algo personal. El señor Von Parker no tendría que saber qué hago, o dejo de hacer, con mi vida cuando mi trabajo como niñera acaba. Soy libre de hacer con mi vida lo que me apetezca —refutó Noa, con una sonrisa de superioridad. No se iba a dejar intimidar, aunque internamente temblaba del miedo.
Aunque ya no trabajaba para Alexander, él no podía saber que ella era Azul, la bailarina que besó.
—¿Y bien, linda? —habló Takeru, sacando a Noa de sus lagunas de pensamientos—. ¿Qué ofreces para que yo siga callado?
En realidad, no tenía la intención de contarle nada a Alexander; además, el rubio no era de su agrado. Él solo quería molestar a la morena un rato.
—¿Me estás chantajeando? —dijo, señalándose a sí misma—. Escucha, darling, puedes hacer lo que quieras, me da igual. A mí nadie me amenaza.
«Si ese japonés cree que me puede chantajear, pues está muy equivocado», pensó, molesta, la morena, fulminando con la mirada al hombre frente a ella.
—Seré directa contigo —dijo, acercándose a Takeru y apuntándolo con el dedo—. No caeré en tus amenazas. Ve si quieres, cuéntale a Alexander. Me da igual. Sé lo que pretendes y no, no lograrás que yo me vaya a la cama contigo —dictaminó la morena, decidida a no dar su brazo a torcer.
Soltó una carcajada que hizo a Noa darse la vuelta.
Frunció el ceño ante la risa de aquel sujeto. Cada vez lo entendía menos y eso la irritaba. Se suponía que eso era lo que quería. ¿O acaso quería algo más que sexo? Estaba confundida en cuanto a lo que pretendía Takeru. Todos siempre querían lo mismo, un acostón. «¿Por qué ríe como idiota? ¿Acaso dije algo realmente gracioso?». En su cabeza pasaban muchas cosas, pero ninguna le daba la respuesta a la carcajada de aquel idiota.
—¿Por qué ríes como tonto? —preguntó, irritada—. ¿No me dirás que no eres como los otros y no quieres coger?
Dejó de reír ante lo dicho por la bailarina, que ya se notaba mosqueada.
—No te lo negaré. Eso era lo que quería al inicio —confesó Takeru, encogiéndose de hombros—, pero no me creas tan básico. Me gustaría follarte, pero solo si tú así lo quieres. Yo quiero que lo desees. No quiero ser un cliente más de tu lista, quiero que me lo pidas, darling —dijo el japonés, usando el tono dulzón de Noa cada que le llamaba así.
—Lamento destruir tus esperanzas, pero no me acostaré contigo. Si quieres, dile a Alexander. Ya el tiempo terminó, señor Shinomoto. Debo irme.
Sin esperar respuesta de Takeru, Noa se metió al baño para cambiar su vestuario.
Takeru quedó solo en la habitación. Tomó asiento en la amplia cama. No quitaba la vista de la puerta del baño. Nuevamente, una sonrisa de labios cerrados se dibujó en sus labios.
—Ya veremos —musitó el ejecutivo, dejando caer su cuerpo en el suave colchón—, ya veremos si te hago cambiar de opinión.
•••
—No debiste decir tantas tonterías, Noa. Ya estás hundida con don Refrigerador Von Parker. Ahora imagina cómo se pondría si se entera de que Azul y la niñera de su hija son la misma persona.
Había llegado a su destino. El autobús la dejó a un par de cuadras del departamento que, dentro de poco, dejaría de ser su hogar.
Decidió desviar su camino un poco. Necesitaba despejarse y en casa no lo haría. Dio vuelta en la esquina, encaminándose a la cancha de baloncesto. Desde que llegó a ese país, ese lugar era su favorito. Conoció a Cameron y a muchas personas que se volvieron importantes en su vida.
———
Se sentía emocionada. Su profesor de música le contó que su voz era increíble.
Corrió al aro con pelota en mano para hacer una cesta y superar a su madre.
La adolescente encestó, haciéndole una finta a su madre.
—¡Hija, cada vez lo haces mejor! —exclamó la mayor, emocionada por la destreza de su hija.
—Eso es porque tengo a la mejor entrenadora de todas, mamá. A ti —dijo la jovencita de piel trigueña, quitándole el balón a su madre.
—No, tú eres muy talentosa, mi morena hermosa —respondió la mayor, abrazando de sorpresa a su hija—, eres muy buena y no solo en los deportes.
—Ma, hoy mi profesor de música, el señor Davis, me habló de un lugar llamado Juilliard. Dijo que podría ganar una beca si me esfuerzo.
Rocío miró sorprendida a la muchacha. Sabía que Noa, desde pequeña, tenía una voz extraordinaria. Sabía que su hija era muy talentosa. Quería seguir un camino artístico. Para Rocío era frustrante no poder hacer más para su hija.
Editado: 08.07.2026