La Doble Vida De Noa

Mañana Agitada.

—¿Qué hice? —se preguntaba el rubio, confuso por lo que acababa de suceder. No tenía atracción alguna por la niñera. Noa solo era la niñera. ¿Ahora qué le diría? O peor aún, ¿cómo miraría ahora a la muchacha a la cara?—, lo mejor será pedir disculpas.

Entró a su habitación, cerró con seguro, apoyó su espalda a la puerta. «Noa, eso no está bien y lo sabes», pensó, caminando a su cama para acto seguido tirarse con pesadez en la misma. Llevó sus dedos a sus labios con suavidad, recordando el beso con Alexander de hace un momento atrás.

—Noa, no debiste besarlo —se reprochó, molesta consigo misma por ser débil. Se decía no volver a cometer los mismos errores, pero siempre volvía a meter la pata. Ese hombre no la hacía poder pensar con claridad—. Dios, pudo darse cuenta de que Azul y tú son la misma persona. ¿Noa, por qué no entiendes que debes olvidarte de Alexander? Los hombres así no se fijan en chicas como tú.

Se giró, abrazando su almohada, deseando que sus sentimientos por Alexander se esfumaran. Sabía que eso no la llevaría a nada bueno; además, tenía el presentimiento de que su secreto estaba por terminar. Takeru sabía su doble identidad y no confiaba en que ese hombre le fuese a guardar el secreto. Con ese último pensamiento, la morena terminó cayendo dormida.

•••

Despertó emocionada. El momento había llegado. Se asomó por la ventana, mirando el blanco e inmaculado paisaje invernal propio de la temporada navideña.

—Haré muñecos de nieve con papá y Noa —la pequeña castaña se calzó unas esponjosas pantuflas de oso polar. Corrió a la habitación de su padre. Al llegar a la cama, se subió junto a él de un brinco.

Alexander sintió a alguien moverse. Abrió sus ojos y allí la vio recostarse junto a él. Luna últimamente hacía cosas que no dejaban de sorprenderlo; era una niña más espontánea y expresiva. No sabía si eso se debía a que la pequeña estaba creciendo o la presencia de Noa tenía algo que ver en el comportamiento de la niña. Lo que sea que fuera, lo agradecía inmensamente.

—Papi, te vi abrir los ojos. Sé que estás despierto —dijo la chiquilla, entre risas, pillando a su padre in fraganti.

—Luna, te has vuelto una niña muy observadora —se incorporó para acto seguido acariciar los lacios cabellos de su pequeña—, feliz Navidad, hija.

—Feliz Navidad, papá —correspondió la sonriente niña.

—¿Ya fuiste a ver el árbol? Seguramente Santa te trajo lo que pediste, ya que eres una buena niña.

La chiquilla negó como respuesta ante la pregunta de su padre. —Aunque yo sea una buena niña, Santa no me traerá lo que pedí —musitó Luna, cabizbaja.

—Luna, ya hablamos de eso, pequeña.

Tomó a la niña por el mentón para que esta le mirara a la cara. Los orbes celestes y cristalinos de su hija hicieron un nudo en su garganta.

—Aunque mamá ya no esté con nosotros...

—Sé que está en mi corazón —dijo, con una sonrisa—, aunque no entiendo lo que eso significa, pero tú estás aquí. Vamos papá, quiero ver mis obsequios.

La niña bajó rápidamente de la cama, dejando a Alexander solo en la habitación. El rubio se preguntaba qué hacía que su hija cambiara tanto.

—Lo mejor será que dejes de hacerte preguntas y vayas con Luna —se dijo a sí mismo, poniéndose de pie.

Al llegar a la estancia, la mañana había dejado de ser grata. Junto a Luna estaba Neta. No entendía cómo es que esa mujer simplemente no se alejaba. Ella sabía que él no se fijaría en ella; no la veía como mujer. Siempre fue la hermana de su fallecida esposa, nada más.

—Buenos días, Alex. Feliz Navidad —habló la rubia, al percatarse de su presencia.

—Buenos días —respondió él, de manera educada.

—Supe que la niñera volvió. No estoy de acuerdo. Esa mujer...

—Esa mujer no hizo nada malo. Luna me pidió que su niñera regresara y eso me da a entender que la niñera no le hizo nada malo a mi hija, Neta. Si no tienes más que agregar, te pido dejes el tema por la tranquilidad —dictaminó, cansado de la insistencia de su ex cuñada.

Neta, molesta, se retiró de la estancia. Su plan de sacar a la niñera de la casa había fallado.

—¡Mira, papi, patines! ¡Santa sí leyó mi carta y trajo los patines que le pedí! —decía la pequeña, emocionada, mostrándole su obsequio de Navidad a su padre.

—Están preciosos, Lunita.

—Papi, quiero probarlos hoy. ¿Puedes llevarme a la pista de patinaje? ¿Puedes? —inquirió la pequeña a su padre, con insistencia.

—Está bien, pero solo un momento.

Luna dejó a su padre para ir a mostrarle sus nuevos patines a Noa.

—Mira, Noa, Santa Claus sí me trajo los patines —dijo la niña, emocionada, mostrando su obsequio a su niñera.

—Están muy bonitos, Luna —dijo la niñera, inclinándose a la altura de la chiquilla castaña—, de seguro harás muchas piruetas cuando aprendas a usarlos.

—¿Tú crees que pueda hacerlo?

—Luna, tú puedes hacer lo que quieras y si quieres ser patinadora sobre hielo, yo estoy segura de que lo vas a lograr.

Alexander se acercó a la niña. En cuanto su mirada se topó con la de Noa, se sintió incómodo.

—Luna, ve a cambiarte. Te llevaré a la pista de patinaje.

La niña feliz subió las escaleras. Noa desvió la mirada en cuanto se quedó sola con su jefe.

—Noa —llamó Alexander, rompiendo el incómodo silencio—, es respecto a lo sucedido anoche, yo quería...

—Sé que pedirá disculpas, Alexander —dijo ella, adelantándose al rubio—. Pero no se preocupe. Si quiere disculparse, no es necesario. Yo también fui responsable de lo que pasó aquí anoche, señor.

—Sí, pero...

—Ya le dije, no es necesario hablar del tema.

Salió escaleras arriba, huyendo de su jefe. No quería que él la viera llorar. Solo evitaba que dijera que lo de anoche fue un error. No quería escucharlo decir aquello, aunque fuera cierto. Para ella no lo fue y prefería no volver a hablar de eso, aunque para él fuera eso: un simple error. Simplemente, ella no quería oírlo de sus labios, aunque fuera verdad.




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