La Doble Vida De Noa

Reflejo.

Lo veía entre los presentes con mayor interés. Para la bailarina, aquel par de ojos azules como el mar eran su perdición. En aquel momento no bailaba para nadie, solo para él. Alexander era su foco principal de atención esa noche.

Esta noche solo bailaría en la despedida de soltero de Francisco Von Parker. A diferencia de la primera vez, esta vez la bailarina se acercaba a Alexander de manera traviesa, sin mucho pudor, atrayendo la mirada de todos ahí.

Para Violet el caso no era el mismo. La bailarina pelirroja miraba al castaño agasajado con furia. Todos los presentes en el salón vip estaban eufóricos con las chicas; algunos hasta ponían billetes en la pequeña tarima, buscando que una de las bailarinas. La más dada con los presentes era Rubí; la mujer de exótica lencería roja con detalles en negro era quien más billetes había sacado.

—Ya quiero que esta maldita farsa termine —susurró Cameron al oído de Azul—, si no fuera porque este es mi trabajo y debo cuidarlo, ya le habría dado a ese imbécil un puñetazo en su cara.

Luego de haber dicho aquello, la bailarina de vestimenta violeta subió al tubo para acto seguido hacer unas cuantas piruetas, para último cerrar bajando en el tubo, haciendo un giro para aterrizar sobre sus tacones.

Finalizado el show, las bailarinas se retiraron del lugar, dando por finalizada la actuación.

El frío esa noche era demasiado. Noa quería estar con Cameron. Cuando supo del compromiso del primo de Alexander, esperaba algo así; aunque Cameron dijera lo contrario, una cosa era lo que hacía y otra muy diferente era cómo se comportaba al hablar del castaño, o aún peor, cómo actuaba cuando este estaba cerca.

—Infeliz —musitó Cameron, limpiando sus lágrimas de un manotazo—. ¡Noa, fui una estúpida! —bramó, enfurecida.

—Cameron, no eres estúpida. Tú solo...

—Por eso precisamente soy una estúpida, por enamorarme de un idiota el cual solo me usó como su juguete.

Llegaron a la entrada del nuevo departamento donde vivía la pelirroja. Ambas se adentraron al interior del lugar. Cameron corrió de inmediato a su habitación, ignorando a la rubia que abrió la puerta.

—¿Y a esta qué diablos le pasó? —cuestionó Cristal, ceñuda con la actitud de Cameron.

—No está bien, Cris. Cameron tuvo una mala noche —explicaba Noa, para que la rubia no hiciera más preguntas.

—Entiendo. Ahora dime, ¿tú qué haces aquí? —preguntó Cristal, con desinterés, tirándose en el sofá, poniendo más atención al celular que a Noa.

—Me quedaré esta noche con Cameron, ya que no pudimos pasar Año Nuevo juntas...

—Sí, sí lo que digas. Solo no te acabes el agua caliente mañana y todo estará bien —dijo la rubia, con fastidio.

Noa entró donde minutos atrás se metió Cameron. Cerró la puerta tras su espalda. Vio a Cameron sentada en un sillón con estampado de leopardo rosa, seguramente de Cristal. La pelirroja tenía a Kiara, la gatita ronroneaba ante las caricias recibidas por la mujer de brillantes ojos verdes.

—¿Cristal aceptó que trajeras a nuestra niña? —preguntaba la morena, acercándose a su amiga.

—Bueno, le dije que: o la gata se queda, o le cuento a Charlie que le pone el cuerno con el bartender.

Para Noa fue inevitable no reír ante lo dicho por Cameron. Fue divertido imaginar a la rubia diciéndole que no fuera a decir nada.

—Entonces tú y el rubio tienen algo —dijo Cameron, tomando a Kiara en brazos—, Noa, de nada sirve que lo niegues. Casi te arrojas a los brazos de ese hombre —refutó Cameron, rodando los ojos.

La nombrada abrió sus ojos negros a su máxima expresión. ¿De verdad era tan obvia? Pensó ella, rehuyendo a la mirada de la pelirroja.

—No, no claro que no —replicaba, tratando de sonar lo más convincente posible—, son solo ideas tuyas, Cameron. Está guapo el tipo, pero nada que ver.

Rió ante la obviedad de su amiga. Por más que la pelinegra se esforzara, era pésima mintiendo. Ya Cameron tenía tiempo de conocerla y leía a Noa como a un libro.

—Sé que trabajas para ese hombre. Te vi con él en la cancha de baloncesto. Te vi muy acaramelada, comiéndote a ese muñeco alemán, amiguita. Tiempo después, Lexi me contó que ese es el hombre para quien trabajas.

Noa quedó estática ante lo dicho por su amiga. Era absurdo seguirlo negando. Bufó, derrotada. Era tarde. Ya Cameron sabía su pequeño secreto.

—Es cierto, trabajo para ese hombre —confesó—, pero puedo explicarlo. Camí, lo que viste ese día...

—Noa, no estoy pidiendo explicaciones. Amiga, eres adulta y sabes lo bueno y lo malo.

Dio una caricia a la gata para luego dejarla ir.

—Amiga, no te diré qué hacer. Solo te pido que te mires en mi reflejo. Mira lo que me hizo Frans. Ten en cuenta que esos solo buscan mujeres de su entorno. Tú y yo solo somos un entretenimiento para ellos. No, nos tomarán nunca en serio. Te daré un consejo: si puedes sacarle un beneficio a tu jefe, úsalo. Pero no te enamores, Noa. No creas en sus dulces palabras.

—No te preocupes, Cameron. No tengo nada con ese hombre. Ahora vamos a dormir, sí estoy cansada.

—Está bien, vamos a dormir. Ya es tarde y mañana debes irte temprano.

Se puso el pijama. Se acostó junto a Cameron. «Alexander no es como su primo», pensó la morena, cubriéndose con las cobijas.

———

Era más de media noche. Estaba por irse a dormir. Estaba con Betany viendo la tele, pero ya estaba cansada y quería dormir. Pasar Año Nuevo sin Cameron había sido raro y un poco aburrido.

Detuvo sus pasos a medio pasillo al verlo parado allí frente a su habitación. Se preguntaba: ¿qué hacía él ahí y a estas horas?

Decidió acercarse y preguntar qué quería.

—Señor Alexander.

Al escuchar su voz en un susurro, se volteó, encontrándose con un par de ojos oscuros casi en penumbras. —Noa, usted y yo tenemos una conversación pendiente...

—Ya le dije, señor, no es necesario hablemos del tema...

—Yo sí quiero hablar del tema.




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