El lugar era simplemente precioso; la arquitectura, impresionante. Nunca imaginó conocer un lugar tan encantador; era el segundo país que conocía desde que llegó a Estados Unidos cuando era pequeña.
—¡Wow! —musitó ella, emocionada, entrando a la habitación que se le asignó mientras estuviera allí—. Cameron no creerá dónde dormiré.
Abrió la amplia ventana. El atardecer fue el marco perfecto para tomarse una foto y enviarla a su mejor amiga y a su abuela Margarita. La mujer estaba muy emocionada en cuanto Noa le contó que iría a Italia. Guardó el móvil en cuanto escuchó a alguien tocar a su puerta.
—Noa, le pedí permiso a mi padre para ir a un museo que está cerca.
En cuanto la morena escuchó aquello, se asustó un poco. ¿Cómo saldría ella a un lugar desconocido y sin saber nada de italiano? «Cálmate, Noa, esto seguramente tiene una solución».
—Están listas...
Alexander guardó silencio al ver a Noa. Iba a decir algo, pero Kate, su asistente, entró también a la habitación.
—Señor, sé que me trajo para poder descansar un poco de sus tareas, pero este asunto es mejor que usted mismo lo trate. Es Nova y...
—No te preocupes, ya voy —dijo, con resignación, el rubio—. En unos minutos estaré contigo, Kate —dijo, con la intención de que la secretaria saliera de la habitación.
—Está bien —respondió Kate, saliendo de la habitación.
Suspiró cansado. Quería pasar la tarde con su pequeña; tenía mucho sin tener vacaciones con su hija. La última vez, la pequeña apenas hablaba. Sentía que apenas y dedicaba tiempo a Luna; la niña crecía rápido, tenía la sensación de estar perdiéndose de muchas cosas.
—Luna —llamó, y la chiquilla se acercó a su padre—. No podré ir contigo ahora. Papá tiene trabajo, te prometo que mañana sí iremos a los museos que tú quieras, princesa.
—Sí, papá, está bien.
Alexander se sintió fatal al ver el sonriente semblante de la pequeña ahora decaído. Esa alegría de minutos atrás decayó después de que entró Kate.
Tomó a su hija en brazos. Caminó hasta sentarse en un mueble. Acariciaba los largos y lacios mechones castaños de su hija.
—Lunita, sé que estás enojada. Papá te dijo algo y no lo cumplió, pero te prometo que mañana sí iremos adónde tú quieras, mi niña.
—Está bien, papá —musitó la niña, mirando sus manos, entrelazando sus dedos.
El rubio volvió a dejar a la pequeña en el suelo para acto seguido besar la frente de la niña.
Noa se acercó a la niña. Estaba molesta. Luna estuvo todo el vuelo emocionada con el viaje. «Es un refrigerador, ¿acaso no le dolió la carita de la niña?», pensó la niñera, molesta con su jefe.
—Te... tengo un plan. ¿Quieres escucharlo? —preguntó, poniendo un tono de misterio en su voz para llamar la atención de la niña.
—¿Qué cosa? —habló la chiquilla, aún cabizbaja.
Noa hizo ademán a la niña para que se sentara junto a ella. Luna obedeció sin quitar su semblante serio.
—Aunque papá no pueda llevarte, estoy yo, pequeña. Quizás no conozca mucho y de italiano no sepa nada, pero qué perdemos. ¿Si quieres ir a ese museo, yo te llevaré, preciosa?
Los ojitos de la niña volvieron a tener aquella curiosidad de siempre. Una curvatura se dibujó en sus labios, mostrando una sonrisa.
—¿Lo dices de verdad? —preguntó la niña, levantándose del sillón, expectante a oír un sí como respuesta.
Noa asintió como respuesta. «Solo espero no perderme».
—Así que vamos, señorita. Vamos, vamos, no tenemos mucho tiempo —animó la morena a la pequeña.
—¡Sí, ya voy!
Luna salió emocionada.
—Solo espero no perderme, pero tu sonrisa vale la pena el regaño que tu padre, el refrigerador, me dará cuando se entere. Pero bueno, ya es tarde para retroceder.
•••
Estaba que no le calentaba ni el sol. Requería de Azul. La bailarina simplemente no respondió a ninguno de sus mensajes y llamadas. Furioso, llamó a la única persona que podría saber dónde estaba metida Noa.
Cameron entró a la oficina. Al ver el semblante serio de su jefe, supo que seguramente su amiga estaba metida en un lío gordo. La pelirroja sabía que con Fabrizio era mejor llevar la fiesta en paz.
—Cameron, ¿dónde está Noa? Llevo todo el maldito día tratando de contactar con ella, pero la pequeña zorra simplemente me ignora.
—Noa me dijo que te dijera que no vendría. Por lo menos esta semana. Fabio, mi amiga está enferma. Ya sabes, el invierno y los resfriados...
—¡Me importa un carajo si está enferma! —dijo Fabio, perdiendo la compostura. Dio un puñetazo a su escritorio que hizo temblar algunas cosas—, si yo le digo que ladre, Noa ladrará. Es mi perra y como tal, debe obedecer a su amo.
Tragó unos cuantos insultos que querían salir cual balas de su garganta. Estaba harta de los malos tratos de su jefe. Se contuvo al recordar que no podía darse el lujo de renunciar.
—Fabio, mi amiga no se está negando. Es solo que no ha estado bien de salud.
Rió ante lo que Cameron había dicho. No creía ni una sola palabra de lo que salía de los labios de la pelirroja. Él ya sabía que la morena tenía un secreto.
Neta, su amiga, le reveló que quería sacar del camino a una mujer que estaba interfiriendo en sus planes. Cuando la rubia le mostró una foto de la mosca muerta que quería fuera de su camino, grande fue su sorpresa al ver de quién se trataba.
———
Se levantó de la cama. Estar con Neta últimamente se había vuelto muy interesante. El sexo con la rubia era algo que últimamente pasaba muy seguido.
—¿Y dime cómo van tus planes de conquista con tu cuñado, el viudo? —preguntó el italiano, dándose la vuelta y mirando a la rubia tumbada en la cama.
Neta bufó, hastiada. Las cosas no estaban saliendo como ella quería. El anzuelo de la niña ya no era efectivo. Luna ya no tenía el apego de antes con su tía. Ahora estaba la niñera mosca muerta que tanto detestaba. Esa mujer solo era una piedra en su camino para atrapar a Alexander.
Editado: 08.07.2026