Intentó moverse, pero un par de brazos se lo impidieron. Noa abrió sus ojos con pesadez; los primeros rayos de sol eran muy fuertes para sus ojos. Se volvió a acurrucar, plácida, ignorando todo a su alrededor. Ella solo quería seguir durmiendo.
Minutos después, abrió sus ojos. Se incorporó de manera abrupta, mirando todo en el lugar. Esa no era su habitación. Giró lentamente su cuerpo, miró por encima del hombro y ahí lo vio acostado junto a ella. Dio todo de su parte para no pegar un grito de sorpresa.
Él la miraba callado. No sabía qué decirle a la chica, aunque, siendo honesto, la situación, aunque extraña, no le incomodaba en absoluto.
—Buenos días, Noa —habló, en tono calmo.
—Buenos días, señor —respondió la nombrada, con un leve tartamudeo en su voz.
Rió ante el notorio nerviosismo de la pelinegra, que, al verlo, abrió sus ojos al máximo. Rápidamente cubrió su cuerpo con las sábanas. Su actitud distaba mucho de la mujer que estuvo anoche con él. La Noa de ahora era una mujer tímida, muy diferente a la de anoche; ella era la sensualidad hecha mujer. Aunque esa timidez y ternura también era algo que le gustaba de la mujer a su lado.
—Señor, lo siento...
—No te disculpes. No ha pasado nada que tú o yo no quisiéramos —dijo, acercándose a la chica—. ¿Tú te arrepientes? Porque yo no.
—¿Lo dice de verdad? ¿No miente por cortesía? —preguntó ella, incrédula ante lo dicho por su jefe.
Él negó, sin dejar de sonreír. Se acercó más a la niñera hasta juntar sus labios en un beso que la dejó petrificada. Le tomó un momento reaccionar. De repente, llevó su mano izquierda a los rebeldes y despeinados cabellos dorados de su jefe. Eran sedosos y desprendían una adictiva fragancia masculina.
Lentamente, llevó a la muchacha a recostarse en la cama. Detuvo el beso, pero aún tenía la mano en su cabello.
—Noa, me gustas —musitó, acariciando la mejilla de la morena con el dorso de su mano.
Aunque lo estuviese escuchando de sus labios, para Noa era difícil creer en las palabras de Alexander. Tenía sus reservas y el ejemplo cercano de su mejor amiga y Frans. Aunque lo ocultara, sufría mucho por la canallada de Francisco. Cameron no merecía algo así.
(Tú y yo solo somos un entretenimiento para ellos. No, nos tomarán nunca en serio. Te daré un consejo: si puedes sacarle un beneficio a tu jefe, úsalo. Pero no te enamores, Noa. No creas en sus dulces palabras).
Cameron era dura en sus palabras, pero sabía que su amiga tenía razón. Puso la mano en el pecho del hombre encima de ella. Él le miró, sin entender qué había ocurrido.
—Es tarde. Usted tiene cosas que hacer y yo debo preparar a Luna. El vuelo sale en la tarde —desvió el rostro, evitando el escrutinio celeste al que su jefe la sometía.
—Tienes razón —secundó el rubio, haciéndose a un lado—, pero aún así quiero pasar la mañana con Luna antes de regresar. Quiero que la tengas lista en media hora.
Si ella quería volver a su lugar, él no se lo impediría. Estaba desconcertado y confundido, pero no demostraría debilidad ante Noa. Solo esperaba que fuera temporal. Le daría espacio.
—Sí, señor —secundó ella.
Se puso de pie. Tomó una sábana con torpeza para cubrirse la desnudez.
A Alexander le pareció divertida la acción de la muchacha. En la cama podía ser una mujer atrevida, sin ningún tipo de ataduras ni pudor y otra vez volver a su comportamiento reservado y tímido.
—Noa —llamó y ella volvió a mirarlo. Le acercó la camisa que usó él para cubrirse. Era más fácil que taparse con esa sábana enorme—, tú también vendrás con nosotros.
Se puso la camisa con rapidez. No supo qué responder a lo dicho por su jefe. Solo asintió como respuesta para acto seguido salir de la habitación de Alexander.
•••
Entró acompañado de una despampanante rubia que lucía un vestido verde entallado a su cuerpo, destacando sus nada despreciables curvas.
—Este es el lugar donde se ha estado escondiendo mi mariposa Azul —dijo Fabio, asombrado, mirando el interior de la casa.
—Sí, aquí es donde esa mosca muerta ha estado. De día es la dulce y candida niñera de la mocosa de mi sobrina y de noche, es la estrella principal de tu club nocturno. La zorra es toda una maestra del engaño, pero a mí nunca me engañó —dijo Neta, soltando una risa burlona—. ¡Betany! —gritó ella, llamando al ama de llaves.
Unos pocos minutos después, la empleada solicitada hizo acto de presencia. Vio al hombre de traje, luego miró molesta a Neta. A Alexander no le gustaba tener extraños en su casa y aquel hombre para nada le daba buena espina. Y si venía con Neta, la desconfianza aumentaba.
—Dígame, Neta, ¿para qué me llama? —cuestionó la doméstica, denotando su molestia ante el abuso de la ex cuñada de su jefe al traer desconocidos a la mansión.
—¿Cuándo llega Alexander? —inquirió Neta, acercándose a la altiva ama de llaves. La rubia no toleraba a la atrevida Betany. En cuanto se hiciera la dueña de todo, sacaría a esa anciana.
—Según tengo entendido, su vuelo sale hoy en la tarde. De seguro llegará de madrugada a Nueva York. Quería pasar más tiempo de calidad con la niña y...
—Está bien, Betany. Ya puedes irte, era lo único que quería saber —dijo Neta, con altanería—, vamos, ya puedes irte. Ya no necesito nada más, mujer —dijo la rubia altanera, chasqueando los dedos al ama de llaves.
El ama de llaves se retiró, molesta con la actitud tan grosera y prepotente de esa mujer. Se iría, pero no por petición de esa maleducada mujer. Lo haría porque simplemente no la soportaba y no aguantaría humillaciones.
—Ya escuchaste, querido. La bailarina de quinta llegará dentro de poco. Estoy ansiosa por ver la cara de mi Alexander cuando descubra quién es de verdad la niñera de su hijita.
Desde que descubrió la identidad de Noa, estaba ansiosa por descubrirla, pero no había encontrado el momento ideal para hundir a la chica. Cuando creyó que había sacado a Noa del juego, esta volvió más segura de que no se volvería a ir.
Editado: 08.07.2026