La doctrina incomprendida

La doctrina incomprendida

A finales de 1996 un colega que regresó de un viaje en el que visitó la ciudad de Teotihuacán, me citó en una cafetería para hablar sobre sus descubrimientos; interesado en todo lo que podría contarme acepté reunirme con él, sin saber que lo que me contaría cambiaría mi vida por completo.

Llegado el día de la cita me adentré en la cafetería, en donde ya me esperaba mi compañero, sin embargo, había algo raro en él: lucía distinto, aunque no podía decir de qué manera.

Unos pasos antes de llegar a la mesa pude notar cierta impaciencia en él, eso me incomodó un poco, pues no solía ser una persona que viviera con prisa, pero ahora era como si no pudiera esperar más para hablar sobre sus vivencias. Aunque dudé un instante, decidí continuar con lo acordado.

Al principio hablamos sobre cosas triviales y todo parecía normal, hasta que comenzó a contarme sobre su expedición: me habló sobre cómo el lugar no era lo que todos pensábamos y ocultaba algo que no cualquiera podría comprender, pero que —según él— era necesario que todos supiéramos.

Mientras más me contaba, menos podía creer en sus palabras; pensé que había enloquecido y que ya no era más que la sombra del académico que en algún momento conocí. Todo empeoró cuando me habló sobre su idea de formar un “círculo de aprendizaje”, en el que compartiría su conocimiento con las personas que él consideraba dignas de tal saber.

Al terminar con aquel monólogo, me mostró unas marcas que aseguraba le había dejado la ciudad para indicarle el camino que debía seguir. Eso me horrorizó y únicamente pude sentir lástima por quien alguna vez llamé amigo; ahora me quedaba claro que había perdido la cordura.

No pude soportar un segundo más y decidí marcharme del lugar; antes de hacerlo, volví la mirada una última vez, solo para verme reflejado en sus ojos, incapaces de comprender mi actuar.

Luego de aquella reunión acudí a la biblioteca de la universidad, pues me encontraba realizando un estudio sobre los distintos cultos y religiones que se habían gestado en la antigüedad alrededor del mundo. Mientras hojeaba las páginas de un viejo tomo, me encontré con una palabra que hizo que todo lo dicho por mi antiguo amigo regresara a mi mente: Reghtalezh.

Aún escéptico de todo lo que mi colega ahora caído en la demencia me había contado, pensé que quizá él había leído aquel libro antes de su viaje a Teotihuacán, y que eso había formado parte fundamental de todas sus alucinaciones.

Ahora, un poco intrigado, decidí continuar leyendo con la esperanza de poder entender cómo alguien tan brillante pudo terminar de esa manera; sin embargo, lo único que encontré fueron mitos sobre entidades antiguas deseosas de destrucción, pero nada relacionado con la idea de salvación que él aseguraba haber hallado.

Todo esto reafirmó mi idea sobre la decadencia mental del pobre Jeremy. Todo era producto de una imagen distorsionada de la realidad que, lamentablemente, había terminado con un futuro prometedor.

Como ya estaba anocheciendo, decidí volver a mi hogar para descansar de aquel día tan poco productivo; sin embargo, sentí una profunda necesidad de llevar el libro conmigo, por supuesto, únicamente para estudiarlo más a fondo.

Una vez en casa saqué el libro de mi mochila para leerlo detenidamente, pero pude notar algo extraño en él: el recubrimiento exterior comenzaba a desprenderse, revelando una cubierta de cuero negro, con las palabras Consillia Carnis, marcadas en un profundo tono carmesí.

Ver aquello hizo que mi pulso se acelerara por un momento; me encontraba ante un descubrimiento sin siquiera buscarlo, y ahora me preguntaba quién y por qué habría ocultado aquella inscripción.

Sabía que lamentablemente no encontraría respuesta inmediata a mis preguntas; sin embargo, ahora estaba claro que aquel texto sí estaba conectado de alguna manera con la reciente demencia de mi colega. Y el cómo solo lo descubriría hablando una vez más con él.

Pero esa charla tendría que esperar un poco más, pues era de noche y no podía llamarlo a esa hora; así que lo mejor que podía hacer en ese momento era leer nuevamente el libro, para entender mejor toda la situación.

Comencé a releer el libro una y otra vez, en busca de algo que no hubiese visto inicialmente, pero no había nada que no supiera ya; aún así continué de esa manera hasta el amanecer encontrando un único indicio recurrente: Reghtalezh.

Al mirar los primeros rayos de sol filtrarse por mi ventana, me levanté y me preparé una taza de café mientras fumaba un cigarrillo, alistándome para el día que me esperaba. Frente al espejo noté algo inusual en mi sombra: era como si no fuera mía, como si tuviera vida propia; lo asocié con la falta de sueño y continué con mi rutina.

Antes de partir hacia la universidad, decidí llamar a Jeremy para concretar una nueva cita, y hablar nuevamente de lo que había vivido en la antigua ciudad. Para mi buena fortuna él accedió de inmediato y una vez acordada la reunión, salí de casa.

Mientras me encontraba en la universidad, sentía que el tiempo transcurría más lento de lo normal, y mi necesidad de que llegara la hora del encuentro con Jeremy no dejaba de crecer. Tenía que hablar con él, contarle sobre el libro y saber si lo había leído antes de su viaje; solo así podría corroborar mi teoría sobre su relación con sus alucinaciones.

Aquella sensación de ansiedad que lentamente me consumía solo cesó cuando llegó la hora acordada y lo vi atravesar la puerta de la cafetería. Con una mezcla de intriga y la emoción de quien está cerca de una revelación sin precedente, lo saludé a lo lejos, convencido de que la información que estábamos por compartir podría cambiarlo todo.

Poco antes de que llegara hasta la mesa, noté algo anormal en su sombra, tal y como lo había hecho esa mañana en la mía, fue solo un instante, pero eso bastó para que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo y, sin embargo, nuevamente lo atribuí a mi falta de sueño.




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