El sonido ensordecedor del metal contra el metal resonaba en las paredes de ladrillo viejo del taller mecánico. Alessander Vitale sostenía una enorme llave inglesa, con los músculos de los brazos tensos y venas marcadas bajo una capa de grasa negra y sudor. A sus veintiséis años, tenía el cuerpo imponente de un Alfa puro, pero también la mirada cansada de alguien que cargaba con el peso del mundo.
A unos metros, debajo del chasis de un camión viejo, se escuchó un suspiro ahogado seguido de un golpe sordo.
—¡Maldición! —gruñó Dominic, saliendo sobre la camilla deslizante.
Dominic, el menor de los hermanos por apenas dos años, se pasó una mano sucia por la frente, dejando un manchón de hollín que solo empeoraba su aspecto descuidado. Tenía el cabello oscuro revuelto y la camiseta rota por el uso. Miró a su hermano mayor con una mezcla de frustración y cansancio.
—Esa junta está completamente oxidada, Ale —dijo Dominic, sentándose en el suelo frío mientras se limpiaba las manos inútilmente con un trapo viejo que solo esparcía más la mugre—. Igual que todo en este maldito pueblo.
Alessander dejó la herramienta a un lado y suspiró, sentándose en un banco de madera. Miró a su alrededor. El taller estaba lleno de piezas oxidadas, neumáticos gastados y polvo. Era su único sustento, el lugar donde pasaban catorce horas al día dejándose la piel para sobrevivir. Pero al final de la jornada, cuando el ruido de los motores se apagaba, el silencio que quedaba en el lugar era asfixiante.
—Terminemos esto y cerremos por hoy —respondió Alessander con su voz ronca y profunda—. El estómago me ruge y no queda nada en la casa.
Dominic bajó la mirada, jugueteando con el trapo suizo. Sus ojos alfa, usualmente fieros, se tornaron melancólicos.
—¿Viste a la omega del panadero esta mañana? —preguntó Dominic en un susurro, casi temiendo la respuesta—. Le llevé las piezas de su camioneta. Intenté... intenté sonreírle. Solo quería ser amable, Ale. Le ofrecí ayudarle a cargar las cajas.
Alessander se tensó. Sabía perfectamente cómo terminaba esa historia.
—¿Qué hizo, Dom?
—Se tapó la nariz como si yo fuera una alcantarilla abierta —confesó Dominic, con un nudo en la garganta y la voz rota—. Me gritó que no me acercara, que mi olor a grasa le daba asco y que un Alfa tan feo y andrajoso jamás debería atreverse a mirar a un Omega. Toda la calle se rió.
Un silencio pesado cayó sobre el taller. Alessander apretó los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Le dolía el alma ver a su hermano menor así. La gente del pueblo los juzgaba por caminar sucios, por no saber cómo arreglarse o qué ropa usar, pero ninguno se detenía a ver que eran hombres honrados. Deseaban con todas sus fuerzas lo que cualquier Alfa sueña: un nido cálido, el aroma dulce de un Omega que los recibiera al final del día y la bendición de ver crecer a sus propios cachorros. Pero para los omegas del pueblo, los hermanos Vitale eran solo dos monstruos de los que había que huir.
—Algún día, Dom —dijo Alessander, intentando sonar firme aunque su propio corazón estuviera roto—. Algún día llegará alguien que vea más allá de la grasa en nuestras manos.
Dominic soltó una risa amarga y se puso de pie, sacudiéndose el pantalón desgastado.
—Ya no tengo fe en eso, hermano. Vamos a buscar algo de comer. Escuché que abrieron un local nuevo al cruzar la calle, una panadería pequeña. Solo entremos, compremos el pan de la cena y larguémonos antes de que nos vuelvan a correr a gritos.
Alessander asintió en silencio, apagó las luces del taller y cerró la pesada puerta de metal. Los dos Alfas caminaron bajo la luz difusa del atardecer, con la cabeza gacha, los cuerpos cansados y las almas hambrientas de un afecto que creían que jamás conocerían. No tenían idea de que, detrás del cristal de esa nueva panadería, el aroma a miel más puro y dulce del mundo ya los estaba esperando.