Miel notó el temblor en los labios de Dominic y la forma en que sus ojos alfa se cristalizaban. Lejos de asustarse o incomodarse, el corazón del omega se estrujó de pura compasión. Estaba a punto de decir algo reconfortante cuando el ambiente idílico se rompió en mil pedazos.
El estruendoso tintineo de la campana de la entrada resonó con fuerza, seguido del golpe seco de la puerta de madera al cerrarse de golpe.
—¡Pero bueno! ¿Qué significa esto? —una voz chillona y cargada de indignación inundó el lugar.
Se trataba de la señora Gable, una omega de alcurnia del pueblo, conocida por su actitud soberbia y sus implacables críticas hacia cualquiera que no cumpliera con sus estándares de elegancia. Venía vestida con un abrigo fino y sostenía un bolso contra su pecho como si estuviera protegiéndolo de una amenaza inminente. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver la escena.
—¡Miel, cielo! —exclamó, dando un paso atrás con horror y tapándose la nariz con un pañuelo perfumado—. ¿Qué hacen estos monstruos callejeros en tu hermosa tienda? Te van a robar o a ensuciar todo con esa asquerosa grasa. ¡Salgan de aquí ahora mismo, andrajosos! No deberían permitírseles entrar a lugares donde se preparan alimentos. ¡Son un peligro y una total inmundicia!
El efecto de las palabras fue inmediato y devastador. Como si despertaran de un hermoso sueño para caer directo en su cruda realidad, Alessander y Dominic se tensaron. La calidez que acababan de sentir se evaporó, siendo reemplazada por el frío de la humillación.
Dominic apartó sus manos de las de Miel de un tirón, escondiéndolas de nuevo en sus bolsillos mientras agachaba la cabeza, con la mirada fija en el suelo y la mandíbula apretada para contener las lágrimas de rabia y dolor. Alessander, por su parte, se colocó rígido como una estatua.
El Alfa mayor dio un paso atrás, interponiendo su enorme cuerpo para proteger a su hermano menor de las miradas de asco, volviendo a ponerse su máscara de frialdad y rudeza.
—Vámonos, Dom —murmuró Alessander con una voz que recuperó toda su aspereza y dolor—. No debimos entrar.
Los hermanos se giraron hacia la puerta, listos para recibir el golpe de siempre, con las almas un poco más rotas que antes. No querían causarle problemas al tierno omega de la panadería.
Sin embargo, Miel no se quedó de brazos cruzados.
Al ver cómo la luz y la esperanza se apagaban en los ojos de los dos gigantes, algo cambió dentro del dulce omega. Su usual timidez desapareció, reemplazada por un instinto de protección que ni él mismo sabía que poseía. Su lobo interno rugió, indignado por el trato que estaban recibiendo sus Alfas.
—¡Alto ahí! —la voz de Miel resonó en la pequeña panadería con una firmeza sorprendente, deteniendo los pasos de Alessander y Dominic en seco.
Miel rodeó el mostrador a paso veloz y se plantó firmemente frente a la señora Gable. A pesar de que la mujer le sacaba media cabeza de altura, Miel la miró con una seriedad implacable, con las manos apoyadas en sus caderas cubiertas por el delantal verde menta.
—Señora Gable, le voy a pedir que baje la voz y guarde silencio —dijo Miel, con un tono dulce pero inquebrantable—. En mi panadería no se insulta a nadie. Alessander y Dominic son mis clientes, y son hombres muy amables y trabajadores. La única inmundicia aquí son los prejuicios y la falta de respeto de algunas personas. Si no le gusta mi clientela, la puerta está muy abierta y puede retirarse inmediatamente. No necesito su dinero si viene acompañado de tanta crueldad.
La señora Gable se quedó completamente muda, con la boca abierta de la indignación. Su rostro se tiñó de rojo y, soltando un bufido ofendido, se dio la vuelta.
—¡Esto es inaudito! ¡Jamás volveré a poner un pie en este lugar lleno de gentuza! —gritó antes de salir azotando la puerta, haciendo que la campanilla tintineara histéricamente.
Un silencio sepulcral volvió a reinar en el local, pero esta vez era diferente.
Alessander y Dominic miraban a Miel con los ojos abiertos de par en par, completamente impactados. En toda su vida, nadie, ni una sola alma en ese maldito pueblo, había sacado la cara por ellos. Nadie los había defendido, y mucho menos un omega tan puro, hermoso y angelical. Para los hermanos Vitale, ver a Miel parado allí, respirando un poco agitado por el enfado pero mirándolos con absoluta devoción, fue el momento exacto en el que supieron que estaban perdidos. Sus lobos cayeron de rodillas en sus mentes, rindiéndose por completo ante su único y verdadero hogar.
Miel se giró hacia ellos, y toda la firmeza de su rostro se derritió, volviendo a ser el chico dulce de siempre. Se acercó a paso lento, mirándolos con timidez.
—Lo siento mucho... —murmuró Miel, jugando con el borde de su delantal—. No todos aquí son así de malos. Por favor, no se vayan. Todavía no les he dado su pan.