La dulzura de los mounstros

Botones a presión

El regreso a la modesta casa de los hermanos Vitale se sintió diferente a cualquier otra noche. Caminaron en un silencio sepulcral, pero ya no era el silencio asfixiante de la derrota; era el silencio de dos mentes que procesaban un milagro. Dominic llevaba contra su pecho la bolsa de papel madera que Miel les había entregado antes de salir. El pan seguía tibio, y el aroma a harina y dulzura parecía abrirse paso a través del papel, envolviéndolos en una burbuja de paz.

Al cruzar la puerta de su hogar—un lugar austero, de muebles viejos y paredes desnudas—, Dominic dejó la bolsa sobre la mesa y se giró hacia su hermano mayor. Tenía los ojos brillantes.

—Ale... ¿viste lo que hizo? —la voz de Dominic vibró, atrapada entre la incredulidad y la emoción—. Ella... esa mujer nos trató como basura, y él se paró enfrente. Nos defendió. Un omega tan chiquito y bonito nos defendió a nosotros.

Alessander se pasó una mano por el rostro, sentándose pesadamente en una silla. Su lobo interno seguía dando vueltas, inquieto, completamente embelesado por el aroma a miel que se había quedado impregnado en la punta de sus dedos tras el contacto con el chico.

—Lo vi, Dom —respondió Alessander, con la voz más suave de lo habitual—. Nunca nadie había hecho algo así por nosotros.

—No podemos volver a ir así, Ale —dijo Dominic de repente, cruzándose de brazos y mirando su propia camiseta gastada—. No podemos presentarnos en su tienda oliendo a grasa, con la ropa rota y las caras negras. Él es... es como un ángel. El lugar huele limpio, huele dulce. Nosotros parecemos dos trogloditas arruinando su espacio. Tenemos que cambiar. Tenemos que... no sé, vernos como Alfas decentes para él. Para impresionarlo.

Alessander miró a su hermano menor. Quiso recordarle que eran mecánicos, que la grasa era su día a día y que no tenían dinero para lujos. Pero al recordar la sonrisa de Miel y la forma en que limpió su mejilla con tanta delicez, el orgullo de Alfa de Alessander también despertó. Quería ser digno de mirar a ese omega a los ojos. Quería que Miel se sintiera orgulloso de tenerlos en su tienda.

—En el armario del fondo... —comenzó Alessander carraspeando, un poco avergonzado—, está la ropa que compramos para el funeral del tío abuelo hace cuatro años. Las camisas de botones.

Dominic abrió los ojos de par en par y asintió con entusiasmo.

A la mañana siguiente, el taller mecánico de los Vitale experimentó la metamorfosis más extraña de su historia. Antes de salir hacia la panadería, los dos hermanos se habían bañado tres veces cada uno, restregándose la piel con tanto esmero que tenían los brazos rojos. Pero el verdadero problema vino con la ropa.

—¡Ale, esto no cierra! —se quejó Dominic desde su habitación.

Cuando salieron a la sala, la escena era casi cómica. Dominic llevaba una camisa de vestir blanca que claramente le quedaba pequeña; los botones del pecho estaban tan tensos que parecían listos para salir disparados como proyectiles si respiraba demasiado hondo. Los pantalones, una talla menos de la que necesitaba su cuerpo musculoso, le obligaban a caminar con las piernas extrañamente rígidas.

Alessander no estaba mejor. Había logrado abotonarse una camisa azul oscuro, pero las mangas le apretaban tanto los bíceps que sentía que la tela iba a rajarse con el menor movimiento. Además, se había puesto unos zapatos de cuero rígido que no usaba desde hacía años y que le sacaban un quejido sordo con cada paso.

—Te ves... decente —mintió Alessander, acomodándose el cuello de la camisa, que sentía que lo estaba asfixiando.

—Tú pareces un guardaespaldas al que le va a dar un ataque al corazón —replicó Dominic, intentando dar un paso y casi perdiendo el equilibrio por la rigidez del pantalón—. Me pica todo, Ale. Y siento que si me agacho a recoger algo, el pantalón va a pasar a mejor vida.

—Cállate y camina —gruñó Alessander, aunque él mismo sentía que la tela le cortaba la circulación en las axilas—. Dijiste que querías causarle una buena impresión. Un Alfa de verdad hace sacrificios. Aguántate.

Los dos gigantes salieron a la calle bajo el sol de la mañana. Los vecinos del pueblo, acostumbrados a verlos con overoles sucios y miradas sombrías, se les quedaban viendo con la boca abierta. Parecían dos enormes bloques de músculos metidos a la fuerza en trajes elegantes pero incómodos, caminando con una rigidez militar para evitar que las costuras cedieran.

A pesar del dolor en los pies de Alessander y la picazón en el cuello de Dominic, ambos mantenían la cabeza en alto. Se dirigían en línea recta hacia la panadería, con el corazón latiendo a mil por hora, rogándole a sus lobos internos que la ropa resistiera al menos hasta que Miel les regalara la primera sonrisa del día.



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En el texto hay: omegaverse, poliamor, alfa y omega

Editado: 27.09.2026

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