El tintineo de la campana anunció la llegada de los hermanos Vitale a la panadería. Miel, que estaba limpiando el mostrador con un trapo, levantó la mirada con una sonrisa brillante que se congeló en el acto. Sus grandes ojos castaños parpadearon un par de veces, confundidos.
Frente a él estaban Alessander y Dominic, pero parecían dos estatuas de piedra. Alessander caminaba con una rigidez dolorosa, y Dominic tenía los ojos ligeramente desorbitados mientras intentaba no inhalar demasiado aire para evitar que los botones de su camisa blanca salieran disparados contra los vitrales.
—Buenas... días, Miel —logró articular Alessander con una voz extrañamente aguda debido a lo apretado que le quedaba el cuello de la camisa azul.
—Hola, lindo —saludó Dominic, intentando sonreír, pero la mueca se pareció más a un gesto de dolor cuando el pantalón le apretó los muslos.
Miel soltó el trapo. Toda la dulzura de su rostro se transformó de inmediato en un puchero enorme. Sus cejas se juntaron y cruzó los brazos sobre su delantal verde menta, mirándolos con una mezcla de indignación y profunda preocupación.
—¿Pero qué se hicieron? —exclamó Miel, saliendo a toda prisa de detrás del mostrador—. ¡Por la luna! ¡Si parecen dos tamalitos mal amarrados! ¡No pueden ni respirar!
—Queríamos... queríamos vernos decentes para ti —confesó Dominic en un hilo de voz, rindiéndose ante la falta de oxígeno—. Para que no pienses que somos unos trogloditas desaliñados.
Al escuchar eso, el puchero de Miel se suavizó por un segundo, conmovido por el gesto, pero la terquedad de omega protector ganó. Se paró de puntitas frente a Dominic y, sin pedir permiso, comenzó a desabotonar los tres primeros botones de su camisa. Dominic soltó un suspiro de alivio tan sonoro que pareció que le devolvían la vida.
—A mí no me importa cómo vengan vestidos, ¡me importa que estén bien! —los regañó Miel, con la voz suave pero firme mientras se giraba hacia Alessander para aflojarle el cuello—. Miren sus caritas, están rojos del esfuerzo. La ropa no hace al Alfa, y ustedes son perfectos tal como son. ¡No voy a permitir que se lastimen solo por el qué dirán!
Los dos gigantes se quedaron mudos, recibiendo el tierno regaño con las cabezas gachas como dos cachorros atrapados haciendo una travesura.
—Esperen aquí. No se muevan —ordenó Miel, señalándolos con el dedo índice antes de desaparecer a toda prisa por la puerta trasera de la tienda.
Alessander y Dominic se miraron el uno al otro. A pesar del regaño, sus lobos internos estaban aullando de felicidad. El aroma a miel pura en el local se había mezclado con una nota intensa de preocupación protectora que los hacía sentir sumamente queridos.
Un par de minutos después, Miel regresó cargando un montón de ropa doblada. Tenía un aroma nostálgico, a madera de cedro, tabaco dulce y un toque muy suave de Alfa antiguo.
—Esta ropa era de mi papá —explicó Miel, colocándola sobre una mesa con cuidado—. Él era un Alfa grande y fuerte, casi tanto como ustedes. Está guardada desde que falleció, pero sé que a él le gustaría que la usaran. Es tela suave, de campo, cómoda.
Miel tomó una camisa de franela a cuadros rojos y negros y se la extendió a Alessander. Luego, le entregó una chaqueta de jean desgastada pero abrigada y unos pantalones de gabardina amplios a Dominic.
—Vayan al baño de atrás y cámbiense ahora mismo —sentenció Miel, volviendo a hacer su tierno puchero—. Y ni se les ocurra decir que no. Si vuelvo a escuchar que se les rompe una costura por respirar, me voy a enojar de verdad.
Dominic miró la ropa y luego a Miel, con el corazón en un hilo. Alessander apretó la suave tela de franela entre sus dedos toscos, sintiendo un nudo en la garganta. No solo los estaba aceptando; les estaba entregando los recuerdos de su propia familia para que estuvieran cómodos.