La dulzura de los mounstros

El renacer de los monstruos

Cuando la puerta del baño trasero se abrió, Miel levantó la mirada del mostrador y el aire se le atoró en los pulmones. Sus grandes ojos castaños se abrieron de par en par detrás de sus gafas redondas, y un sonrojo intenso, del color de las fresas maduras, le pintó las mejillas por completo.

Los hermanos Vitale ya no parecían estatuas tiesas ni trogloditas desaliñados. Se veían, literalmente, para comérselos.

La ropa de campo del padre de Miel les quedaba de maravilla, adaptándose a sus cuerpos imponentes con una comodidad natural. Alessander vestía la camisa de franela a cuadros rojos y negros; llevaba las mangas remangadas hasta los codos, exponiendo sus antebrazos gruesos, y los primeros botones abiertos dejaban ver la base de su cuello ancho. Dominic, por su parte, lucía la chaqueta de jean desgastada sobre una playera básica, y los pantalones de gabardina le daban una soltura que realzaba su porte atlético y juvenil. El estilo rústico y leñador encajaba a la perfección con sus mandíbulas marcadas y sus cabellos oscuros. Exudaban una masculinidad imponente, madura y, por primera vez, completamente pulcra.

—Esto... esto es otra cosa —murmuró Dominic, dando una vuelta con una sonrisa brillante de oreja a oreja—. Puedo respirar, Ale. ¡Y puedo agacharme sin miedo a un accidente!

Alessander, aunque un poco tímido por la intensa mirada del omega, se acomodó el cuello de la camisa de franela. El aroma a cedro y tabaco dulce de la prenda se mezclaba con su propio olor a bosque y hierro, creando una combinación sumamente atrayente.

—Gracias, Miel —dijo el Alfa mayor con su voz ronca, suavizada por la gratitud—. Es muy cómoda.

Miel tuvo que sostenerse del borde de la barra, sintiendo que sus piernas flaqueaban un poco ante semejante despliegue de atractivo. Su lobo interno estaba dando vueltas, fascinado por lo guapos y varoniles que se veían los Alfas.

—Les... les queda perfecta —logró decir Miel con un hilito de voz, intentando disimular su timidez acomodándose las gafas—. Mi papá estaría muy orgulloso de ver que su ropa la llevan hombres tan buenos. Vengan, siéntense aquí. Les preparé un té de manzanilla y unos bollos de canela recién salidos del horno.

Los hermanos se sentaron en una de las mesas de madera cercanas a la barra. Mientras disfrutaban de la merienda, el ambiente se volvió íntimo y cálido. Alessander y Dominic, sintiéndose cómodos y seguros por primera vez en sus vidas, comenzaron a abrir sus corazones. Le preguntaron a Miel sobre su infancia, cómo había aprendido a hornear y qué lo había llevado a abrir la panadería en ese pueblo tan hostil. Miel los escuchaba con absoluta devoción, apoyando su barbilla en sus manos, encantado con la caballerosidad y la profunda sensibilidad que ambos ocultaban bajo sus capas de músculos.

La burbuja de paz se expandió durante casi una hora, hasta que el tintineo de la campana anunció la llegada de los clientes de la tarde.

Esta vez, sin embargo, la reacción del pueblo fue radicalmente distinta.

Un grupo de tres omegas del pueblo, de esos que solían caminar con la nariz levantada y que en más de una ocasión habían cruzado la calle para no pasar cerca del taller mecánico, entraron riendo al local. Pero las risas se les murieron en la boca en el segundo en que sus miradas se posaron en la mesa del rincón.

Las tres omegas se quedaron estáticas, cohibidas por la imponente presencia de los dos Alfas que conversaban con Miel. Sus instintos omega reaccionaron de inmediato ante el rústico pero limpio aroma de Alessander y Dominic, combinado con ese porte de leñadores modernos que los hacía ver increíblemente protectores, masculinos y atractivos.

—Por la luna... —susurró una de ellas, abanicándose el rostro con la mano—. ¿Quiénes son esos Alfas tan guapos? Nunca los había visto por aquí.

—Espera... —murmuró otra, ajustándose el cabello detrás de la oreja y entornando los ojos—. ¿Esos no son... los hermanos Vitale? ¿Los del taller?

El asombro se apoderó de ellas. Los omegas que antes los habían rechazado cruelmente, llamándolos sucios y monstruos, ahora los miraban con ojos brillantes de interés, mordiéndose los labios y tratando de llamar su atención con sonrisas coquetas y posturas sugerentes. Una de ellas incluso se acercó un poco de más a la mesa, dejando ir un aroma floral artificialmente dulce en un intento desesperado por captar la atención de los hermanos.

Pero Alessander y Dominic ni siquiera parpadearon.

Para los dos Alfas, el resto del mundo seguía siendo completamente invisible. Sus ojos, fieros y decididos, permanecieron fijos única y exclusivamente en la figura de Miel, quien al notar las miradas de los otros omegas hacia los Alfas, volvió a hacer un puchero, marcando territorio de forma silenciosa sin darse cuenta al dar un paso más cerca de la mesa de los dos gigantes.



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En el texto hay: omegaverse, poliamor, alfa y omega

Editado: 27.09.2026

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