La Duquesa

12

Normal

La puerta del estudio se cerró con un golpe seco, como un latigazo en el silencio. Un silencio denso y pegajoso se apoderó de la habitación, solo roto por el leve crujido de las tablas del suelo bajo sus pasos sigilosos. Un aroma a polvo rancio y a pintura vieja, mezclado con un sutil olor a incienso, flotaba en el aire, creando una atmósfera de misterio y amenaza. En una figura, envuelta en un manto negro de terciopelo, recorría sus manos enguantadas de cuero negro, frías y ágiles los cajones de la vieja cómoda, , buscaban algo con una urgencia que se sentía en el aire. Sus ojos, ocultos tras la sombra de la capucha, brillaban con una luz extraña, como si buscaran algo en la oscuridad. Los cajones, llenos de papeles amarillentos y objetos olvidados, parecían resistirse a entregar su secreto. La figura, impaciente, recorrió las repisas, sus ojos escaneando cada rincón, hasta que encontró un pequeño compartimento oculto en una repisa. Allí, dentro de una caja de madera oscura, se encontraba un frasco de cristal y una carta sellada con lacre rojo. La figura tomó ambos objetos con cuidado y, antes de irse, dejó una nota en el pequeño cofre, colocándolo de nuevo en su lugar.

El amanecer se filtró a través de las cortinas, tiñendo de rosa pálido en la habitación de Eli. La joven se levantó temprano, sin esperar a las sirvientas. Se vistió con un vestido verde esmeralda, y con sus perlas que la caracterizan. Su rostro, aún reflejaba una sonrisa tranquila. Bajó las escaleras, sus pasos ligeros resonando en la quietud de la casa.

La luz del amanecer se filtraba por las ventanas del comedor, bañando las mesas de roble pulido en una cálida luz dorada. El aroma a café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el olor a pan tostado. Eli se acercó a la mesa, donde su madre se encontraba sentada, con una taza humeante en la mano, vestida con un camisón de seda azul, parecía relajada, pero sus ojos brillaban con un brillo extraño.

- Hola, mamá. ¿Cómo dormiste? - preguntó Eli, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

- Hola. Bien, y tú. Lo siento por no ir a la cena, pero me sentía cansada – sonrisa parecía un poco forzada.

- Si no te preocupes. -con una sonrisa que ahora sí llegaba a sus ojos, pero que no ocultaba la confusión que sentía. - Y ¿qué haces levantada tan temprano?

- Pues, esperándolas para ir por sus vestidos. -sonrisa pícara que no llegaba a sus ojos.

- Esperándonos.

- Sí, a ti y a Emma. ¿No te acuerdas? -, con un tono divertido que no ocultaba una pizca de inquietud.

- Está bien, ¿qué tal si desayunas conmigo en lo que esperamos a Emma?

- Sí.

- Ya está. Solo falta que baje tu hermana y nos vamos.

- Mamá, ¿vas a ir en pijama? -mire con curiosidad.

- ¡Ay, ¡qué despistada! Se me olvidó que estaba en pijama. Me arreglo y esperamos a que tu hermana y nos vamos.

Las calles de los vestidos parecían un hervidero de miradas. Cada paso que dábamos, una oleada de ojos se posaba sobre nosotros, susurros bajos se deslizaban entre la gente como un viento gélido. Me sentí incómoda, como si me hubieran marcado con una tinta invisible que atraía la atención de todos. Mamá, sin embargo, parecía ajena al revuelo. Su rostro, inmutable, reflejaba una calma que me desconcertaba. ¿Acaso no le incomodaba la atención? ¿O era que simplemente la ignoraba?




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