—No te preocupes. Sabemos quién la envía.
—No, señora, pero usted sabe quién la envía. —Sonrisa ladeada
—Son dos cartas en estos días pero tienes razón. —Jugando con la carta entre mis manos
Max hizo una reverencia y se retiró.
Una vez en él estudia, llena de recuerdos y de un silencio agobiante, refleja su estado de ánimo. El escritorio de roble tallado, rodeado de libros antiguos, parecía observar con una mirada de melancolía.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al leer la carta. La tinta negra sobre el fino papel antiguo parecía danzar ante sus ojos, como una sombra siniestra que se extendía sobre su vida. Las palabras, escritas con una caligrafía elegante y desgarradora, se le grabaron en la mente como un cuchillo que se clavaba en su alma.
"No puede ser," murmuró con voz temblorosa, sus dedos temblorosos recorriendo las palabras escritas. La carta no era una amenaza, no era un castigo, no era una advertencia. Era una revelación, una verdad que la había perseguido durante años.
Una sensación de frío recorrió su cuerpo, como si una mano invisible la hubiera agarrado por el cuello. Sus ojos, antes llenos de una tristeza melancólica, se llenaron de terror. Sus piernas se doblaron bajo ella y cayó sobre la silla de su escritorio, con una mirada de horror reflejada en sus ojos. El peso de la verdad, tan pesado como una piedra, se posó sobre su pecho, ahogando su respiración.
En ese momento, los suaves golpes en la puerta la sacaron de su letargo.
–Adelante – dijo con voz temblorosa.
La puerta se abrió y vi que Max, trae una bandeja de té y galletas en sus manos, entrando al estudio. Sus ojos, llenos de preocupación, se posaron sobre la duquesa, que parecía haber envejecido diez años en un instante.
– ¿Todo bien, señora? – preguntó Max, acercándose a ella con cautela.
–Sí, Max… es solo que todo esto se siente tan irreal, como si estuviera en un sueño… no sé qué hacer, por primera vez, no sé qué hacer – respondió la duquesa, con una voz llena de angustia y una mirada perdida en un punto distante.
–La mayoría espera que no regrese a la corte y otros sí. Mis hijos esperan que sí, lo sé pero – dijo la duquesa, con una expresión de preocupación.
Max se sentó en la silla frente a la duquesa, observándola con una mirada comprensiva.
–Señora, es natural sentir miedo. No solo por su posición en la corte, sino por sus hijos – dijo Max, rompiendo el silencio que se había instalado en la habitación.
–Es que, Max, todo es tan incierto – respondió la duquesa, con la voz teñida de angustia. "La corte me rechaza, me acusan de loca, de estar en decadencia. ¿Qué les pasará a mis hijos si yo no regreso a la corte del rey?"
–Señora, su preocupación por sus hijos es admirable, pero no tiene por qué temer. Ellos son fuertes y están a la altura de las circunstancias. Además, usted no está sola. Tiene a sus aliados, a aquellos que la han apoyado siempre, que la admiran y la necesitan. – Max la observaba con una expresión serena.
Pero, Max, ¿qué es lo que se dice de mí? ¿Qué es lo que está pasando en la corte?
"Bueno, señora, usted tiene la última palabra. Usted dirá." Max se inclinó hacia adelante, su mirada fija en la duquesa. "Usted es quien decide su destino, quien decide el futuro de sus hijos. ¿Qué desea hacer? ¿Qué le dicta su corazón?"
La duquesa se quedó callada por un momento, sus pensamientos girando como un torbellino. La carta con su terrible revelación, la incertidumbre de la corte, el miedo por sus hijos, todo se mezclaba en su mente como una espesa niebla.
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Editado: 11.01.2026