La Duquesa

Fin del Encierro.

La noche del aniversario del reino, el salón de baile se transformó en un infierno. Recuerdo el rugido de las llamas devorando las cortinas de seda y el tacto áspero de los guardias arrastrándome hacia la salida entre gritos.

Desperté de golpe en mi sala. No había fuego, solo el silencio sepulcral de mi encierro. Mi hijo menor estaba a mi lado, con los ojos muy abiertos. —¿Qué pasa, cielo? —pregunté, tratando de recuperar el aliento. -Las cosas... están flotando, mamá —susurró él. Miré a mi alrededor; los objetos vibraban en el aire, sostenidos por un hilo invisible de mi propia magia descontrolada. Le sonreí con la calma que solo una madre puede fingir. —No es nada malo, solo es un truco. ¿Dónde están tus hermanos? —Practicando —respondió él con duda. ¿Practicando? ¿Para qué guerra se preparaban mientras yo me perdía en mis recuerdos?

"Hola, queridos lectores. Su cronista favorita les trae noticias exquisitas. Se dice que la duquesa tuvo uno de sus episodios, pero nadie sabe qué los provoca. Unos dicen que se trata de su magia errática y otros, que es su locura. Al ritmo que va, no sería de sorprender que el ducado se fuera a la ruina. ¿Quién se hará cargo? ¿Su hijo biológico o los dos hijos adoptados? ¿Llevarán el nombre a la gloria o al desastre? Nadie sabe qué aguarda a esa familia llena de secretos e intrigas. Nos leemos después, queridos lectores."

Me encontraba en pijama, sentada junto a la ventana mientras el vino bailaba en mi copa. El silencio de mi habitación fue interrumpido por un golpe seco y firme. No era el toque tímido de una doncella; era mi mayordomo Max.

—Adelante —dije, extrañada por su presencia a estas horas.

Él entró con su habitual postura rígida, pero sus ojos delataban una chispa de urgencia. En una bandeja de plata, portaba un sobre con el sello real. —Mi leidy, lamento la intrusión, pero esto acaba de llegar por mensajero urgente desde el palacio —anunció con voz solemne.

Al leer la carta, el aire parecía escaparse de la habitación. —Max, que preparen el carruaje de inmediato. Saldremos hacia el palacio en una hora.

Él asintió con una reverencia y, al salir, dio paso a la señora Liliana, el ama de llaves. Ella entró como un torbellino de eficiencia, ya cargando el vestido de viaje que no había usado en años. —He escuchado las órdenes, señora —dijo Liliana mientras abría el armario—. Le pondré el corsé más firme y los guantes largos. Si vamos a enfrentarnos al Rey, lo haremos con la frente en alto.

Mientras Liliana me ajustaba el vestido con manos expertas, sentí un leve mareo, pero ella me sostuvo con firmeza del brazo sin decir una palabra. Su lealtad era silenciosa.

Cuando finalmente salí al pasillo, me encontré con la resistencia de mi hijo. Evan lucía sorprendido, casi aterrado de verme fuera de mi confinamiento.

—¿Qué haces, madre? ¿Necesitas a un médico? —me detuvo, bloqueando el paso—. No has salido de tu cuarto en años. ¿A dónde vas? —Lo siento, Duque —intervino Max, apareciendo detrás de mí con mi abrigo de piel—, pero es el Rey quien ha solicitado la presencia de su madre.

Evan se puso tenso, mirando al mayordomo con frialdad. —Les dije a todos que mi madre no estaba dispuesta a recibir cartas. ¿Por qué permitiste que esto llegara a ella? —Es un mandato real, señor —respondió Max con una calma imperturbable—. Ignorarlo sería traición.

Miré a mi hijo y le sonreí, asintiendo para calmarlo. Subimos al carruaje mientras la señora Liliana nos observaba desde el umbral con una expresión de profunda preocupación.

—Mamá, ¿por qué ir? —insistió Evan una vez que el carruaje se puso en marcha—. Puedes negarte. El Rey solo quiere usarte para sus propios fines. Le tomé las manos, intentando transmitirle una seguridad que yo misma no sentía. —Todo estará bien, Evan. Es urgente y debo ir. No dejes que los rumores te afecten.

—¿Y qué hay de los rumores? —preguntó él amargamente—. Dicen que el ducado está en ruinas porque su Duquesa ha perdido el juicio. —Entonces vamos a demostrarles que todavía tengo suficiente cordura para reírme de ellos —respondí con una chispa de malicia—. Además, piénsalo: quizás en la corte encuentres a una dama hermosa y me hagas abuela. Me vendría bien una distracción así.

—¡Mamá! No estoy para bromas —protestó, aunque vi cómo sus hombros se relajaban un poco. —Lo sé, hijo. Lamento haberte dado mis responsabilidades tan pronto. No te corresponde aún cargar con el peso del ducado.

—Pronto ocuparé tu puesto oficialmente —dijo él, medio en broma, medio en serio—. Y entonces te obligaré a descansar de verdad. —Para que eso pase, tendrán que pasar muchos años —reí, mientras contemplaba cómo el palacio aparecía en el horizonte.

Al llegar, el imponente edificio blanco y dorado se alzaba como un gigante dormido. Las enredaderas descuidadas y el brillo opaco de las ventanas le daban un aire de abandono majestuoso. Una sirvienta de la corte nos recibió al pie de la alfombra roja.



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En el texto hay: misterio, magia, ursupacion de poder

Editado: 19.04.2026

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