La Duquesa

2

—El Rey la espera en su estudio, Duquesa. Miré a Evan y señalé los jardines del palacio. —Ve a caminar un poco, hijo. Necesito que despejes esa cara de preocupación mientras hablo con él.

Él asintió a regañadientes y cada uno tomó un camino distinto, separándonos bajo la sombra de las torres doradas.

Evan.

Caminaba por el laberinto de arbustos, donde las estatuas de mármol parecían observar con ojos cansados. El aire olía a rosas antiguas y a tierra húmeda. Al doblar un pasillo de vegetación, el tiempo se detuvo.

Allí, sentada en un banco de piedra bajo un sauce llorón, estaba ella. Su piel era tan pálida que parecía hecha de luz de luna, y su cabello negro caía como una cascada de sombras sobre sus hombros. Leía un libro, pero su mirada avellana se perdía en las páginas con una tristeza infinita. Evan sintió un vuelco en el corazón; no era solo belleza, era una conexión magnética, como si la conociera de otra vida.

Se acercó con cuidado, pero una rama crujió bajo su bota. Ella alzó la vista, asustada como un pájaro herido.

—Lo siento... no quería interrumpir su lectura —dijo Evan, bajando la voz instintivamente.

Ella se puso de pie con una gracia frágil y comenzó una reverencia. Evan se adelantó, deteniéndola con un gesto suave. —Por favor, no es necesario. Mi nombre es Evan.

—Me llamo Selene —susurró ella. Su sonrisa era hermosa, pero sus ojos seguían cargados de un cansancio que a Evan le recordó al de su propia madre—. Es un honor, Duque.

—Regente temporal, en realidad —corrigió él, atrapado en el brillo de esos ojos avellana—. Mi madre está en audiencia con el Rey. ¿Qué hace una dama tan distinguida sola en este rincón olvidado?

Selene se sonrojó, un leve tinte rosado en su palidez. —Mi tía es una de las damas de la Reina, y a veces el palacio es demasiado ruidoso para quienes preferimos las sombras . Pero debo irme... mi ausencia será notada.

—Espero que el destino nos permita coincidir bajo una luz más alegre, Selene—dijo él, besando su mano con una devoción que lo sorprendió a él mismo.

Ella se retiró sin decir más, dejándolo con el aroma de su perfume y una extraña sensación de vacío. Evan sonrió para sus adentros, sintiendo que, por primera vez en años, algo en el palacio valía la pena.

Duquesa.

Mientras tanto, yo avanzaba por los pasillos con una expresión tan gélida que la sirvienta que me guiaba tropezó dos veces por el puro nerviosismo de mi presencia. Al llegar al estudio, las puertas se abrieron con un chirrido pesado.

—Hola, Davio —dije, entrando sin esperar invitación. La sonrisa que le dediqué no llegó a mis ojos.

—Duquesa... cuánto tiempo —respondió él. Estaba de pie junto al ventanal, pero su porte era firme, el de un Rey que sabe que tiene el control—. Me sorprende que hayas decidido atender mi llamado después de tantos años de silencio.

—Tú lo dijiste: fue un llamado, no una sugerencia —repliqué, sentándome frente a su escritorio—. ¿Qué es tan urgente que requiere que abandone mi tumba?

Davio suspiró y deslizó un ejemplar del diario de chismes sobre la mesa, junto a unos informes financieros del ducado. —La escritora anónima está pidiendo tu cabeza, y la corte está empezando a escuchar. Dicen que el ducado se hunde porque su líder ha perdido la razón. Y estos papeles... —señaló los informes— muestran que tus tierras están perdiendo influencia. Necesito que asistas al Baile de Primavera. Necesito que demuestres que sigues viva.

Me reí, una carcajada amarga que hizo vibrar los cristales de la habitación. —¿Viva? Davio, mírame. Sabes bien que lo perdí todo aquel día. No me pidas que finja alegría.

—Sé lo que es perder a alguien —dijo él, suavizando la voz—, pero te estás hundiendo y te llevas a tus hijos contigo. Me preocupa no saber nada de mi mejor amiga.



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En el texto hay: misterio, magia, ursupacion de poder

Editado: 19.04.2026

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