Michel hizo una reverencia impecable y salió. Una vez solo, Davio se acercó al ventanal. Vio el carruaje de la Duquesa alejarse. Sus miradas se cruzaron un breve segundo a la distancia; él asintió con una mezcla de respeto y melancolía antes de que ella desapareciera tras los muros.
El trayecto de vuelta fue silencioso hasta que Evan rompió el hielo.
—Conocí a una joven en el jardín, madre. Me dijo que su tía es una de las damas de la Reina.
Lo miré de reojo, notando el brillo nuevo en sus ojos.
—¿Y de qué hablaste con el Rey? —preguntó él, cambiando el tono.
—Asuntos de estado, Evan —le entregué la invitación dorada—. El Rey nos convoca al Baile de Primavera.
Una sonrisa discreta, casi infantil, iluminó su rostro.
—A tus hermanas les encantará —susurré—. Ya las imagino revolviendo baúles buscando sedas, y a tus hermanos agotando las rosas amarillas del jardín. Pero guarda el secreto; quiero darles la sorpresa cuando estemos todos a la mesa.
Al llegar a casa, me encerré en mi estudio. Evan se quedó en el umbral, su sombra proyectada contra la puerta con una mezcla de protección y duda. No dije nada; cerré con llave y me apoyé contra la madera, dejando que el peso de la realidad me aplastara.
Saqué los papeles de Davio. Mi corazón se hundió. La situación era catastrófica. Si no encontrábamos las gemas, el ducado no solo perdería prestigio, sino su protección mágica. Todo por esa estúpida exhibición de joyas que autorizaron en mi ausencia.
El cansancio me venció sobre los mapas. Cuando desperté, la luna era lo único que iluminaba la habitación. Me levanté, sintiendo mis extremidades rígidas, y busqué un mapa antiguo de las líneas de energía.
—Revelion —susurré, intentando un hechizo de rastreo.
Pero mi magia solo chispoteó, débil y errática. No pude enviar ni un mensaje. Frustrada, abrí la puerta de mi estudio y un sonido extraño me puso en alerta. Un tintineo metálico y un burbujeo rítmico provenían del ala abandonada de la mansión.
Seguí el rastro de un zumbido eléctrico hasta la puerta de la vieja biblioteca, un lugar que nadie pisaba desde hacía una década. Al abrirla, el aire me golpeó con un olor metálico y dulce, como flores quemadas.
—¿Qué es todo esto? —susurré para mí misma.
Al principio, solo vi sombras, pero al fondo, la habitación parecía haber cobrado vida de una forma imposible. Lo que parecía un depósito abandonado era, en realidad, un laboratorio oculto. Frascos de cristal soplado flotaban en órbitas lentas, conteniendo líquidos que pulsaban como corazones. En el centro, sobre una mesa de roble, una serie de mis joyas desmontadas brillaban bajo una luz artificial.
—No deberías estar aquí, mamá —dijo una voz firme desde la oscuridad.
Emma salió de detrás de un estante. No llevaba sus sedas habituales, sino un delantal de cuero manchado y unas gafas de protección sobre la frente. Al verme, su rostro cambió; la determinación se transformó en un susto repentino. Rápidamente, tiró de una pesada lona para cubrir la mesa con las joyas y los frascos flotantes, tratando de ocultar el brillo eléctrico.
—¡Ah! Mamá... te desperté —dijo dando un respingo, escondiendo ahora unos papeles amarillentos tras su espalda.
—No, para nada. Pero el eco de los libros y ese ruido extraño llegaron hasta mi estudio —dije, tratando de procesar lo que mis ojos creían haber visto bajo esa lona—. Emma, ¿qué es este lugar? ¿Y qué es todo esto?
Emma bajó la mirada, fingiendo timidez para distraerme de la tecnología prohibida que vibraba a sus espaldas.
—Es... esto —mostró solo los libros viejos, evitando que yo me acercara a la mesa cubierta—. Encontré unos diagramas en estos tomos olvidados. Dicen que son formas de transformar la materia... rumores de algo llamado alquimia.
Me quedé en silencio. Mi sonrisa vaciló. La palabra "alquimia" sonaba a peligro, a algo borrado de la historia por una razón.
—¿Alquimia? —repetí en un susurro—. Vaya... eso es solo un cuento de viejo, Emma. No existen registros de tales cosas, son solo mitos. ¿Has estado aquí toda la mañana?
—Sí —respondió ella con un hilo de voz, nerviosa.
Me acerqué y le acaricié la mejilla con ternura, decidiendo no presionar más por ahora, aunque el olor a flores quemadas seguía flotando en el aire.
—No te vayas a acostar tarde... descansa, Emma. Y no olvides que te quiero.
—Yo también te quiero, mamá —respondió ella, esperando a que yo cruzara el umbral.
Cerré la puerta, pero antes de que el pestillo encaje, escuché el susurro de Emma para sí misma, una advertencia que no debía oír: "¿Si no recupero la energía de las gemas antes del invierno, mamá... simplemente dejarás de existir?".
Editado: 19.04.2026