Mientras revisaba los libros de cuentas, el frío recorrió mi espalda. No eran errores; era un saqueo. Alguien estaba desviando los ingresos, empujándonos lentamente hacia la ruina. Y lo peor: las joyas de la exposición, las anclas que me tienen con vida, habían desaparecido. El pánico comenzó a cerrarse en mi garganta como una mano invisible.
De pronto, un dolor agudo me atravesó el pecho. Un silbido de campanillas comenzó a vibrar en mis oídos, ahogando el sonido del mundo. Me quedé mirando a la nada, perdida en un vacío gris, hasta que una voz resonó dentro de mi mente, clara y dolorosa: "Amor, ven a ver esto..."
—¿Mamá? —La voz de Henry rompió el trance.
Parpadee, dándome cuenta de que estaba agitando la mano frente a mi cara, como si intentara apartar una niebla invisible. Henry me miraba con una angustia que le encogía los hombros.
—Lo siento... —logré decir, recuperando el aliento—. ¿Decías algo?
—Decía que... tal vez deberías dejar eso —Henry señaló los papeles con desconfianza—. Hace un día hermoso, mamá. Salgamos a caminar. Necesitas aire.
—Está bien —cedí, cerrando los libros con un golpe seco—. Solo dejaré esto en orden.
Acomodé los documentos con dedos temblorosos. Henry me esperaba en el umbral, su figura recortada contra la luz del pasillo. El aroma de la madera pulida y la tinta se mezclaba con el rastro de lavanda de mi vestido de seda. Al caminar junto a él, su voz volvió a ser un susurro cargado de miedo.
—¿Segura que estás bien?
—¿Por qué no lo estaría? —intenté sonar ligera, pero mi voz salió quebrada.
Henry evitó mi mirada y suspiró. —Por... nada. Solo sigamos.
Al acercarnos a la salida hacia el jardín, el eco de unos murmullos nos detuvo. Dos sirvientas hablaban junto a los grandes ventanales, demasiado absortas en el chisme para notar nuestra presencia. Henry hizo amago de avanzar, pero le puse una mano en el brazo, pidiéndole silencio. Queríamos oír.
—¿Viste que la duquesa por fin salió? —decía una con voz baja—. Hacía años que no pisaba los pasillos. Dicen que solo lo hizo porque el Rey la mandó llamar.
—Lo sé —respondió la otra con un suspiro de alivio—. Me alegra tanto... Me partía el alma ver al joven Evan tratando de mantener el ducado a flote el solo, mientras la señorita Elizabeth hacía lo imposible y la más pequeña rogando para que ella abriera la puerta. Ojalá se recupere pronto.
Sentí una punzada de culpa más fuerte que el dolor físico. No solo me había encerrado yo; había encerrado el futuro de mis hijos conmigo.
Henry intentó decir algo, con el rostro encendido de rabia por la indiscreción de las criadas, pero lo detuve con firmeza. —Salgamos —ordené con voz clara.
Al vernos aparecer, las criadas se pusieron pálidas y se hundieron en una reverencia profunda. —Señora... nos alegra tanto verla fuera después de... de lo que pasó —tartamudeó una de ellas, sin atreverse a mirarme a los ojos.
—Gracias —respondí con una elegancia gélida que no sentía.
Una vez que se alejaron, el silencio del jardín nos envolvió. El sol brillaba, pero mis ojos solo reflejaban una profunda tristeza. Había mucho que reparar, y el tiempo se agotaba.
—¿Continuamos con nuestro paseo, mamá? —preguntó Henry, buscándome la mano con ternura.
Forcé una sonrisa, la mejor que pude ofrecerle. —Sigamos, Henry. No nos detengamos.
Caminaba por el jardín con pasos que aún se sentían pesados. El aroma de las flores, que antes era mi refugio, ahora pesaba como un recordatorio de todo lo que había perdido en estos dos años.
Editado: 10.05.2026