La Duquesa

9

Flashback:

"¡Mamá, papá, ya llegó!" —La voz de un Evan mucho más pequeño resonó en mi mente. "Sí, mi amor, vamos a ver qué tesoros trajo de su viaje" —respondí yo, con una risa que ya no reconocía. "¡Evan, no corras con Eli! ¡Ten cuidado!" > La imagen de mis hijos corriendo por el césped hacia los brazos de su padre me llenó de una alegría tan punzante que me robó el aliento.

Fin del Flashback.

Me puse en pie bruscamente, disculpándome con un hilo de voz. No podía seguir allí. Me refugié en el único lugar que compartía con él: el estudio.

La puerta se cerró con un golpe seco tras de mí. El aroma a pintura vieja y polvo me recibió como un viejo amigo. La luz de la luna se filtraba por el ventanal, proyectando sombras largas sobre el lienzo central; una figura fantasmal que parecía observarme desde la penumbra. Estaba allí, pálida y con los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas, incapaz de apartar la vista del retrato de mi esposo.

—¿Mamá? —La voz de Evan sonó cautelosa desde el umbral.

Di un salto, como si hubiera olvidado que el mundo seguía girando fuera de esas cuatro paredes. —¿Qué haces aquí? —pregunté con la voz rota.

—Te estábamos buscando. Una de las sirvientas dijo que habías venido aquí —Evan se acercó lentamente, con un nudo en la garganta al ver el cuadro—. Ya casi es la hora de la cena formal, los demás esperan.

Volví a mirar la pintura. El rostro del Duque me devolvía una sonrisa que ya no existía. —Todavía lo extraño, Evan. Cada segundo —susurré con voz ronca.

—Yo también. Más de lo que puedo explicar —respondió él, colocándose a mi lado.

—¿Tú crees que él... que todavía está vivo en algún lugar? —pregunté, dejando que un hilo de esperanza prohibida se filtrara en mi voz.

Me giré hacia él y vi el dolor en su rostro. Evan suspiró, con los hombros hundidos por el peso del ducado que no pidió. —No lo sé, mamá —dijo con voz temblorosa—. Pero a veces, espero que sí.

Forcé una sonrisa que me dolió en el alma. —No creo poder bajar a cenar hoy. Discúlpame con tus hermanos. Necesito... necesito dormir.

—Descansa. Te quiero, mamá —Evan se acercó y me dio un beso tierno en la frente.

—Gracias, mi niño. No olvides cerrar la puerta al salir.

Me retiré a mis aposentos, dejando a Evan a solas con el fantasma de su padre. Él se quedó mirando la pintura, esa mirada penetrante y esa sonrisa cálida que ahora le exigían ser un hombre antes de tiempo.

—Mamá te extraña demasiado —murmuró Evan hacia el lienzo, con las lágrimas asomándose a sus ojos—. Emma ya casi no recuerda tu voz... y yo... yo no sé si puedo ser el Duque que todos esperan. No sé cómo llenar este vacío.

La puerta se abrió de nuevo. Elizabeth entró en silencio, con la mirada melancólica. —¿Hablando con él otra vez? —preguntó suavemente.

—Sí —respondió Evan sin apartar la vista—. ¿Qué crees que haría si estuviera aquí, Evan?

Evan soltó una sonrisa irónica, aunque cargada de tristeza. —Lo más probable es que le daría un buen golpe en la nuca a Henry por el vino. Luego traería a Elijah de las orejas, sin importar en qué rincón del mundo esté. A Emma la abrazaría y no la soltaría jamás... y a nosotros... a nosotros nos daría el sermón de nuestras vidas por haberla dejado sola estos años. Luego nos pediría perdón. Eso haría él.

—¿Y mamá?

—Se fue a descansar. Ha sido un día demasiado agotador para ella.

—Lo entiendo —asintió Eli—. Vamos a cenar. Cierra la puerta cuando salgas.

Evan asintió, pero justo antes de apagar la luz, una carta sobre la mesa captó su atención. Estaba junto a los mapas antiguos y unos papeles con diagramas extraños. En cuanto su mano rozó el sobre, el papel vibró y desapareció en el aire, dejando solo un rastro de estática fría.

Evan se quedó congelado, mirando su mano vacía. Salió del estudio a toda prisa, con el corazón latiendo con fuerza y una incertidumbre que ahora pesaba más que el propio ducado.

Apenas el eco de los pasos de Evan se desvaneció por el pasillo, el silencio del estudio se volvió denso, casi sólido. La puerta, que Evan juró haber cerrado con cuidado, pareció sellarse con un suspiro gélido.

En la penumbra, donde la luz de la luna no llegaba, una figura emergió de entre las estanterías como si estuviera hecha de la misma oscuridad. Envuelto en un manto de terciopelo negro, el intruso se movía con una agilidad felina. El aroma a polvo rancio del estudio fue sustituido de golpe por un olor punzante: incienso quemado y cuero frío.

La figura se dirigió directamente a la cómoda de roble. Sus manos, enfundadas en guantes de cuero negro, registraron los cajones con una urgencia eléctrica. Los ojos, ocultos tras la profundidad de la capucha, brillaban con una luminiscencia antinatural, escaneando los papeles amarillentos y los mapas que Emma y su madre habían estado revisando horas antes.

Con un movimiento experto, presionó una moldura casi invisible en la repisa superior. Un compartimento oculto cedió con un chasquido seco.

Allí, dentro de una caja de madera oscura que olía a sándalo, aguardaba el verdadero tesoro: un frasco de cristal cuyo líquido pulsaba con una luz violeta y una carta sellada con lacre rojo sangre. La figura tomó ambos objetos; el frasco pareció vibrar al contacto con sus dedos, una reacción que solo alguien con sangre de alquimista podría provocar.

Pero no se fue sin dejar rastro. Con una calma inquietante, el intruso extrajo un pequeño pergamino de su capa y lo depositó dentro del cofre vacío. Era una nota breve y precisa.

Tras colocar el cofre de nuevo en su lugar, la figura se desvaneció hacia el ventanal. Un parpadeo de luz, un roce de tela contra el marco, y el estudio quedó nuevamente vacío. Solo el aroma a incienso quedó flotando en el aire, como una advertencia silenciosa de que los secretos de la Duquesa ya no le pertenecían solo a ella.



#1710 en Fantasía
#815 en Thriller
#350 en Misterio

En el texto hay: misterio, magia, ursupacion de poder

Editado: 23.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.