La Duquesa

12

—Ya veo. pero ¿por qué aquí? —la voz de la Condesa flaqueó apenas un segundo—. Cualquier modista iría a su casa con solo chasquear los dedos.

—Mis hijas querían el placer de elegir por sí mismas los vestidos para el Baile de la primavera. Me pareció un deseo encantador —añadió mi madre con una sonrisa triunfante.

—¿El baile? —Juliette palideció—. ¿Irá a la fiesta de la primavera?

—Por supuesto. Ella misma me envió una invitación personal —soltó mi madre.

Un murmullo gélido recorrió la sala. "¿Fue a ver al Rey?", "Dijeron que no recibía a nadie...". La Condesa se quedó sin palabras, derrotada en público.

—Mamá... quiero irme. No me siento cómoda aquí —susurró Emma con un nudo en la garganta.

—El vestido me gusta, pero los encajes son incómodos — tratando de recuperar la compostura—. Señora Iris, modifíquelos antes del baile.

—Por supuesto, Duquesa. Se los enviaré en cuanto estén listos —balbuceó la dueña, inclinándose casi hasta el suelo.

Al salir, el sol de la tarde creaba un halo dorado sobre mi madre, pero ella parecía ajena a todo. Caminaba ignorando los chismes sobre el segundo, Príncipe y sus escándalos en los burdeles; su mente estaba claramente en otro lugar.

Al llegar a casa, Max, nos recibió con su habitual reverencia imperturbable. Emma, subió emocionadas a mostrarle sus regalos a Henrry, mientras yo subía a mi alcoba a descansar un rato, pero mi madre se detuvo al notar la mirada de Max.

—¿Sucedió algo, Max? —la voz de mi madre se tornó gélida al instante.

—El joven Evan estuvo curioseando en su estudio, Mi lady —susurró Max al oído —. Intentó tomar la carta, pero logré retirarla a tiempo. No estoy seguro de si llegó a leer el contenido.

Mi madre apretó la mandíbula. Sus dedos jugaron con el borde de su guante. —No te preocupes. Sabemos quién la envía.

—Usted lo sabe, señora —corrigió Max con una sonrisa ladeada y respetuosa—. Es la segunda carta en estos días.

—Lo sé, Max. Lo sé —respondió ella, sintiendo el peso del papel oculto en su mano.

Max hizo una reverencia y se retiró. Mi madre entró al estudio, cerrando la puerta tras de sí. El silencio del despacho la envolvió de inmediato; una melancolía que parecía emanar de los lomos de cuero de los libros y el escritorio tallado. Estaba sola con sus secretos, y el juego apenas comenzaba.

Un escalofrío le recorrió la nuca al desplegar la carta. La tinta negra sobre el papel fino danzaba ante sus ojos como una sombra que buscaba asfixiarla. Las palabras, trazadas con una caligrafía elegante pero cruel, se grabaron en su mente con la precisión de un estilete.

"El hombre que robó las gemas no es un extraño. Es el mismo que incendió el salón hace años. Él ha vuelto y está entre tus muros. No confíes en nadie, ni siquiera en las sombras de tu propia casa.

—No puede ser —susurró. Sus dedos recorrieron el trazo de la pluma, buscando una mentira que no existía. La carta no era un castigo ni una advertencia; era el eco de una verdad que la había acechado durante décadas.

De pronto, la fuerza abandonó sus piernas. Se desplomó sobre el piso, con la mirada perdida en el vacío y el pecho oprimido por un peso invisible. El letargo solo se rompió cuando unos golpes suaves sonaron en la madera, se escuchaban lejos y cerca a la vez.

—Señora… ¿señora? ¿Se encuentra bien? —Al no escuchar respuesta del otro lado, la voz se tensó—. Con su permiso, voy a entrar.

La puerta se abrió y Max entró. Al verla en el piso, rota en llanto, se olvidó de los protocolos y corrió hacia ella.



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En el texto hay: misterio, magia, ursupacion de poder

Editado: 12.07.2026

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