—¡Señora! ¿Se encuentra bien? ¿No se lastimó? ¿No se hizo daño? Por favor, dígame algo —pidió con urgencia y preocupación. Al ver el estado de la Duquesa, Max gritó hacia el pasillo—: ¡Liliana! ¡Ayúdame!
Liliana llegó corriendo, con la respiración agitada. —¿Qué pasa, Max?
—Es la señora... ve por el joven Evan, ¡rápido!
—¡No! —interrumpió la Duquesa, aferrándose al brazo de Max con una fuerza desesperada—. No dejes que mis hijos me vean así... No.
—Señora, por favor...
—Max... Max... ellos provocaron el incendio —consiguió decir con la voz cortada, temblando por completo.
El sirviente miró a Liliana y le hizo una señal con la cabeza para que los dejara solos y trajera algo para calmarla. Entre los dos, con infinito cuidado, ayudaron a la Duquesa a levantarse del suelo y la acomodaron en el sillón.
Minutos después, Max regresó a la estancia con una bandeja de té. Al verla, se detuvo en seco. Sus ojos se posaron en la Duquesa, que parecía haber envejecido una década en el tiempo que le tomó a él hervir el agua.
—¿Todo bien, señora? —preguntó Max, acercándose con cautela y dejando la bandeja en la mesa.
—Todo se siente irreal, Max... como si despertara en una vida que no es mía —respondió ella, sin apartar la vista del papel arrugado entre sus manos—. La corte espera mi caída. Mis hijos esperan mi regreso. Pero yo... por primera vez, no sé qué dirección tomar.
Max se permitió un gesto de absoluta confianza y se sentó frente a ella.
—Es natural temer, señora. No solo por la corona, sino por lo que el linaje exige.
—Dicen que estoy loca, Max. Que la decadencia me ha alcanzado. ¿Qué será de mis hijos si no vuelvo a reclamar mi sitio ante la corte?
—Usted no está sola —sentenció Max con serenidad—. Tiene aliados que la necesitan. Pero la corte es un nido de víboras que solo muerden al que duda. Si va a volver, debe hacerlo antes de que ellos decidan por usted. ¿Qué le dicta su instinto?
Guarde silencio. La carta, la traición y el futuro de mi estirpe se mezclaron en mi mente como una niebla espesa.
—No puedo seguir encerrada aquí, esperando el olvido.
—Entonces no lo haga —concluyó Max—. El miedo alimenta la oscuridad, y usted siempre ha sido el incendio. Recuerde quién es.
Se levantó y caminó hacia el ventanal. Afuera, el jardín estallaba en colores y la luz dorada de la tarde lo bañaba todo, pero aquella calidez no lograba cruzar el cristal de su alma.
—No lo sé, Max. Simplemente... no lo sé.
Él se acercó, guardando una distancia respetuosa pero firme.
—Tiene que elegir, duquesa. El corazón suele hablar más alto que el miedo si uno sabe escucharlo.
Ella suspiró y el cristal se empañó con su aliento. Sus ojos brillaban, cargados de una humedad que se negaba a caer.
—No quiero volver a ser esa mujer que todos detestan. Pero si me escondo aquí, ¿quién protegerá a mis hijos de los lobos?
—Cualquiera que sea su camino —respondió Max con voz pausada—, usted nunca dejará de ser lo que es: madre, soberana de estas tierras y la mujer que ha mantenido este linaje en pie. La corona no le entrego el título, señora.
Esas palabras cortaron la niebla que la asfixiaba. Se enderezó, sintiendo cómo el peso de la carta se transformaba en el acero de una armadura. Se giró hacia él y, por primera vez en años, Max vio el fuego en sus pupilas.
—Regresaré. Por mis hijos y por mi nombre. Les recordaré quién soy.
Max esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.
—Sabía que diría eso.
—Pero no entraré por la puerta trasera —añadió ella, cruzando el despacho hacia su escritorio—. Necesito una estrategia. Un plan que asfixie a mis enemigos antes de que puedan saludarme.
Max asintió, su mirada se volvió tan afilada como la de un halcón sobre su presa.
—Hablemos de aliados, entonces. ¿Quiénes siguen en pie?
—Lady Amelia es leal. Conde Alexander... es neutral, pero su silencio nos favorece. Y el Lord Reginald —ella hizo una pausa estratégica— se venderá al mejor postor, y yo pienso ser quien pague.
—Inteligente. Pero señora usted misma lo dijo el Conde Alexander hay que tener cuidado, precaución él se vende el mejor postar, ni menciona al nuevo Duque Thorne y la Condesa de Blackthorne no se compran con oro —advirtió Max—. Son serpientes que necesitan ver el veneno de frente. Sin mencionar al Obispo Arístides; ese hombre usa la fe para ocultar su mano en el fango.
—El miedo ha sido su arma —dijo la duquesa, apretando el respaldo de su silla de terciopelo hasta que sus nudillos blanquearon—. Ahora será la mía. Debo demostrar que mi magia y mi linaje no se han marchitado.
—Necesita un golpe de efecto, algo que los deje sin aliento —sugirió Max.
—El Baile de la primavera—sentenció ella con una sonrisa gélida—. Sé que le robaré el protagonismo a su majestad y que eso tendrá un precio, pero es el escenario perfecto. No voy a ir a pedir perdón, Max. Voy a reclamar lo que es mío.
Editado: 12.07.2026