Me encontraba en el estudio, sepultada bajo una montaña de libros y un caos de papeles que apenas dejaban ver la madera del escritorio. Cuando Max me entregó los últimos informes financieros del ducado, el aire parecía congelarse en mis pulmones. Mis ojos recorrieron las cifras: desvíos sistemáticos, fondos drenados hacia el templo bajo el nombre del Obispo Arístides.
—¡No puedo creerlo! —exclamé, y mi voz vibró con una ira que no pude contener—. ¿Cómo es que mi hijo no se dio cuenta? ¿Cómo puede Evan ser tan ingenuo?
Max se inclinó hacia adelante, midiendo sus palabras para calmar mi tormento.
—Señora... el joven Evan no ha estado a cargo de los fondos directamente. La responsable de la contabilidad ha sido la señorita Elizabeth.
El frío en mi pecho se transformó en fuego. Fruncí el ceño, sintiendo una punzada de traición.
—¿Elizabeth? ¡Dejé instrucciones claras de que ella no debía acercarse a las finanzas fue mucha antes de mi auto exilio!
—El joven Evan se vio superado por las tareas y le pidió ayuda el señor Henrry, el joven no se encontraba en buenas condiciones así que le pidió ayuda a la señorita Elizabeth. Ella aceptó de inmediato. Como nunca faltó el dinero para los gastos corrientes, nadie sospechó nada —explicó Max, bajando la mirada.
—No faltaba dinero porque estaban robando lo justo para no ser detectados —golpeé el escritorio con el puño—. Donaciones falsas, reparaciones fantasmales en el templo... Arístides se ha estado llenando los bolsillos con nuestra herencia mientras nosotros le dábamos las gracias.
—Lo siento mucho, señora —murmuró Max con sinceridad.
—No es culpa tuya, Max. Pero esto se acaba hoy. tendré que hablar con él, a partir de este momento ninguna de los dos tiene permitido manipular los libros de finanzas y los registra de ellos como castigo, Henrry se encargará de las finanzas y la recuperación de estas. Tiene un instinto para los negocios que nunca entenderé; quizá sea su magia, o simplemente su astucia. Pero no dejaré que toque más el dinero.
Me recosté en la silla, exhalando un suspiro cargado de resignación. La noticia era una nube gris que amenazaba con arruinar mi estrategia. Un suave golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos.
—Pase —dije, tratando de ocultar la irritación en mi voz.
Una sirvienta entró con una reverencia nerviosa.
—Señora, la modista Iris ha llegado con los vestidos para el baile.
¿Los vestidos? Lo había olvidado por completo. El Baile de la Primavera. Me froté las sienes; lo último que quería era fingir sonrisas, pero mis hijas no tenían la culpa de las intrigas del templo.
—Llévala a la estancia familiar. Dile a Emma que bajen, en un momento bajo. Ofrécele té y galletas a la señora Iris, que no le falte nada. Puedes retirarte.
Cuando la puerta se cerró, miré a Max con duda.
—Max, dime la verdad... ¿deberíamos ir? Con este desfalco y mi reciente regreso, me siento tentada a quedarme tras estos muros.
Max me dedicó una mirada comprensiva pero firme.
—Señora, creo que es imperativo que asista. Sus enemigos están esperando una señal de debilidad. Si se oculta, confirmará sus sospechas. Si va, recuperará el control de la corte. —Tienes razón —dije, levantándome con una nueva determinación—. Vamos a ver esos vestidos. Si voy a enfrentarme a los lobos, al menos lo haré luciendo impecable.
Editado: 18.08.2026