La compañía de Shiron y sus elfos resultaba en ocasiones insufrible. Por suerte, a ella la solían dejar en paz y se ensañaban con Aluna cada vez que había ocasión, aunque eso tampoco le hacía gracia. Mantener a Wander sereno no estaba siendo una tarea fácil y, Phillia, tenía que estar recordándole todo el tiempo el peligro que correrían si perdía el control. En todo caso, la presencia de Shiron estaba siendo crucial para avanzar por el templo de Azien. El príncipe elfo explicó que había una serie de pruebas diseñadas por sus antepasados que servirían para garantizar que tan solo los de su raza podrían llegar hasta la tumba del antiguo dios. Aluna no tenía conocimientos mágicos y la primera prueba consistía en apartar con magia verde zarzas, raíces y ramas que se interponían de manera continuada por el camino.
La tumba de Azien era el lugar al que se dirigían, o al menos así lo había llamado Shiron la otra noche. Phillia esperaba que hablasen en un sentido figurado y no literal, como le explicó Aluna antes de entrar al templo. Era conocedora de que existirían diferencias entre las culturas de cada raza, pero que la misma historia y mitología sobre los antiguos dioses fuera tan diferente era una idea descabellada. Si llegaban sanos y salvos, al final saldría de dudas y temía que las afirmaciones de los elfos fueran reales. Había imaginado al menos una docena de veces cómo reaccionaría y en ninguna de ellas se creía capaz de actuar de una manera civilizada.
Durante el trayecto, salvo por los reproches de Shiron y las respuestas envenenadas de Aluna, nadie más abrió la boca mientras descendían al interior del templo. Tras bastantes minutos caminando por roca cubierta de musgo, Shiron hizo un gesto con la mano eliminando la última pared vegetal. Detrás de la misma, se dieron de bruces con un bosque frondoso en el corazón del mismo templo. En esa estancia no había antorchas, pero sí una cantidad ingente de plantas y animales bioluminiscentes que lograban iluminarlo todo en un tono tétrico y salvaje. Shiron, sin dejar de sonreír, fue el primero en internarse y, alzando ambos brazos, se dirigió al grupo.
—Esta es la segunda de las cuatro pruebas. El mismo bosque dentro del templo. La naturaleza en todo su esplendor en un habitáculo de vida eterna. —El príncipe comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, admirando cada rincón del lugar—. Cruzadlo y las puertas a la siguiente prueba se abrirán.
Wander, Phillia, Saeros y Aluna se miraron los unos a los otros. Esa prueba sonaba muy sencilla. Aluna les advirtió de que habría trampas ocultas, así que empezaron a avanzar con mil ojos. La sala era tan grande que Phillia no era capaz de distinguir el fondo y tampoco había un camino marcado.
—Se trata de un laberinto natural —se adelantó a adivinar.
—En ese caso no nos separemos —sugirió Wander haciéndole un gesto a Saeros que estaba subiéndose en ese instante a un árbol para que volviese junto al grupo.
—No puedo ver nada desde aquí —confirmó el pirata dejando una rendija abierta de sus ojos como si así pudiera ver mejor.
Shiron rio entre dientes con los brazos cruzados, escuchando hablar a los humanos entre sí. Como acostumbraba hacer, les vigilaba desde lo alto de una enorme rama con los brazos cruzados y una sonrisa que dejaba claro que el espectáculo era de su completo agrado.
—Avanzad si no queréis quedaros aquí eternamente —advirtió disfrutando del momento.
Al ver que nadie más se decidía, Saeros dio la orden e inició la marcha. Wander, Phillia y Aluna le siguieron sin rechistar. Había un tipo de musgo que cada vez que alguno lo pisaba se iluminaba con más fuerza, dejando un claro rastro de sus pasos. Shiron y sus soldados les seguían de cerca y si ellos paraban, los elfos también lo hacían. No iban a darles pistas y Phillia habría jurado que estaban deseando que cometieran un error para matarles en ese mismo lugar.
La travesía resultó más larga de lo esperado. Llevaban caminando media hora y se seguía sin ver ninguna puerta o indicador de camino. Los árboles tenían troncos muy anchos y sus hojas podían servir para cubrir a un individuo o en ocasiones a dos de la lluvia que a veces se presentaba por arte de magia. Los arbustos y demás hierbas eran de una proporción similar, siendo la mayoría más altos que cualquiera de los cuatro. Se sintieron como si la vegetación se los fuera a comer, de modo que, cansados, optaron por pararse un momento a reflexionar.
—Un laberinto tiene paredes y varios caminos, aunque solo uno lleve a la salida —les dijo Saeros abanicándose con la palma de su mano intentando combatir la humedad del ambiente—. Este no tiene ni lo uno ni lo otro y es imposible saber por dónde hemos pasado. Las huellas se borran solas al rato.
Phillia se giró para descubrir como el musgo brillante se iba atenuando poco a poco hasta apagarse, haciendo que sus pasos se borrasen. Shiron cruzó la mirada con ella manteniendo una risa diabólica.
—Igual hay que pensar como un elfo —supuso Phillia sin muchas más ideas.
—Yo soy una elfa y tampoco se me ocurre nada más —repuso Aluna con un deje molesto en la voz.
Shiron carraspeó y echó una mirada fulminante a Aluna por su comentario. Lo que Aluna ignoró deliberadamente.
—No podemos rendirnos. —Wander quería animar al grupo y mantener viva la esperanza. Todo ello sin quitarle ojo a Shiron que se acercó a Aluna y a Phillia—. Hemos llegado muy lejos para tirar la toalla.
Editado: 20.01.2025