La Efigie de Espinas

Décima Tercera Lección: Devoción

El viento corría suavemente en los alrededores de la ciudad, moviendo las hojas de los árboles, ondeando las prendas tendidas al sol, acariciando los rostros de los transeúntes en todo sitio, golpeando las esquinas de las viviendas, así como los altos edificios.

A esas tempranas horas, y después de una larga clase sobre teoría de los objetos mágicos, Dolores y Radimir se predispusieron a comer, estando ambos sentados en el comedor del mago, siendo servidos por la magia del anfitrión, además de consumir los alimentos preparados por el anterior.

La adolescente comía gustosa cada platillo que le servían, invitándole Radimir a comer tanto como quisiera, pudiendo repetir el hechizo llamado «receta» tantas veces quisiera para volver a ver frente a sus ojos cómo los ingredientes se mezclaban a sí mismos en el aire hasta formar la comida deseada, pareciendo esto mera fantasía. Aunque había cosas que, a según Radimir, sí necesitaban de mucho tiempo a pesar de ser magia la que los formaba.

Dolores, emocionada, continuaba hablando de lo que habían visto en clase, comiendo feliz pollo y spaghetti que tenía aún en su plato, acompañándolo de pure de patatas que acababa de hacerse gracias a la magia, tomándolo del aire, desesperada como para aguantarse a que éste cayera en la vasija.

—Entonces, los objetos más poderosos siempre son consecuencias, ¿no es así? —Preguntó la chica, sonriéndole el mago de momento.

—Efectivamente. La magia es asombrosa, e impredecible. Comúnmente, los objetos con mayor poder, son aquellos que fueron creados accidentalmente, por emociones muy fuertes como el amor, la ira y la tristeza. Muchos de los que viste allá abajo tuvieron ese génesis, nacieron de una fuente, en su mayoría, negativa, ganando propiedades que se relacionan con la historia de su creador en sí. El día de mañana llamaremos a Erick y les daré la libertad de elegir a cada uno 5 objetos para demostrar qué hacen —aquello puso muy feliz a Dolores, asintiendo con alegría.

— ¡A Erick le va a encantar! —Exclamó la chica, sonrojándose porque habló con la boca llena, riendo el maestro con ternura—. Lo siento…

—No hay de qué disculparse. Es obvio que te ha gustado mucho la comida, todo lo preparé como me enseñaron en casa —explicó el hombre, llamando la atención de Dolores esto.

—Maestro… ¡Disculpe! Nunca le he preguntado por su familia. ¿Siguen en Ttetain? ¿Están con vida? ¿Tiene hermanos, hermanas? —Preguntaba incesantemente la chica, deteniéndola el mago de manera jovial.

— ¡Wow, wow! ¡Una a la vez, Doly! —Pidió el mayor, sonriéndole Dolores a eso—. Bueno, supongo que siguen allá… Aunque me parece que la mayoría de las personas que yo conocí como «familia» han de haber fallecido ya.

— ¿Eran muy grandes sus padres?

—No tanto… ¿Qué edad tienes los tuyos?

—33 mi mamá y 38 mi papá…

— ¡Vaya! Cuando yo tenía tu edad, mi madre tenía la misma edad que la tuya. Sólo que mi padre era un año menor a ella —confesó el mago, impresionando eso a su alumna.

—Es raro, ¿no?

— ¿Qué?

—Que el hombre sea menor que su esposa.

— ¿Te parece? No he visto que necesariamente sea el caso en los matrimonios de tu planeta.

—Bueno, no es necesario, pero es más común.

—Posiblemente —confirmó el mago, bebiendo de su copa de vino, cuyo cáliz poseía figuras de ángeles tocando trompetas—. Tenía un hermano mayor, Ravadon. Era todo lo que la familia esperaba de él, y por eso le admirábamos. Supongo que ya tuvo descendencia y todo, felizmente casado, como siempre se lo propuso —comentó el mago, sonriéndole a su alumna, estando aquella fascinada con esas palabras.

— ¿Los extraña?

—Mucho, pero las cosas van mejor así —alegó el mago con una frágil sonrisa.

—Gracias por compartir eso conmigo, maestro.

—Es un placer, Doly. ¿Alguna otra duda con los objetos mágicos que tengas?

—Bueno, no del todo. Es fácil imaginar cómo reaccionan los objetos encantados a la magia, como la absorben para cumplir ciertos cometidos, aunque, por ejemplo, el mapa mágico parece estar programado con diferentes funciones. Además, responder al idioma de los conjuros —expresó la menor, llevándose Radimir su mano a la barbilla.

—Así es. Los objetos mágicos prácticamente pueden ser programados al crearlos. Requiere de gran conocimiento en los diferentes hechizos que existen, además de lo que se quiere lograr como tal. Por ejemplo: el mapa que estudiamos hoy, debió haberlo hecho un mago que tenía grandes habilidades en la cartografía. No sólo importa el saber sobre los elementos mágicos, sino también sobre el objeto en sí. Y ese es el principal elemento de todo buen mago…

—El conocimiento.

— ¡Exacto, Doly! ¡Exacto! Es la inteligencia y el saber lo que definen el poder y las capacidades, tanto como los límites, del mago. Pronto, podrás explorarlos tú misma, cuando comiences a entender la magia en su totalidad y puedas emplearla.

—Estoy impaciente, maestro. ¡Quiero poder hacer al menos una broma! —Confesó exaltada la chica, provocando que su maestro riera un poco.

—Todo a su tiempo. Aún eres muy inmadura para conseguir algo así. Primero necesitarás todo el conocimiento mágico que existe. Ya teniéndolo, posiblemente el mana en ti crecerá un poco, consiguiendo al final poder ejecutar cualquiera de las bromas —aclaró orgulloso Radimir, sonrojándose Dolores al notar la cálida sonrisa que su maestro le dedicaba.

Los platillos se acabaron, al igual que el hambre de Dolores y de Radimir, pasando ambos al jardín a disfrutar del clima, regando manualmente la chica las plantas, a petición de ella misma, diciéndole el anfitrión que tanta agua necesitan cada una.

La platica entre ambos continuó, hablando Dolores de sus gustos musicales, de sus aspiraciones de adulto y de más cosas, al igual que ella preguntaba cosas simples a su maestro, como su color favorito, o comida preferida, entre otras.




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