A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba por los ventanales del comedor principal. Elena leía el diario financiero mientras degustaba un café negro sin azúcar. Llevaba un traje de dos piezas en tono beige que resaltaba su porte distinguido y profesional.
Maximiliano entró al comedor pasadas las nueve de la mañana. Lucía el cansancio en los ojos y cierto desorden en el peinado, señal inequívoca de haber pasado la noche fuera. Esperaba encontrar una atmósfera cargada de tensión, resentimiento o frialdad manifiesta. Sin embargo, Elena lo saludó con una inclinación de cabeza perfectamente educada.
—Buenos días. Hay café recién hecho en la cafetera y el cocinero preparó el desayuno según tus preferencias habituales —dijo ella, sin desviar la atención de la sección de mercados globales del periódico.
Maximiliano tomó asiento frente a ella, sirviéndose una taza en silencio. El sonido de la vajilla de porcelana resonaba con una nitidez incómoda.
—Llegué a las seis de la mañana —comentó él, buscando forzar una reacción que le devolviera el control de la conversación.
—Lo sé. Escuché el motor del auto —respondió Elena con voz pausada—. Supongo que el tráfico matutino debió ser complicado a esa hora.
—Roxana no se sentía bien. Requería mi presencia —continuó él, fijando la mirada en los ojos de Elena.
Elena bajó ligeramente el periódico, mirándolo con una mezcla de cortesía y aburrimiento.
—No tienes por qué darme explicaciones sobre la salud de tus amistades, Maximiliano. Tu tiempo libre es completamente tuyo, siempre y cuando los compromisos de la firma familiar no se vean afectados. De hecho, quería comentarte que a partir de hoy utilizaré el despacho del ala este como mi oficina personal. Ya he coordinado con el personal para que instalen mis equipos.
Maximiliano frunció el ceño. El ala este de la mansión era una zona prácticamente privada que su familia no utilizaba desde hacía años.
—¿Tu oficina personal? No sabia que tenías asuntos de negocios que atender. Pensé que te dedicarías a administrar la servidumbre y los eventos de caridad de la familia, como le corresponde a la Sra. Valenzuela.
—Las expectativas ajenas suelen ser una fuente inagotable de decepciones —replicó Elena con una leve sonrisa—. Mi agenda profesional no interfiere con las tareas de la casa. El ama de llaves ya tiene las directivas semanales y los presupuestos están ajustados. Si no hay ningún otro asunto doméstico que tratar, me retiraré a trabajar.
Elena se puso de pie, dobló el periódico con precisión milimétrica y lo dejó sobre la mesa. Su presencia proyectaba un control absoluto de la situación que desarmaba cualquier intento de provocación.
Maximiliano la observó marchar, sintiendo una desconcertante sensación de vacío. Por primera vez en su vida, se daba cuenta de que estar en el centro de la atención de alguien no era un derecho automático por su apellido o su atractivo física. Para Elena, él era poco más que un compañero de casa inconveniente con el que debía cohabitar por motivos de fuerza mayor. Y esa indiferencia comenzaba a irritarlo más que cualquier escena de celos.