Los golpes en la puerta hicieron temblar las paredes de la pequeña casa.
—¡Abran inmediatamente! —ordenó una voz grave desde el exterior.
Elara tomó la mano de Alina.
—Escúchame con atención. Pase lo que pase, no permitas que vean la marca.
La anciana le entregó una pulsera de cuero con un pequeño cristal negro.
—Tu madre la llevaba el día que nació. Esta piedra oculta la marca... por un tiempo.
Alina se la colocó. En cuanto el cuero rozó su piel, el símbolo del dragón desapareció como si nunca hubiera existido.
La puerta se abrió de golpe.
Tres soldados irrumpieron en la casa, seguidos por un hombre alto de cabello gris y armadura negra. En su pecho llevaba el emblema del rey: un sol atravesado por una espada.
—Soy el comandante Kael —dijo con voz firme—. Hemos venido porque el Dragón Negro fue visto descendiendo cerca de esta aldea.
Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en Alina.
—¿Dónde estabas esta noche?
—En el bosque... recogiendo hierbas para mi abuela —respondió ella, intentando que su voz no temblara.
Kael la observó durante un largo instante, como si pudiera leer sus pensamientos.
—Dicen que el dragón buscaba a alguien.
El corazón de Alina latía con tanta fuerza que temía que todos pudieran escucharlo.
El comandante dio un paso más.
—Muéstrame tus manos.
Elara intervino enseguida.
—Mi nieta no tiene nada que ocultar.
Kael frunció el ceño.
—Eso lo decidiré yo.
Con lentitud, Alina extendió las manos.
La pulsera seguía ocultando la marca.
El comandante las examinó unos segundos y finalmente retrocedió.
—Parece que recibimos información equivocada.
Los soldados abandonaron la casa, pero antes de salir Kael volvió la cabeza.
—Si descubren algo... avisen al castillo. La recompensa será generosa.
La puerta se cerró.
Solo entonces Alina pudo respirar.
—Creí que todo había terminado —susurró.
Pero Elara negó con la cabeza.
—No, hija. Esto apenas comienza.
La anciana tomó el viejo medallón y lo abrió. En su interior había un diminuto retrato de una mujer de ojos plateados... exactamente iguales a los del Dragón Negro.
Alina sintió un escalofrío.
—¿Quién es ella?
—Tu madre... la última Guardiana de los Dragones.
Un trueno sacudió el cielo.
En lo alto de las montañas, dos ojos plateados brillaban entre las nubes.
El Dragón Negro observaba la aldea.
Y por primera vez en siglos... sonrió.
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Editado: 20.08.2026