La elegida del dragón negro

Capitulo 4

Aquella noche, Alina no pudo dormir.
Las palabras de su abuela resonaban una y otra vez en su mente.
"Tu madre era la última Guardiana de los Dragones."
Se levantó antes del amanecer y salió al pequeño jardín. El aire era frío y el cielo aún conservaba el color oscuro de la noche. Miró las montañas de obsidiana, donde dos brillantes ojos plateados habían desaparecido horas antes.
—¿Quién eres realmente? —susurró.
De pronto, el medallón que llevaba colgado al cuello comenzó a emitir una tenue luz azul.
La tierra tembló.
Un viento cálido descendió desde las montañas, haciendo danzar las hojas de los árboles.
Entonces lo vio.
El Dragón Negro apareció entre las nubes con un vuelo majestuoso. Sus enormes alas oscurecieron el cielo y, con un suave batir, descendió hasta un claro cercano a la aldea.
No rugió.
No mostró sus colmillos.
Simplemente la esperaba.
Alina sintió miedo... pero también una extraña confianza.
Como si una parte de ella siempre hubiera sabido que ese momento llegaría.
Se acercó con pasos lentos.
Cuando estuvo frente al dragón, este inclinó la cabeza y volvió a mirarla con aquellos ojos plateados.
—¿Por qué me elegiste? —preguntó ella.
La criatura no abrió la boca.
Sin embargo, una voz profunda resonó en su mente.
—Porque tu sangre lleva el antiguo pacto.
Alina retrocedió un paso.
—¿Qué pacto?
—El que unió a humanos y dragones antes de que el reino los traicionara.
Miles de imágenes cruzaron por su mente: dragones volando junto a guerreros, ciudades construidas entre montañas, una guerra devastadora y un rey levantando una espada cubierta de sangre.
Alina cayó de rodillas.
—¿Todo eso... ocurrió de verdad?
El Dragón Negro asintió.
—Y volverá a ocurrir si no detienes a quien busca mi muerte.
En ese instante, una flecha silbó por el aire.
¡Clang!
Rebotó contra una de las escamas del dragón.
—¡Está allí! ¡No dejen escapar a la bestia! —gritó una voz.
Era el comandante Kael, acompañado por decenas de soldados.
El Dragón Negro extendió las alas, dispuesto a proteger a Alina.
Ella comprendió que, desde ese momento, ya no podría seguir ocultando quién era.
La guerra que había permanecido dormida durante siglos... acababa de comenzar.




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