El viento golpeaba el rostro de Alina mientras el Dragón Negro atravesaba el cielo nocturno. Nunca había imaginado que el mundo fuera tan inmenso. Bajo ellos se extendían bosques interminables, ríos plateados y montañas que parecían tocar las estrellas.
A pesar del vértigo, una extraña paz la envolvía.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, acariciando con cuidado una de las enormes escamas del dragón.
Hubo un breve silencio.
Entonces, la voz grave resonó en su mente.
—Mi nombre es Nythar. Hace mucho tiempo, los hombres me llamaban el Rey de los Dragones Negros.
—Nythar... Es un nombre hermoso.
El dragón inclinó ligeramente la cabeza, como si aquella sencilla respuesta significara más de lo que Alina podía imaginar.
Después de varias horas de vuelo, comenzaron a descender entre montañas cubiertas por una espesa niebla. En el centro de un valle oculto se alzaban unas ruinas gigantescas, talladas en piedra negra.
Enormas estatuas de dragones vigilaban la entrada, aunque el paso de los siglos había desgastado sus rostros.
—¿Este lugar es...?
—El Santuario de los Primeros Dragones. Aquí nació el pacto entre nuestras especies.
Cuando Alina puso un pie sobre el suelo, el medallón de su madre empezó a brillar con intensidad.
Las puertas de piedra, cerradas durante siglos, comenzaron a abrirse lentamente con un profundo estruendo.
Dentro, miles de cristales iluminaban una inmensa sala circular. En las paredes había pinturas antiguas que mostraban humanos y dragones luchando juntos contra una oscuridad sin forma.
En el centro descansaba un pedestal de cristal.
Sobre él había un huevo de dragón completamente negro, atravesado por finas vetas plateadas.
Alina dio un paso hacia adelante.
—¿Un huevo...? Pensé que eras el último.
Nythar bajó la cabeza.
—Eso creía yo también.
En cuanto Alina rozó la superficie del huevo con la punta de los dedos, una luz deslumbrante inundó la sala.
El cascarón comenzó a agrietarse.
¡Crac!
¡Crac!
Las grietas se extendieron por toda la superficie.
Nythar abrió los ojos con sorpresa.
—No... todavía no. Aún no es el momento.
Pero ya era demasiado tarde.
Con un último chasquido, el cascarón se rompió.
Una diminuta cabeza negra asomó entre los fragmentos. Dos brillantes ojos plateados se encontraron con los de Alina.
La pequeña criatura emitió un suave chillido y caminó torpemente hasta acurrucarse entre sus brazos.
Nythar la observó en silencio.
Después dijo unas palabras que hicieron que el corazón de Alina se acelerara.
—Solo existe una explicación... Te ha reconocido como su madre de alma.
En ese mismo instante, un rugido lejano retumbó en las montañas.
No era Nythar.
Había otro dragón.
Y se estaba acercando.
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Editado: 20.08.2026