La elegida del dragón negro

Capitulo 9

El silencio que siguió a aquellas palabras fue aterrador.

La sangre de la Guardiana ha regresado.

Alina miró a la pequeña criatura con los ojos muy abiertos.

—¿Puedes hablar?

El dragón inclinó la cabeza.

—Puedo hablar porque tú has despertado mi memoria.

El hombre de la capa negra apretó los puños.

—¡Cállate!

La cría no apartó sus ojos de él.

—Tu nombre es Malek. Traicionaste a los Primeros Dragones y condenaste a la Guardiana.

Alina sintió que el corazón se le detenía.

—¿Mi madre?

Malek sonrió con crueldad.

—Tu madre fue una ingenua. Creyó que podía proteger a los dragones y a los humanos al mismo tiempo.

—¿Está muerta?

Por primera vez, Malek guardó silencio.

Alina dio un paso hacia él.

—¡Te pregunté si mi madre está muerta!

—No.

La palabra cayó sobre ella como un rayo.

Alina dejó de respirar.

—¿Qué dijiste?

—Tu madre está viva.

Nythar levantó la cabeza con dificultad.

—Miente.

Malek soltó una pequeña risa.

—¿De verdad quieres seguir ocultándole la verdad?

Alina miró a Nythar.

—Dime la verdad.

El dragón permaneció en silencio.

—¡Dímela!

Finalmente, Nythar cerró los ojos.

—Tu madre no murió aquella noche.

Alina sintió que las piernas le fallaban.

—Entonces... ¿dónde está?

Malek respondió:

—En el Castillo de las Sombras.

El nombre hizo que Nythar se estremeciera.

—Malek la mantiene prisionera desde hace veinticinco años.

Alina sintió que el mundo se detenía.

Su madre estaba viva.

Había pasado toda su vida creyendo que había muerto.

—Voy a encontrarla.

Malek sonrió.

—Eso esperaba escuchar.

Levantó una mano y el dragón de ojos rojos lanzó un rugido.

Una nube de oscuridad comenzó a envolver el santuario.

Nythar se puso de pie.

—¡Alina, debemos irnos!

—No sin mi madre.

—Si vas al Castillo de las Sombras ahora, morirás.

Alina miró a Malek.

Luego observó a la pequeña cría, que permanecía a su lado.

—Entonces tendremos que hacernos lo suficientemente fuertes para sobrevivir.

La pequeña criatura abrió sus alas.

Y Nythar, por primera vez, sonrió.

—Ahora sí pareces la hija de tu madre.

En la distancia, más allá de las montañas, un castillo negro se alzaba entre las nubes.

Y dentro de sus muros, una mujer de ojos plateados abrió lentamente los ojos.

Había sentido el despertar de su hija.

—Alina...

Una lágrima recorrió su rostro.

—Por fin me encontraste...




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