Nick
Tenía que admitirlo: siempre me faltaba Skadovska. Nunca era suficiente. Cuando estaba cerca, no me bastaba, porque entre nosotros existía un muro imposible de atravesar. Y cuando no la veía, me resultaba jodidamente difícil. Llegaba al absurdo, me irritaba, me carcomía por dentro, pero no tenía fuerzas para cambiar nada.
Lo único que más o menos lograba distraerme era la mierda en la que se había metido Den. Decidí no posponerlo y hablar con él sobre las drogas en el gimnasio. Esperé a que despertara y despidiera a su chica (por la forma en que se separaron, aquella había sido claramente una noche de una sola vez), y entonces lo llamé para hablar.
—Tengo hambre… —murmuró, rascándose el vientre—. ¿Ya desayunaste?
—No.
—Voy a hacernos huevos.
—Espera. Antes explícame qué es esto —dejé sobre la mesa de la cocina el paquete que había encontrado en su armario—. ¿Qué demonios?
Den pasó la mirada, tenso, de las drogas a mí.
—¿De dónde lo sacaste? ¿Quién te lo dijo?
—Nadie. Lo encontré por casualidad.
—¿Qué hacías en el gimnasio?
—Eso no es lo importante ahora —lo aparté con un gesto. No tenía ninguna intención de contarle cómo había pasado la noche; la suya, sin duda, había sido mejor—. Me preocupa otra cosa. ¿Te das cuenta de que no solo te estás poniendo en riesgo a ti, sino a todo el equipo, incluido el entrenador?
—No exageres.
—Aquí es difícil exagerar. ¡Por posesión de drogas te cae un delito! Y ni se te ocurra decirme que se las vendías a alguno de los chicos…
—Eso no te incumbe —Den tomó el paquete y lo llevó al dormitorio—. Si no quieres ensuciarte, no te metas en asuntos ajenos.
—¡No quiero que tengas problemas!
—Vamos, no jodas… Tú no te preocupas por mí. Te da miedo tu propio culo.
—¿Cómo?
—Si alguien me delata y aquí aparecen los polis, será bastante difícil demostrar que tú no tienes nada que ver. Por tener la mercancía, caeremos juntos. A menos, claro, que tu padre te saque del apuro.
Con el rabillo del ojo seguí dónde escondía el paquete.
—No me digas que tienes más aquí…
Den se acercó a mí. Su irritación crecía con cada minuto.
—Sí, hay más. Y si todavía quieres vivir conmigo, tendrás que aceptarlo. No pienso aguantar sermones; para eso ya tengo suficientes padres.
—¡Estás arruinando tu vida!
—Mírate a ti. No eres mejor.
—Al menos yo no colaboro con narcotraficantes.
—¡Tú ni siquiera trabajas! Estás viviendo a mi costa…
—Así que de eso se trata…
Den tomó aire y lo soltó lentamente.
—Escucha, perdona. No quería ofenderte… Se me escapó.
Agarré la bolsa con mis cosas. Menos mal que nunca las deshice.
—Tienes razón. De verdad me da miedo mi propio culo y no quiero meterme en problemas —me puse la chaqueta—. Gracias por la hospitalidad.
—Vamos… ¿Adónde vas a ir?
—Ya se me ocurrirá algo.
Den se encogió de hombros.
—¡Como quieras! Lárgate a donde te dé la gana.
Me dirigí a la puerta, pero me detuve en el último momento.
—Y una cosa más: si veo que realmente le vendes mierda a alguien del equipo, no me quedaré callado. De ahí te vas directo al calabozo.
Den me respondió en silencio con el dedo medio.
Salí a la calle y me dirigí hacia la universidad. En algo Den tenía razón: tenía que dejar de vivir a costa de otros. Si no podía alquilar un piso, me mudaría a la residencia del campus. Al menos así nadie podría reprocharme nada.
Resolver el tema de la vivienda me llevó todo el día. Gracias a viejos contactos, al anochecer me asignaron no solo una cama, sino una habitación entera sin compañeros. En general, las condiciones eran más que aceptables, al menos mejores que las del motel donde había tenido que pasar la noche. Reforma reciente, muebles nuevos, internet y sábanas limpias: suficiente para sobrevivir al principio.
—¡Hola! —en el umbral apareció aquella pelirroja cuyo nombre había olvidado felizmente—. No esperaba verte aquí.
Ladeé una sonrisa forzada. En realidad no tenía ganas de ver a nadie.
—Dicen que no has sido estudiante si no has vivido en una residencia. Decidí probar.
—Haré todo lo posible para que te guste.
Qué inesperado. Me acerqué, desaté el cinturón de su bata y miré el conjunto de lencería de encaje. La pelirroja tenía intenciones muy distintas a simplemente saludar a un nuevo vecino. Gimió con solo tocarle la piel, apoyó la mano en mi pecho y dio un paso adelante.
—¿Así recibes a todos los nuevos residentes? —pregunté, inhalando el aroma empalagoso y dulce de su perfume.
—Solo a ti.
—Muy amable por tu parte… Pero dejémoslo para otro momento —la aparté con cuidado—. Tengo muchas cosas que hacer.
Le cerré la puerta en las narices. El asqueroso olor a fresa seguía flotando en la habitación. Abrí la ventana, me dejé caer en la cama y cerré los ojos. Aún no había caído tan bajo como para acostarme con una chica pensando en otra. Las baratas ya no me interesan. Yo quiero a Skadovska.
Ni yo mismo entendí cómo marqué su número. Me alegré al oír los tonos largos. Eso significaba que había solucionado el problema del teléfono.
—¿Qué quieres, Solar? —susurró con voz somnolienta. Maldita sea, eso me excitó mucho más que una chica desnuda al lado. De verdad estaba perdiendo la cabeza. Quizá debería haber pedido una cama no en la residencia, sino en un psiquiátrico.
—Yo… quería preguntarte cómo te sientes.
—Me sentiría mucho mejor si no me despertaran.
—¿Dormiste todo el día?
—No. Unas horas o… ¿qué más te da?
—Me preocupo —y era verdad. No quería que Stef se enfermara por mi culpa.
—No hace falta.
—¿Mañana irás a la universidad?
—No es asunto tuyo.
—¿Irás o no?
—Iré.
—Quedamos después de la tercera clase.
—No.
—En la entrada principal.
—No quiero verte.
—Stef…
—Buenas noches. No me llames más.