La Engrapadora

JUNTOS

La engrapadora tenía una sola función.

Mantener las hojas juntas.

No importaba cuáles fueran.

No importaba si eran nuevas.

No importaba si estaban arrugadas.

No importaba si una quería quedarse y la otra quería irse.

Mientras pudiera atravesarlas...

seguirían juntas.

Al principio solo eran dos hojas.

Blancas.

Limpias.

Una sobre la otra.

La engrapadora las colocó cuidadosamente.

Presionó.

Clac.

Una pequeña grapa atravesó ambas.

Las hojas se movieron un poco.

Después quedaron quietas.

Juntas.

La engrapadora sintió satisfacción.

Había hecho su trabajo.

Durante mucho tiempo funcionó.

Las hojas viajaban juntas de un lado a otro.

Si una se movía, la otra la seguía.

Si alguien levantaba una, la otra subía con ella.

Desde lejos parecían una sola cosa.

Eso le gustaba a la engrapadora.

No necesitaba saber si estaban bien.

Solo necesitaba comprobar que no se separaran.

Pero las hojas comenzaron a cambiar.

Una empezó a arrugarse.

La otra se manchó.

Una quería doblarse.

La otra quería permanecer extendida.

Comenzaron a moverse en direcciones diferentes.

La engrapadora lo notó.

No le gustó.

Así que colocó otra grapa.

Clac.

Más abajo.

Las hojas quedaron firmemente unidas.

—Así está mejor.

La engrapadora no sabía quién había dicho aquello.

Pero le pareció correcto.

Porque juntas significaba bien.

Separadas significaba fracaso.

Así que cuando una hoja intentaba deslizarse fuera de la otra...

clac.

Otra grapa.

Cuando una esquina comenzaba a levantarse...

clac.

Otra.

Cuando el papel se desgarraba alrededor de una grapa...

la engrapadora simplemente buscaba un lugar nuevo.

Las heridas comenzaron a acumularse.

Pequeños agujeros.

Pequeñas marcas.

Algunas grapas quedaron torcidas.

Otras comenzaron a oxidarse.

Las hojas ya no eran blancas.

Estaban llenas de dobleces y perforaciones.

Pero seguían juntas.

Eso era lo importante.

Una noche, una de las hojas consiguió hablar.

—Quiero separarme.

La engrapadora se quedó quieta.

Aquello no formaba parte de su función.

No sabía qué hacer con una hoja que quisiera estar sola.

Así que respondió de la única manera que conocía.

Clac.

Otra grapa.

La hoja tembló.

—Me estás haciendo daño.

La engrapadora no comprendió.

Su propósito era mantenerla allí.

Si dolía...

debía ser porque estaba intentando escapar.

Así que apretó nuevamente.

Clac.

La otra hoja tampoco estaba bien.

Pero nunca dijo nada.

Se había acostumbrado.

Ya no recordaba cómo era estar sin la otra.

Cada vez que intentaba moverse, sentía las grapas.

Cada vez que pensaba en separarse, miraba los agujeros.

Había demasiados.

Y comenzó a pensar que quizá ya era demasiado tarde.

Que después de tantas perforaciones...

ninguna de las dos podría sostenerse por sí sola.

Pasaron los años.

La engrapadora se desgastó.

Su mecanismo comenzó a fallar.

A veces presionaba y la grapa quedaba torcida.

A veces atravesaba el papel sin conseguir unirlo correctamente.

Pero seguía intentando.

Porque las hojas todavía estaban juntas.

Y mientras estuvieran juntas...

todo parecía funcionar.

Un día alguien levantó el conjunto.

Lo observó.

—Qué bien conservado.

La engrapadora permaneció orgullosa.

Las hojas no dijeron nada.

Nadie había visto los agujeros.

Nadie había sentido el papel debilitado.

Nadie sabía cuántas veces habían intentado separarse.

Desde fuera...

parecían perfectamente unidas.

Hasta que una de las hojas comenzó a romperse.

No alrededor de una grapa.

Entre ellas.

El papel había perdido demasiada fuerza.

La engrapadora intentó sujetarla.

Clac.

Otra grapa.

El agujero se abrió más.

Clac.

Otra.

La hoja se desgarró.

La engrapadora se detuvo.

Por primera vez comprendió que estaba intentando reparar una herida provocando otra.

La hoja cayó al suelo.

La otra quedó todavía enganchada.

Durante unos segundos permanecieron unidas por una sola esquina.

La engrapadora quiso arreglarlo.

Quiso presionar.

Quiso mantenerlas juntas.

Pero ya no quedaba suficiente papel.

La hoja se desprendió.

No hubo ruido.

Solo un pequeño pedazo de papel que quedó atrapado debajo de la última grapa.

La engrapadora permaneció abierta.

Vacía.

Miró las dos hojas.

Una estaba en el suelo.

La otra seguía sobre la mesa.

Por primera vez estaban separadas.

Y ninguna de las dos parecía completa.

No porque necesitaran estar juntas.

Sino porque habían pasado demasiado tiempo siendo perforadas para conseguirlo.

La engrapadora comprendió demasiado tarde que mantener algo unido no siempre significa conservarlo.

A veces solo significa impedir que se vaya...

aunque para hacerlo tengas que atravesarlo una y otra vez.

Y sobre la mesa quedó la última grapa.

Brillante.

Pequeña.

Perfectamente colocada.

Como prueba de que alguna vez estuvieron juntas.

Como prueba también...

de cuánto les había costado.




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