No todas las hojas saben dónde deben estar.
Por eso existo.
Al menos, eso me dijeron.
Las hojas se mueven demasiado.
Se deslizan.
Se doblan.
Se mezclan.
Una puede terminar debajo de otra sin entender que ese no es su sitio.
Yo las ordeno.
Yo decido.
La primera vez que vi aquellas hojas, estaban separadas.
Una había quedado sobre el escritorio.
La otra, cerca del borde.
La distancia entre ambas no era mucha.
Pero era suficiente.
La mano me tomó.
Me colocó sobre la primera.
Clac.
La grapa atravesó el papel.
Después alcanzó la segunda.
Clac.
Quedaron juntas.
En su sitio.
Todo estaba bien.
Hasta que una intentó moverse.
No mucho.
Solo unos centímetros.
La observé.
Esperé.
Volvió a hacerlo.
Entonces comprendí que no sabía permanecer donde debía.
La mano me levantó.
Clac.
La grapa volvió a entrar.
Esta vez más fuerte.
La hoja se arrugó alrededor del metal.
No importaba.
Ahora estaba donde correspondía.
Con el tiempo aprendí sus movimientos.
Sabía cuál intentaría escapar primero.
Sabía cuándo comenzaría a deslizarse.
Sabía cuándo se acercaría demasiado al borde.
Y cada vez que lo hacía, yo estaba allí.
Clac.
No necesitaba lastimarla.
Solo necesitaba recordarle el lugar.
A veces la hoja temblaba.
A veces intentaba esconderse debajo de otra.
A veces se doblaba para no quedar expuesta.
No entendía esas conductas.
Las hojas complican demasiado las cosas.
Una hoja debe permanecer donde se le coloca.
Eso es lo correcto.
Un día consiguió desprenderse.
La grapa se quedó atrás.
El agujero permaneció abierto.
La hoja cayó al suelo.
La vi allí.
Libre.
Por un instante pensé que quizá había cometido un error.
Después la mano llegó.
La recogió.
Me levantó.
Y yo hice lo que debía.
Clac.
La atravesé nuevamente.
Más cerca del centro.
La hoja no volvió a moverse.
Me pareció que por fin había comprendido.
Pero algo había cambiado.
Ya no intentaba escapar.
Ya no se acercaba al borde.
Ya no buscaba otro sitio.
Permanecía inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Pensé que eso era obediencia.
Hasta que un día escuché un sonido extraño.
Un crujido.
La hoja se estaba rompiendo alrededor de las grapas.
No porque quisiera irse.
Ni siquiera porque pudiera.
Se estaba rompiendo porque llevaba demasiado tiempo allí.
Yo no podía permitirlo.
Si se rompía, dejaría de cumplir su propósito.
Así que la sujeté otra vez.
Clac.
Otra grapa.
Después otra.
Y otra.
Hasta que ya no quedó espacio limpio donde perforar.
La hoja estaba cubierta de agujeros.
La otra también.
Desde lejos seguían pareciendo perfectamente juntas.
Eso era lo importante.
Nadie debía ver lo que ocurría debajo.
Una tarde, una esquina de la hoja se levantó.
Solo una.
La vi.
Y sentí algo parecido a la molestia.
No debía levantarse.
No debía decidir.
No debía pensar que podía elegir dónde estar.
La mano me tomó.
La presión descendió.
Clac.
La esquina volvió a su sitio.
Esta vez no hubo crujido.
No hubo resistencia.
Solo silencio.
Me quedé allí, sobre las hojas.
Orgullosa de haber corregido el desorden.
Porque eso hago.
No pregunto dónde quieren estar.
No pregunto si están cómodas.
No pregunto si les duele.
Solo sé una cosa:
si están debajo de mi grapa, ese es su lugar.
Y mientras yo pueda alcanzarlas...
no volverán a moverse.
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Editado: 13.09.2026