La Escorpión

Capítulo 10. El Imperio del Escorpión

El tercer día en La Soledad comenzó con una propuesta inesperada. Adelita estaba desayunando con Juana en la terraza, disfrutando de la frescura de la mañana, cuando Damián se acercó a ella, ya vestido para un paseo a caballo.

—Hoy te mostraré todo —dijo, besando su mano—. Cada rincón de nuestros dominios. Debes conocer tu reino, mi reina.

Adelita sintió que su corazón latía más rápido. No por el roce de sus labios en su piel —a eso ya comenzaba a acostumbrarse—, sino por la palabra "nuestros". No dijo "mis dominios", dijo "nuestros".

Su calidez suavizaba la amargura de la conversación escuchada el día anterior, de la cual Adelita aún no le había hablado.

—Estoy lista —se levantó, irguiéndose con toda su estatura—. Pero no quiero ir en carruaje como una invitada mimada. Dame un caballo.

Damián levantó una ceja, sorprendido.

—¿Estás segura? Recorreremos muchas millas...

—Soy la hija de don Ricardo Monterrey. He montado a caballo desde que aprendí a caminar. Y no con silla de amazona, como una señorita decente, sino de verdad.

Algo brilló en los ojos de Damián: ¿respeto? ¿admiración?

—Recuerdo cómo te mantienes en la silla. Bien, entonces vístete adecuadamente. María te traerá un traje de montar.

Media hora después, Adelita bajó al patio, y Damián apenas pudo contener una exclamación de asombro. En lugar del vestido habitual, llevaba pantalones negros de montar, una camisa blanca y un chaleco de cuero. Su cabello pelirrojo estaba recogido en un moño apretado, y en la cabeza lucía un sombrero de ala ancha. No parecía una delicada aristócrata, sino una amazona lista para la batalla.

—Estás hermosa —susurró él.

—Y lista para el viaje —respondió ella con un tono desafiante—. ¿Dónde está mi caballo?

Pancho trajo un semental castaño, no una yegua tranquila como las que solían dar a las damas, sino un verdadero caballo de batalla con fuego en los ojos.

—Este es Viento, señora. Es un poco testarudo...

Adelita no se intimidó. Más bien, lo tomó como un desafío y una prueba. Se acercó al caballo, le permitió oler su mano y luego, con confianza, tomó las riendas y montó con facilidad. Viento intentó resistirse, pero ella lo sujetó con firmeza, se inclinó hacia su oído y le susurró algo. El caballo se calmó, resopló y se quedó quieto, obediente.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Damián, asombrado.

—Un secreto —sonrió Adelita—. Toda mujer debe tener sus misterios, ¿no es así?

Salieron por las puertas de la hacienda acompañados por dos vaqueros. El sol de la mañana doraba las cumbres de las montañas, el aire era cristalino. Adelita cabalgaba junto a Damián, manteniéndose en la silla con una gracia natural.

—Primero te mostraré los pastizales —dijo Damián, dirigiendo su caballo hacia el oeste.

Subieron una colina, y ante Adelita se abrió una vista que le cortó el aliento. Prados verdes se extendían hasta el horizonte, salpicados por cientos de cabezas de ganado. Los vaqueros, a caballo, patrullaban los rebaños, sus lazos brillando bajo el sol.

—Cinco mil cabezas de ganado vacuno —dijo Damián con orgullo—. Dos mil caballos. El mejor ganado de todo el norte de México.

—Esto... ¡esto es una fortuna!

—Esto es solo el comienzo. Sigamos.

Descendieron al valle, donde se extendían los campos. Maíz, trigo, frijoles: acres y acres de cultivos. Los trabajadores, al ver a don Damián, se quitaban los sombreros en señal de saludo. Pero Adelita notó que no bajaban la mirada ni se encogían de miedo. Al contrario, muchos sonreían.

—No te temen —observó Adelita.

—¿Y por qué deberían temerme? Pago un salario justo, les doy tierra para sus propios huertos, construyo escuelas para sus hijos. El miedo es un mal motivador. El respeto y la gratitud funcionan mejor.

Se detuvieron junto a unas cabañas sencillas pero limpias, con pequeños jardines. Una mujer con un niño en brazos salió de una de ellas, los vio y sonrió ampliamente.

—¡Don Damián! ¡Qué honor! ¿Y esta es su señora?

—Sí, Consuelo. Esta es doña Adelita.

La mujer hizo una reverencia, pero Adelita desmontó y se acercó a ella.

—No hace falta reverencias. ¿Cómo está tu pequeño? Se ve sano.

—¡Oh, sí, señora! Gracias a don Damián, ahora tenemos un médico en el pueblo. Antes, los niños morían por la menor enfermedad, pero ahora...

—Ahora tenemos muchos niños sanos —completó Damián—. Niños sanos son el futuro de la hacienda.

Pero Adelita escuchó en su voz algo más que un cálculo frío. Era una preocupación genuina, y pensó con calidez que, si se preocupaba tanto por estos niños, ¿cuán atento sería con los suyos?




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