La cena transcurrió en un ambiente tenso. Vito fue cortés, pero reservado. Damián intentó aligerar el ambiente contando historias de su pasado compartido, pero Adelita sentía que algo había cambiado. El secreto que ahora conocía se alzaba entre ellos como un muro invisible.
Después de la cena, Vito se marchó, diciendo que tenía asuntos que atender. Damián lo despidió y luego regresó con Adelita, que estaba sentada en la sala de estar.
—Disculpa por Vito. Es... cauteloso con los desconocidos.
—No soy una desconocida. Soy tu esposa.
—Para él, eso es solo una palabra por ahora. Ha visto lo que pasó con mis matrimonios anteriores.
—¡No soy Alberta ni Carmen!
—Lo sé —dijo él, sentándose a su lado y abrazándola—. Pero Vito necesita tiempo para entenderlo.
Adelita quiso decirle que sabía sobre las armas, sobre la revolución, pero las palabras se le atoraron en la garganta. En cambio, lo besó con pasión, con desesperación.
—Vamos a dormir —susurró ella.
—Aún es temprano...
—Entonces vamos a no dormir —respondió con una sonrisa juguetona.
Damián la levantó en brazos y la llevó al dormitorio. Pero en el umbral se detuvo.
—Espera, olvidé algo... Tengo que revisar unos documentos en el despacho para el viaje de mañana.
—¿Viaje?
—A la Ciudad de México. Una reunión de negocios. Disculpa, olvidé avisarte. Estaré fuera una semana.
¡Una semana! ¡Justo cuando llegarán las armas!
—¡Iré contigo!
—No, el camino es peligroso. Es mejor que te quedes aquí.
La besó y se fue. Adelita se quedó acostada en la cama, con los pensamientos arremolinándose en un caos pesado y ansioso. Se va justo cuando llegan las armas. No es casualidad. Quiere tener una coartada por si algo sale mal.
Incapaz de soportarlo, se levantó y salió al pasillo. La hacienda dormía, solo se escuchaba a lo lejos la voz de un guardia nocturno.
Adelita caminaba sin rumbo, reflexionando. Sus pasos la llevaron al ala este, el área prohibida a la que le habían dicho que no entrara desde el primer día.
Normalmente, las puertas estaban cerradas con llave. Pero hoy... hoy estaban entreabiertas.
La curiosidad venció a la prudencia. Adelita se deslizó dentro.
El pasillo estaba oscuro, solo la luz de la luna a través de las ventanas creaba una iluminación fantasmal. En las paredes había retratos y armas. Siguió adelante, como si una fuerza inexplicable la atrajera.
Una puerta a la derecha estaba abierta. Un dormitorio. Un dormitorio femenino con un tocador, un espejo y vestidos en el armario. Todo cubierto de polvo, pero conservado, como si la dueña estuviera a punto de regresar.
En el tocador había un retrato. Una hermosa mujer de cabello oscuro con ojos azules y fríos. Alberta.
La siguiente habitación era otro dormitorio. También femenino, pero diferente. Más luminoso, más delicado. Sobre la cama había una muñeca. En la pared, un retrato de una joven rubia con ojos tristes. Carmen.
Un museo de esposas pasadas. Damián mantenía sus habitaciones intactas.
Adelita continuó, con el corazón latiendo con fuerza. ¿Qué más escondía esta ala?
La última habitación al final del pasillo. Unas enormes puertas con escorpiones tallados. Las empujó.
Dentro... un arsenal. Las paredes estaban llenas de armas: rifles, pistolas, sables. Cajas de municiones. Y mapas, enormes mapas de México con puntos marcados. Ciudades, pueblos, puntos estratégicos.
Esto no era solo un escondite de armas. Era el cuartel general de la revolución.
—¿Qué haces aquí?
La voz de Damián resonó como un trueno. Adelita se giró bruscamente.
Estaba en la puerta, y por primera vez ella vio al verdadero El Escorpión en él. Sus ojos ardían con un fuego frío, la mandíbula apretada, las manos cerradas en puños.
—Damián, yo...
—¡Te pregunté qué haces aquí!
Se acercó, agarrándola por los hombros. No con dolor, pero con firmeza.
—La puerta estaba abierta... Solo...
—¡Este es un ala cerrada! ¡No tenías derecho!
—¡Soy tu esposa! ¡Tengo derecho a saber!
—¿Saber qué? —su voz se volvió peligrosamente baja.
—¡Todo! ¡Sobre las armas, la revolución, tus planes!
La soltó y dio un paso atrás. En su rostro había horror.
—¿Tú... lo sabes?
—Escuché tu conversación con Vito. Y ahora veo esto —dijo, señalando la habitación con un gesto—. Eres un revolucionario, como tu padre. Arriesgas tu vida por la libertad de México.
—¿Y tú... qué piensas de esto?
Adelita se acercó a él y puso las manos sobre su pecho.
—Pienso que eres el hombre más noble que conozco. Y pienso que estás loco si crees que puedes ocultarme esto.
—Adelita...
—Quiero ayudar. Quiero ser parte de tu lucha.
—¡No! ¡Es demasiado peligroso!
—¿Más peligroso que ser la esposa de El Escorpión sin saber la verdad?
Se miraron el uno al otro, dos voluntades fuertes chocando. Adelita sentía su corazón latiendo en la garganta. El aire entre ellos parecía a punto de chispear.
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Editado: 07.01.2026