La Escorpiona. Corona y ceniza

CAPÍTULO 2: Invitación al baile

Tomaron posiciones veinte minutos antes de la llegada prevista del convoy. Adelita yacía boca abajo sobre un saliente rocoso que se alzaba unos cuarenta pies sobre el camino. Desde allí podía ver todo el desfiladero, desde la entrada norte hasta la salida sur, cada curva del sendero, cada piedra que podía servir de refugio o de trampa. El cielo ya se había aclarado, pasando de un negro profundo a un azul intenso con pinceladas rosadas en el borde del horizonte. Los pájaros cantaban con más fuerza, y la luz se filtraba poco a poco en el desfiladero, empujando las sombras hacia las estrechas grietas entre las rocas.

Revisó su pistola —dos cargas, vieja pero confiable—, luego el puñal en su cinturón y, finalmente, el mosquete que descansaba frente a ella. Todo estaba listo. Su respiración era regular, su pulso tranquilo. Cinco años de guerra la habían convertido en una máquina de supervivencia, donde el miedo y las dudas eran lujos que no podía permitirse. Aunque tras la muerte de Damián Adelita había perdido el sabor y las ganas de vivir, tenía una razón poderosa para seguir adelante: no solo la libertad de México y la venganza, sino también su pequeño Juan Gabriel, el hijo de Damián, que cada día se parecía más a su padre.

Vicente yacía a diez pies a su izquierda, casi invisible entre las rocas. Su mosquete también apuntaba al camino. El resto de los hombres se había distribuido a lo largo de las laderas, manchas oscuras contra la piedra oscura, invisibles para quien no supiera dónde mirar.

Los minutos se arrastraban lentamente. Adelita escuchaba. El río abajo gorgoteaba de manera monótona. Los pájaros discutían en su propio idioma. Y entonces, un nuevo sonido. Lejano, pero claro: el repiqueteo de cascos y el chirrido de ruedas. Y luego, voces.

Se tensó, sin apartar la vista de la entrada norte del desfiladero. Ahora. Ahora aparecerían.

Y no se equivocó: primero los jinetes, cuatro adelante y otros cuatro atrás. Luego un carruaje pesado que traqueteaba sobre el camino irregular. Después, el convoy: tres carretas cubiertas con lonas, tiradas por mulas. Y finalmente, más jinetes, doce que cerraban la columna. Veinte soldados en total, como habían previsto. Lucían cansados, somnolientos; sus espaldas encorvadas, los cascos ladeados sobre la nuca. Algunos fumaban, otros conversaban en voz baja. Ninguno miraba hacia las laderas. Según la “leyenda”, este convoy transportaba impuestos recolectados hacia el puerto. Pero gracias a personas leales a México, Adelita sabía qué más llevaba y adónde iría ese dinero.

La Escorpiona esperaba. La columna avanzaba lentamente por el desfiladero, paso a paso, pie a pie. Había que esperar hasta que toda la columna estuviera dentro, con los primeros jinetes lo suficientemente lejos de la salida y los últimos de la entrada.

Un poco más. Solo unos segundos más.

Ahora.

Se arrodilló, sacó su pistola y disparó al aire.

El disparo resonó contra las rocas, multiplicándose en mil ecos. Los soldados se detuvieron abruptamente, mirando a su alrededor. Pero no tuvieron tiempo de orientarse: desde ambos lados comenzaron a llover disparos, ensordecedores, implacables. Las mulas relincharon, tirando de las carretas. Los soldados gritaban, buscaban sus armas, pero caían uno tras otro, alcanzados por las balas que descendían desde las alturas.

Era una masacre, no una batalla.

Adelita recargó su pistola, apuntando a un oficial que intentaba organizar la defensa. Un disparo, y el oficial cayó, aferrándose el pecho. No sintió nada: ni pena, ni satisfacción, ni siquiera alivio. Solo el frío reconocimiento de un hecho: un enemigo menos.

Abajo, el caos crecía. Los soldados sobrevivientes intentaban esconderse detrás de las carretas, pero sus posiciones eran desfavorables. Vicente y sus hombres disparaban metódicamente, sin prisa, apuntando con precisión. Otros dos soldados cayeron, luego tres más.

—¡Ríndanse! —gritó Adelita hacia abajo—. ¡Depongan las armas y vivirán!

Algunos soldados obedecieron, arrojaron sus mosquetes y levantaron las manos. Pero uno, un joven con el rostro desfigurado por el miedo, intentó disparar en la dirección de su voz. La bala silbó cerca, impactando en la roca a un pie de ella. La respuesta fue inmediata: tres disparos, y el chico cayó, su cuerpo se convulsionó unas veces antes de quedar inmóvil.

En diez minutos todo terminó. Siete soldados estaban muertos, el resto desarmado y atado. Adelita descendió de la roca, poniéndose la máscara. Sus hombres ya revisaban las carretas, sacando los baúles con dinero.

—¡Unos mil pesos en la primera carreta! —gritó Miguel—. ¡La segunda está vacía, solo provisiones! La tercera... ¡madre de Dios, aquí hay al menos varios miles!

Ella se acercó, echando un vistazo al baúl. Monedas de oro y plata brillaban bajo la luz de la mañana. Más dinero del que había visto en el último año. Suficiente para alimentar a todos, comprar armas, sobornar informantes.

—Llévense todo, —ordenó—. Rápido. Tenemos como máximo una hora antes de que alguien note que el convoy no llegó a tiempo.

Los hombres se apresuraron, trasladando los baúles a sus mulas. Adelita rodeó las carretas, revisando a los muertos. Siete cuerpos, siete rostros. Uno era un hombre mayor, con bigotes grises; dos eran muy jóvenes, apenas mayores de veinte; los otros, de mediana edad, soldados comunes que cumplían órdenes. No eran culpables personalmente. Solo llevaban el uniforme equivocado, servían al lado equivocado.

Pero la guerra no conocía inocentes, solo muertos y vivos.

Se acercó a los soldados atados. Trece, sentados en el suelo, con las manos a la espalda, los rostros pálidos de miedo o furia. Uno de ellos, un sargento mayor con una cicatriz en la mejilla, escupió en su dirección.

—Perra, —siseó—. ¿Crees que esto te saldrá gratis? Don Ignacio te encontrará. Te despellejará viva y te colgará en el centro de México para que todos vean lo que les pasa a los rebeldes.




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