La Escorpiona. Corona y ceniza

CAPÍTULO 9.2: Jardines

Los jardines reales eran un lugar donde el tiempo parecía detenerse, no por antigüedad, sino por la perfección creada por manos humanas a lo largo de siglos. Adelita caminaba lentamente por un sendero de grava blanca que crujía bajo sus pies, inhalando el aroma de rosas, lavanda y romero que crecían en parterres geométricamente precisos. Las fuentes gorgoteaban cerca, suavemente, de manera monótona, como el latido del corazón de este lugar. El sol estaba alto, pero no quemaba como en México, sino que simplemente calentaba, filtrándose a través de las hojas de antiguos robles y cipreses que proyectaban sombras moteadas sobre los caminos.

El rey. Fernando VII. Un hombre que la miraba no como a un juguete o una amenaza, sino como a una persona. Un hombre cuyos ojos cansados escondían algo que resonaba en su propio corazón: soledad, agotamiento por la máscara que debía llevar cada día. Ahora entendía por qué le gustaba pasear por este sendero; era tan apartado y tranquilo que parecía que Madrid, con todas sus intrigas y dolores, quedaba muy lejos, y aquí reinaba un verdadero paraíso de silencio, pájaros y fuentes.

No debería pensar en él ni sentir ese calor que surgía en su pecho cuando sus miradas se cruzaron en el teatro. Esto era una misión, un cálculo frío: ganar su confianza, llegar a los archivos, encontrar los documentos y recuperar La Soledad. Pero ayer, cuando habló con ella, algo se rompió en su defensa. Algo peligroso e incontrolable.

Adelita se detuvo junto a una fuente: una cuenca de mármol con una escultura en el centro, donde el agua caía en finos hilos, salpicando las hojas de los lirios acuáticos. Alguien había olvidado allí una bandeja de plata con flores recién cortadas.

Sumergió los dedos en el agua, fría y pura, que contrastaba con el calor del aire, y tomando un puñado, regó los capullos de tulipanes que comenzaban a marchitarse. Cerró los ojos, tratando de alejar los pensamientos sobre el rey, sobre la conversación de ayer, sobre cómo su voz cambiaba cuando hablaba de la verdad.

—Señora de Reyes.

La voz llegó desde atrás, grave, familiar, y el corazón de Adelita latió tan fuerte que parecía que todo el jardín lo escucharía. Se giró bruscamente.

El rey Fernando VII estaba a diez pies de distancia, realmente solo, sin séquito, sin guardia, vestido de manera sencilla: un chaleco oscuro, pantalones blancos, botas de montar. Su cabello estaba ligeramente despeinado por el viento, su rostro menos agotado que ayer, tal vez porque aquí, en los jardines, podía ser no un rey, sino simplemente un hombre.

—Su Majestad —Adelita hizo una reverencia, con el corazón aún acelerado—. No sabía que estaría aquí. —dijo casi con sinceridad—. Disculpe si he interrumpido...

—No —él levantó una mano, deteniéndola—. No ha interrumpido nada. Estos jardines están abiertos a los invitados. —Se acercó, mirando la fuente—. Vengo aquí a menudo cuando quiero estar solo. Es el único lugar cerca del palacio donde puedo pensar sin sentir que alguien me vigila.

Ella no sabía qué responder. Se quedó en silencio, observándolo mirar el agua, y en su perfil había algo que la hacía olvidar que era un rey, su enemigo, un objetivo que ni siquiera había soñado alcanzar cuando planeaba usar a alguien de menor rango en la corte para sus fines.

—Ayer habló de justicia —dijo él en voz baja, sin mirarla—. De que la busca. Es raro escuchar algo así en la corte. La mayoría de las personas aquí solo buscan poder o dinero.

—Tal vez porque en las colonias la justicia no es un lujo, sino una necesidad —respondió Adelita con cautela—. Cuando ves a la gente perderlo todo por la corrupción de los funcionarios, entiendes que la justicia es cuestión de vida o muerte.

Él se giró, mirándola fijamente.

—Habla como si lo hubiera visto con sus propios ojos.

—Así es, Su Majestad. Lo he visto.

—Cuénteme.

No era una orden, sino una petición. Y su voz, su sinceridad, hacían que Adelita quisiera decir la verdad, aunque sabía que era peligroso.

—Mi esposo —comenzó en voz baja, eligiendo sus palabras con cuidado— comerciaba honestamente, pagaba impuestos, ayudaba a los pobres. Pero cuando murió, los funcionarios confiscaron parte de sus bienes, diciendo que debía dinero a la corona. Era una mentira, pero no pude probarlo porque los documentos desaparecieron. Y perdí todo lo que él había construido.

Media verdad. Damián no comerciaba, luchaba por la libertad. Pero el resto era pura verdad.

El rey guardó silencio por un largo rato, mirándola con algo parecido al dolor en los ojos.

—Lo siento —dijo finalmente—. No puedo devolverle lo que perdió. Pero prometo que, si encuentro pruebas de corrupción, castigaré a los culpables.

Adelita quería creerle. Pero sabía que las promesas de los reyes rara vez se cumplen.

***




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