La Escorpiona. La cautiva del pirata

CAPÍTULO 3: Al mercado

Cinco días en la oscuridad enseñan a sentir el tiempo de otra manera. Adelita no contaba las horas, sino las respiraciones. No los días, sino los recuerdos. Cada recuerdo de Damián duraba unas veinte respiraciones. Cada recuerdo de Juan, cuarenta, porque intentaba rememorar cada detalle: cómo sonreía, cómo pronunciaba "mamá", cómo la abrazaba antes de dormir. Eso la mantenía viva cuando su cuerpo pedía rendirse.

El primer día después del motín se arrastró interminablemente. Adelita estaba sentada en el rincón más oscuro de la bodega, encadenada a la pared con grilletes dobles en manos y pies, cadenas tan cortas que apenas podía moverse. El hierro se clavaba en sus muñecas, donde la piel aún no había sanado de los grilletes anteriores. La sangre rezumaba, se mezclaba con el sudor y se pegaba al metal. El dolor latía al ritmo de su corazón: sordo, constante, tan familiar que casi había dejado de existir como una sensación separada.

La bodega de la "Mamba Negra" olía a madera húmeda, orina, podredumbre y algo más: un olor dulzón y pútrido que indicaba que, en algún lugar de la oscuridad, alguien había muerto y el cuerpo aún no había sido retirado. O tal vez lo habían retirado, pero el hedor se había incrustado en las tablas para siempre. El aire era denso, pesado; cada respiración requería esfuerzo. Su garganta estaba tan seca que la lengua se pegaba al paladar y tragar era doloroso.

Velásquez cumplió su palabra: ni comida ni agua. Castigo por el motín, por Pedro, que se ahogó en el agua fría, por los tres cautivos que cayeron en la cubierta y por los tres marineros del capitán.

Adelita no se arrepentía. El arrepentimiento era un lujo que no podía permitirse quien luchaba por sobrevivir.

El barco se mecía rítmicamente: arriba-abajo, derecha-izquierda. Las olas eran suaves, el océano estaba en calma. El viento era débil; las velas ondeaban perezosamente, se oía a través del grosor de la madera. Sobre sus cabezas, pasos. La tripulación trabajaba: fregaban la cubierta tras la pelea, reparaban el mástil dañado donde se había incrustado una bala. Las voces llegaban amortiguadas, las palabras no se distinguían, solo las entonaciones. Órdenes, maldiciones, a veces risas.

La vida de los piratas continuaba, completamente indiferente a lo que sucedía en la bodega.

Adelita contaba respiraciones: cien, doscientas, mil. Perdía la cuenta, empezaba de nuevo. Los dedos de la mano izquierda estaban completamente entumecidos; la sangre apenas circulaba. La mano derecha aún se movía, los dedos se flexionaban con esfuerzo. Los masajeaba con la otra mano tanto como las cadenas lo permitían. Mantenía los músculos en movimiento. El cuerpo debía obedecer.

A su alrededor, los sonidos de la bodega resonaban apagados. La mujer africana con su hijo estaba a unos seis metros a la izquierda. El bebé lloraba débilmente, agotado; probablemente la leche de la madre se había acabado. El anciano español ya no rezaba; o había muerto, o había perdido la fe. El africano ashanti respiraba con dificultad; durante el motín lo habían golpeado, tal vez le rompieron las costillas. El indígena siempre guardaba silencio, pero su presencia se sentía: una tensión en el aire, un odio que ardía en silencio.

Los cautivos evitaban mirar hacia Adelita, temerosos. Por su culpa, Velásquez había amenazado con matar a la mitad si ella volvía a intentarlo, y todos sabían que el capitán no bromeaba.

La primera noche pasó sin dormir. El dolor no lo permitía, y la sed era aún peor. La lengua estaba hinchada, la garganta ardía, los labios agrietados, la sangre seca en las comisuras de la boca. La cabeza le daba vueltas; el cuerpo exigía agua, comida, pero no había nada.

Adelita cerró los ojos. Obligó a su mente a distraerse del cuerpo. Había otra forma de sobrevivir, no física: los recuerdos de Damián.

Evocó su rostro en la memoria, lentamente, detalle por detalle. Cabello oscuro, largo, recogido en una coleta, como lo llevaban los guerrilleros en las montañas. Ojos castaños, casi negros, con destellos dorados cuando el sol caía en el ángulo correcto. Una cicatriz en la barbilla, de un sable de un oficial español, recibida en combate. Una sonrisa que iluminaba su rostro, lo hacía parecer más joven, más suave, nada parecido al implacable comandante de un grupo guerrillero.

Veinte respiraciones. El recuerdo terminó.

Adelita abrió los ojos. La oscuridad de la bodega parecía más densa ahora, casi tangible. Tragó saliva; la garganta le quemó.

Juan. Tenía que pensar en Juan.

Su nacimiento. Una noche larga y difícil en la hacienda. Juan a los dos meses: su primera sonrisa. La boca desdentada se estiró, los ojos brillaron, y Adelita entendió que estaba dispuesta a morir por esa sonrisa. Y dispuesta a matar por ella.

Juan a los doce meses: sus primeros pasos. Se tambaleaba, caía, se levantaba, reía. "Será un comandante", decía Vincenzo con orgullo. Adelita callaba; no quería que su hijo fuera un guerrero, deseaba que viviera en un mundo sin guerra.

Cuarenta respiraciones. El recuerdo se desvaneció como humo.

***

El segundo día comenzó con dolor. Las muñecas estaban tan hinchadas que los grilletes se clavaban en la carne, formando surcos profundos. Los dedos de la mano izquierda se habían puesto morados; la circulación casi se había detenido. La mano derecha aún se movía, pero apenas.

Adelita se obligó a moverse, lentamente, con cuidado. Flexionó las rodillas tanto como las cadenas lo permitían. Tiró de los dedos de los pies hacia sí, luego hacia afuera. La sangre regresaba a regañadientes, trayendo un dolor agudo y cruel.

La trampilla se abrió y la luz le golpeó los ojos, aunque era tan débil como la que se filtraba desde la cubierta. Adelita entrecerró los párpados y apartó la mirada.

Se escucharon pasos sordos en la escalerilla. No era Velásquez; él caminaba pesado, seguro. Tampoco eran los marineros; ellos bajaban rápido, nerviosos. Estos pasos eran lentos, cautelosos. Ancianos.




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