Ahora lo escuchó, se giró hacia el grito, lentamente, sin prisa. Su mirada recorrió la multitud y se detuvo en el estrado. En ella.
Ojos oscuros, casi negros bajo el sol. La miraban directamente a Adelita. Un segundo, dos, tres. En su rostro, nada. Ni sorpresa, ni alegría, ni reconocimiento. Solo una fría curiosidad, como la de un hombre que observa un objeto desconocido.
Algo hizo clic en el pecho de Adelita, como un hueso que se rompe. Un frío se extendió por sus venas, a pesar del calor que quemaba su piel. Sus manos temblaron, sus rodillas se sintieron repentinamente heladas.
No es Damián. No puede ser, ¡Damián no podría mirarla con tanta indiferencia! ¡Seguramente ha enloquecido por la tensión y todo lo vivido!
El hombre la miró un instante más, luego volvió su atención a su interlocutor. Continuó la conversación, como si el grito fuera solo un ruido de fondo, como si la mujer en el estrado, que grita el nombre de un esposo muerto, no tuviera nada que ver con él.
El subastador tiró de Adelita nuevamente, empujándola hacia el centro del estrado.
—¡Señores! —Su voz retumbó, intentando recuperar la atención de la multitud—. ¡No presten atención! ¡Las mujeres son débiles, el calor las afecta! ¡Comenzamos las pujas! ¡Ya van doscientos setenta pesos!
La multitud se agitó, la atención regresó a la subasta; alguien se rió, otro hizo un comentario obsceno sobre mujeres locas. Pero la mayoría ya había olvidado ese grito desesperado: solo otra cautiva que se quebró bajo el peso de su destino.
—¡Trescientos pesos! —Don Corvera levantó la mano, los anillos brillaron con oro. Su rostro estaba rojo, el sudor corría por sus sienes, pero su sonrisa era codiciosa—. La quiero. ¡Me la prometiste! —se giró hacia Velásquez con tono ofendido.
—Disculpa, ha derramado demasiada sangre nuestra. Pensé que por una como esta podría sacar más —respondió Velásquez con una sonrisa depredadora.
—Tenemos trescientos —el subastador sonrió, su barriga temblando—. ¡Un excelente comienzo! ¿Quién ofrece más? ¡Esta belleza vale cada real!
Adelita permanecía inmóvil. Sus piernas apenas la sostenían, su boca estaba tan seca que la lengua se pegaba al paladar. Miraba al hombre al borde de la plaza, pero él ya no le prestaba atención. Hablaba con un marinero, gesticulando con la mano, señalando hacia algún lugar cerca del muelle.
—¡Trescientos cuarenta pesos! —Otra voz desde la multitud, a la derecha. Un hombre con una chaqueta marrón gastada, rostro hinchado, ojos sospechosamente brillantes. Dueño de un burdel, Adelita reconoció el tipo; había visto a hombres así en los puertos de México, traficantes de carne como otros comercian con ganado.
—¡Maravilloso! —El subastador golpeó con la palma contra un poste—. ¿Quién da más? ¡Mírenla, señores! ¡Joven! ¡Sana! ¡Educada! ¡Una rareza en este mercado!
—¡Trescientos cincuenta! —Corvera no quería perder. Levantó la mano más alto, como si la altura determinara la seriedad de su oferta.
—¡Ya tenemos trescientos cincuenta!
Las pujas ganaban ritmo. Las cifras subían, el subastador animaba, alababa la mercancía, agitaba las manos. La multitud zumbaba, comentaba, apostaba sobre quién ganaría.
Adelita escuchaba todo como a través del agua. Los sonidos se volvieron amortiguados, distorsionados. Miraba al hombre con el rostro de Damián, pero él no volvió a mirarla. Un mestizo le decía algo, el hombre asentía, extendía la mano; se estrecharon las manos. Un trato. Algún acuerdo que no tenía nada que ver con la subasta.
—¡Trescientos sesenta pesos! ¡Última oferta! —Corvera levantó ambas manos ahora, los anillos en todos sus diez dedos destellaron bajo el sol.
El subastador miró a la multitud—. ¡Un precio magnífico por esta mercancía! ¿Quién da más?
El dueño del burdel negó con la cabeza, bajó la mano; era demasiado caro para él. Los otros compradores también guardaron silencio. Trescientos sesenta era una suma considerable, más de lo que un marinero común ganaba en un año.
—¡Trescientos sesenta y dos! —El subastador levantó el martillo.
Y de repente, una voz. Baja, ronca, con un acento que Adelita no pudo identificar. Español, pero con algo francés en la pronunciación, o inglés en el ritmo.
—Quinientos.
La multitud se giró de nuevo. Un silencio aún más denso que el que siguió al grito de Adelita se instaló. El subastador se quedó mudo a mitad de una palabra, el martillo suspendido en el aire.
El hombre con el rostro de Damián dio un paso adelante, el marinero se quedó atrás, observando. La multitud se abrió, no por respeto, sino por un miedo instintivo. Algo en su forma de moverse, en la seguridad de sus pasos, en la mano que descansaba sobre el sable, decía: este es un depredador peligroso, no te interpongas en su camino.
Caminó hacia el estrado lentamente, sin prisa. Cada paso medido, económico. Sus botas, pesadas y reforzadas con metal, resonaban contra el adoquinado. La chaqueta de cuero, desgastada por el sol, pero de calidad —de piel de ternera, cara—. Bajo la chaqueta, una camisa blanca, desabotonada en el cuello, dejaba ver piel bronceada y una cicatriz en la clavícula.
Se detuvo cerca del estrado, a tres metros de Adelita. Levantó el rostro y la miró directamente. Y ahora, con la distancia reducida, ella pudo verlo con claridad.
No era Damián.
Parecido hasta el horror, hasta lo imposible, pero no era él. El rostro era mayor, tal vez tres o cuatro años más viejo. Las arrugas alrededor de los ojos más profundas, una cicatriz en la mejilla izquierda, fina, blanca, antigua, que Damián no tenía. Otra en el cuello, apenas visible sobre el cuello de la camisa. Los labios más delgados, apretados con dureza.
Y lo más importante: los ojos. Oscuros, como los de Damián, pero más fríos. No había calidez, ni bondad, ni fe en un futuro mejor. Solo oscuridad, crueldad, algo salvaje que Damián nunca tuvo.
—¿Quién eres? —El subastador le sonrió torpemente, manteniéndose a una distancia prudente—. ¿Tienes tanto dinero?