La Escorpiona. La cautiva del pirata

CAPÍTULO 7: EL CAPITÁN RODRIGO DE SOMBRA

Adelita pasó todo el día siguiente en la cabina del capitán. Que solo el grumete viniera dos veces para traerle agua y una modesta ración de comida le convenía perfectamente. El tiempo que le habían concedido tan generosamente lo aprovechó para dormir y recuperarse. Intentaba no pensar en lo que le esperaba, demasiado agotada para ello.

Rodrigo de Sombra regresó a la cabina a medianoche, cuando Adelita casi había creído que no vendría en absoluto. La puerta se abrió sin ruido, probablemente una habilidad adquirida tras años de vida pirata, donde el ruido podía significar la muerte y cuanto más tiempo pasaras desapercibido, más seguro estabas.

Se detuvo en el umbral, mirándola como si tratara de decidir si había obtenido un trofeo o un serio problema.

Ella no dormía; estaba sentada en la cama, con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas contra el pecho. La lámpara de aceite sobre la mesa apenas ardía, la mecha ennegrecida, la llama temblando y proyectando sombras inestables y vacilantes en las paredes. La cabina estaba en penumbra, el aire denso por el olor a queroseno quemado y a mar. Detrás de la pared se escuchaban las voces de la tripulación, amortiguadas pero audibles: la risa de alguien, una maldición, fragmentos de una canción sobre una mujer que espera a un marinero en un puerto que él nunca volverá a ver.

El barco se mecía rítmicamente: arriba, abajo, arriba, abajo. Para los marineros experimentados, era calmante; para ella, después de la tormenta que le arrebató a su hijo, resultaba inquietante. Cada ola le recordaba esa noche en que las tablas del barco crujían bajo sus pies, el agua inundaba la cubierta y ella gritaba el nombre de Juan en la oscuridad.

Rodrigo entró y cerró la puerta tras de sí. El clic del cerrojo, aunque suave, fue definitivo, marcando su decisión de entrar o no.

Se dirigió en silencio hacia la mesa y encendió otra lámpara con la primera. La luz se volvió más brillante, más intensa. Ahora ella podía verlo con mayor claridad: a juzgar por el fuerte olor a ron, estaba borracho, pero apenas se notaba en sus movimientos. También estaba cansado: los hombros ligeramente caídos, las líneas alrededor de la boca más profundas, y al mismo tiempo tenso, como la cuerda de un arco antes de disparar.

Se quitó la chaqueta, pesada, de cuero, desgastada por el agua salada y el viento. La colgó descuidadamente en un gancho junto a la puerta. Debajo llevaba una sencilla camisa blanca, desabotonada en el cuello, con las mangas remangadas hasta los codos. La blancura contrastaba con su piel oscura y bronceada; pasaba mucho tiempo bajo el sol. Colocó dos pistolas del cinturón sobre la mesa, lentamente, con cuidado, como si estuvieran vivas. Descolgó el sable de su hombro y lo colgó en un gancho cerca de la cama, donde ella podría alcanzarlo fácilmente con la mano. Se movía metódicamente, como si realizara un ritual habitual.

Adelita observaba en silencio. Esa cabina era su mundo, su reino, y ella era una intrusa. O un trofeo, como él había dicho.

Finalmente, se sentó a la mesa y se giró hacia ella. La miró durante un buen rato, estudiándola, evaluándola. Adelita sostuvo su mirada no por valentía, sino porque apartar los ojos significaría debilidad. Y la debilidad aquí era la muerte.

—Acércate.

Lo dijo sin agresividad, pero con firmeza, sin entonación, sin emoción. Para él, era un simple hecho: ella se acercaría porque él lo había dicho.

Ella obligó a sus piernas a moverse. Se levantó lentamente de la cama —los músculos entumecidos por horas de inmovilidad—, cruzó la cabina en tres pasos, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies descalzos, y se detuvo a un metro de la mesa. Lo suficientemente cerca para escuchar, pero lo bastante lejos para tener un segundo de reacción.

Rodrigo señaló la silla frente a él.

—Siéntate.

Adelita obedeció de nuevo y se sentó, colocando las manos sobre las rodillas bajo la mesa para que él no viera cómo temblaban. Él se inclinó hacia adelante, sacó una botella de ron ya abierta de debajo de la mesa. Sirvió en dos tazas de madera toscas, una con una grieta en el borde, y empujó una hacia ella a través de la mesa.

—¿Bebes?

Ella negó con la cabeza. No confiaba en el ron ni en él. Rodrigo se encogió de hombros, tomó ambas tazas, bebió una tras otra y las colocó vacías sobre la mesa con un golpe seco.

—Cuéntame sobre Damián. —Pausa—. ¿Cómo murió?

Una pregunta directa, sin rodeos. Adelita fijó la mirada en las tazas sobre la mesa; en la que tenía la grieta, un líquido oscuro se filtraba por la fisura.

—Lo mataron los soldados.

—¿Sufrió?

La garganta se le cerró. El recuerdo: Damián en el suelo, sangre en la camisa blanca, tres manchas oscuras que se expandían. Su mano en la de ella.

—No. Creo que no...

Mentira. Había muerto lentamente, y ella creía que aún podía salvarlo. Pero Rodrigo no tenía por qué saberlo, no tenía derecho a esos detalles.

Él se sirvió más ron, bebiendo más despacio esta vez, lamiéndose los labios.

—¿Nunca habló de mí?

La pregunta la tomó por sorpresa por su brusquedad e inesperado tono. Levantó la cabeza, estudiando su rostro cansado. En sus ojos oscuros algo brilló: vulnerabilidad, fugaz como un destello de luz en una ventana.

—Eres su hermano. Debería haber...

—Gemelo. —Rodrigo la interrumpió—. Nacimos el mismo día, a la misma hora. Me dijeron que nací primero, por cinco minutos. Eso me hacía el mayor. —Sonrió torcidamente—. Pero todos siempre lo quisieron más a él.

Las palabras carecían de emoción, pero Adelita escuchó el dolor debajo de ellas, profundo, antiguo, que ardía en su interior durante años. Sabía lo que era eso.

—¿Por qué? —preguntó, aunque sabía que no debía. Pero la pregunta se le escapó sola.

Rodrigo se recostó en el respaldo de la silla, cruzando los brazos sobre el pecho. Miraba a través de ella, hacia el pasado.




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