El resto de la mañana trabajaron en silencio. Adelita cortaba verduras, limpiaba pescado, lavaba cuencos. Las manos ocupadas, pero la mente libre. Pensaba en Estela, en el odio en esos ojos, en Rodrigo, que había dormido a su lado la noche anterior pero no la tocó. En que su amante estaba en algún lugar del barco y sabía con quién había pasado la noche en el camarote, aunque fuera solo una noche sin más, pero para los celos basta con la presencia de otra en el espacio privado.
Al mediodía, Marta bajó a la cocina. La africana tomó en silencio una olla con gachas y la llevó a la cubierta. Adelita ayudaba, cargando cuencos, cucharas, galletas. Las escaleras eran empinadas, la olla pesada, las manos le ardían por el calor.
La tripulación comía en cubierta, sentados donde podían: en barriles, en tablas, en cuerdas. Marta repartía la comida, Adelita entregaba los cuencos. Los hombres tomaban en silencio; algunos agradecían con un gesto, otros simplemente agarraban y se daban la vuelta. Estela estaba junto al mástil de trinquete, de espaldas a todos, comiendo sola.
Adelita llevaba los últimos cuencos cuando Estela se giró. Se interpuso en su camino, con los brazos cruzados, el cuchillo en su cinturón brillando bajo el sol.
—¿La españolita viene a alimentarnos?
Su voz era burlona, lo suficientemente alta como para que otros la oyeran. Algunas cabezas se giraron. Adelita se detuvo a un metro de ella, sosteniendo el cuenco con firmeza.
—Solo hago mi trabajo.
—Trabajo. —Estela soltó una carcajada—. ¿Y qué otro trabajo haces para el capitán? ¿Además de cocinar?
La sangre le subió a las sienes. La insinuación era clara, ofensiva. A su alrededor, todo se silenció, como si esperaran un espectáculo. La tripulación miraba, aguardando, pero Adelita se obligó a respirar con calma.
—Solo cocinar.
—Por ahora. —Estela dio un paso adelante. El olor a sudor y humo de pólvora que desprendía hizo que Adelita retrocediera un paso—. Pero no durará mucho. Él encontrará mejores tareas para ti. Tal vez hoy. Tal vez mañana, y entonces sabrás lo que significa ser propiedad de un pirata.
El cuenco tembló en las manos de Adelita. No por miedo, sino por furia. Esta mujer no sabía que Adelita ya lo había perdido todo: su hijo, su esposo, su libertad. Las palabras de Estela eran guijarros comparadas con las montañas de dolor por las que había pasado.
—Tal vez. —Su voz salió más fría de lo que pretendía—. Pero eso es entre el capitán y yo. No es asunto tuyo.
Estela la empujó. De forma brusca, inesperada. El cuenco voló de sus manos, cayó a la cubierta, las gachas se derramaron, el cuenco se rompió. Una mancha sucia en la madera clara marcó el fin del intento de Adelita por mantener la neutralidad con Estela.
—Uy, perdón, españolita. —La burla en su voz era evidente—. Fue un accidente.
A su alrededor, la tripulación se acercaba. Los hombres se aproximaron, formando un círculo. La curiosidad en sus rostros, la expectativa de una pelea en sus ojos hablaba más que las palabras. Alguien rio, otro dijo algo en voz baja en español que ella no alcanzó a escuchar.
Adelita levantó la cabeza, mirando a Estela directamente a los ojos.
—La próxima vez no te disculpes. Solo ten más cuidado.
Estela dio un paso adelante, su rostro ahora a centímetros del suyo.
—¿O qué? ¿Correrás a quejarte con el capitán?
—O me aseguraré de que lo lamentes.
Las palabras se le escaparon solas. Arriesgadas, estúpidas, pero no pudo detenerse. Todo lo acumulado durante la semana —dolor, miedo, pérdida— estalló. Estela tocó el mango de su cuchillo. Sus ojos se entrecerraron, sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Inténtalo.
La voz de Rodrigo resonó desde arriba, desde el puente de mando.
—¡Estela! ¡A mí! ¡Ahora!
Estela se quedó inmóvil, su mano en el cuchillo tembló nerviosamente. Toda su arrogancia se desvaneció como si una ola la hubiera barrido. Miró a Adelita un segundo más, luego escupió cerca de sus pies descalzos. La saliva se mezcló con las gachas derramadas. Se dio la vuelta y caminó hacia el puente, contoneando sus caderas generosas y empujando a la gente en su camino.
El círculo se deshizo, la tripulación se dispersó, perdiendo interés. Adelita se quedó de pie, respirando con dificultad, las manos temblando. Marta se acercó en silencio, recogió el cuenco roto y limpió las gachas con un trapo.
—La primera vez siempre es la más difícil —constató—. Pero lo manejaste bien, no te asustaste, y eso es bueno.
Adelita asintió, sin confiar en su voz. Se dirigió a la escotilla, bajando a la cocina. Dojo estaba junto a la mesa, limpiando pescado. La miró y asintió.
—Te ha declarado la guerra.
—Lo sé.
—Prepárate. Estela no olvida las ofensas.
Ella tomó un cuchillo y comenzó a cortar zanahorias. Las manos temblaban menos ahora; el trabajo la calmaba: el ritmo del corte, el olor de las verduras, el calor de la estufa.
Los siguientes dos días transcurrieron en trabajo. Adelita cocinaba con Dojo, llevaba comida a la cubierta, lavaba platos, pelaba verduras. Las manos se llenaron de cortes por el cuchillo, la espalda le dolía por estar de pie constantemente sobre la mesa. Pero el cuerpo se acostumbraba, los músculos se adaptaban. Y el barco se volvía menos extraño: ahora sabía dónde crujía el suelo, dónde había una rendija peligrosa entre las tablas, dónde era mejor pararse para no caer durante un balanceo brusco.
Dojo hablaba mientras trabajaban. Sobre la tripulación: quién era amigo de quién, quién tenía rivalidades, quién era confiable en una pelea y quién huía primero. Sobre Rodrigo.
—El capitán es un hombre complicado —dijo la mañana del tercer día, cortando cebolla—. Lleva una máscara de crueldad, pero debajo… debajo hay un chico que solo quería que su padre lo quisiera.
Adelita escuchaba, cortando papas. El sol se filtraba en franjas por la escotilla, iluminando el suelo.