“Cuentan las historias que en un mundo donde existe la magia, las hadas, las sirenas, criaturas extrañas, mitológicas y todo tipo de cosas que te puedas imaginar, hubo un hombre que salvó a la humanidad del rey demonio. Ese hombre se llamaba Hutame. Hutame no ganó solo. Junto a su grupo lograron salvar a la humanidad y el rey demonio fue derrotado. Hutame fue quien dio el golpe final con el poder de la esfera sagrada. Se cuenta que la esfera sagrada fue traída hasta Hutame por los mismos dioses que crearon este mundo. Para acabar, os contaré un secreto: se dice que la esfera sagrada fue enviada hacia un lugar desconocido por el mismo Hutame antes de morir. Porque quien tenga el poder de la esfera podría hacer todo con ella, tanto el bien como el mal.
—Bueno niños, eso es todo –dijo Soren mientras cerraba el libro—. Os contaré nuevas historias la siguiente semana.
—Muchas gracias, Soren –dijo un niño pequeño junto a otros mientras se iban y dejaban propina.
—Guau –ladró Kuro.
—Sí, Kuro, nos vamos a casa –dijo Soren acariciando al perro con una sonrisa.
Una vez en la casa, Soren y Kuro se echaron en la cama y se relajaron.
—Sabes, Kuro –dijo Soren mirando al perro—. Desde que papá y mamá murieron, me sentía solo. Pero gracias a que te tengo ya no me siento solo —acabó con una sonrisa.
Kuro se acercó y le lamió la cara como si lo hubiera entendido. Al mismo tiempo, Soren se levantó diciendo que mañana tendrían que trabajar duro. Aunque trabajaban de contador de cuentos, la herrería también era una prioridad para no defraudar a su abuelo Hutame. La familia de Soren era famosa, no solo porque en ella estaba el mismísimo héroe Hutame, sino también por tener una herrería donde hacían buenas espadas, cuchillas y escudos.
Al día siguiente, Soren y Kuro abrieron la tienda. Llegaron clientes, compraron y se fueron. Pero en uno de esos momentos, entró un hombre con capucha. En la herrería se sintió una aura misteriosa.
—Buenas tardes –dijo el hombre encapuchado—. Por casualidad ¿usted no será el hijo del famoso héroe Hutame Farman?
—No, soy su nieto. ¿Por qué lo pregunta? –respondió Soren frunciendo el ceño.
—Por nada, lamento haberle molestado –el hombre de la capucha se marchó, dejando un silencio en la tienda—. Por cierto, por lo que se, nunca busques la esfera sagrada…
Soren se quedó mirándolo. Por la noche, mientras cenaba con Kuro a sus pies, no dejaba de pensar.
—La esfera sagrada… –murmuró Soren—. Ese hombre… no me da buena espina. Pero cuando nombró la esfera… sentí un escalofrío. ¡Y si ese hombre quiere la esfera para dominar el mundo!
Soren se levantó dejando la cena a un lado y a Kuro en el suelo. Fue y buscó por todos lados hasta que cogió una maleta de cuero y metió sus cosas.
—Voy a detenerlo –dijo Soren con determinación.
Kuro lo miró confuso.
—Tranqui, te llevaré conmigo… Se supone que eres mi animal guardián que me dieron papá y mamá. Pero… tú me protegerás a mí y yo te protegeré a ti –dijo Soren.
—Guau –ladró Kuro.
—Bueno, entonces ¡vamos! –gritó Soren saliendo de la casa—. Pero… yo nunca he salido del pueblo. ¿Dónde se supone que tendremos que ir…?
Soren se detuvo en seco justo en el umbral de la puerta de su casa, con la maleta de cuero colgando de su hombro y Kuro trotando a su lado. La noche había caído sobre el pueblo de Eldoria como un manto estrellado. Las luces de las antorchas parpadeaban en las calles empedradas, iluminando las fachadas de madera de las casas modestas. El aire olía a humo de chimeneas y a pan recién horneado de la panadería vecina, un aroma que siempre le había dado sensación de hogar. Pero ahora todo eso parecía distante.
—¿Dónde se supone que iremos, Kuro? –murmuró Soren, rascándose la cabeza mientras ajustaba la correa de la maleta.
Nunca había salido del pueblo. Eldoria era todo su mundo: la herrería heredada de su abuelo, las tardes contando historias a los niños en la plaza y las mañanas forjando espadas que se vendían a mercaderes. ¿Qué sabía él de aventuras? Las historias que narraba eran solo relatos de un pasado legendario que su abuelo Hutame había vivido de verdad. Pero ahora, esa esfera sagrada… ¿era real? ¿Y ese hombre encapuchado la buscaba de verdad?
Kuro inclinó la cabeza y soltó un ladrido suave, como si lo animara a seguir.
—Está bien, está bien –dijo Soren forzando una sonrisa—. No podemos quedarnos aquí esperando a que ese tipo regrese. Si quiere la esfera para hacer el mal, como en las leyendas, entonces alguien tiene que detenerlo. Y si mi abuelo la escondió… tal vez yo sea el único que pueda encontrarla primero.
Con un suspiro, Soren cerró la puerta de la casa detrás de él, dejando atrás la calidez del hogar que había compartido con sus padres hasta su muerte en un accidente en las minas años atrás. Kuro era el último regalo de ellos, un cachorro que había crecido a su lado como un guardián fiel. Juntos, comenzaron a caminar por la calle principal, pasando por la herrería que ahora quedaba abandonada. Soren sintió un poco de culpa al pensar en los clientes que llegarían al día siguiente y encontrarían la tienda cerrada, pero no había tiempo para explicaciones.
El pueblo de Eldoria se extendía en un valle rodeado de colinas boscosas, con un río serpenteante que marcaba su límite sur. Al norte, un camino de tierra se perdía en la oscuridad, rumbo a la ciudad de Rivendel, el centro comercial más cercano.
—Vamos hacia el norte –decidió Soren, señalando el camino—. En Rivendel hay una biblioteca antigua, según las historias de abuelo. Tal vez allí encuentre mapas o leyendas que hablen de la esfera. O quizás alguien sepa algo sobre ese hombre encapuchado.
Kuro ladró en aprobación y juntos aceleraron el paso. La luna llena iluminaba el sendero. Después de una hora de caminata, el pueblo ya era solo un punto lejano de luces. El bosque se cerraba a su alrededor. De repente, un crujido en los arbustos los hizo detenerse. Soren agarró un cuchillo de herrero que había metido en la maleta, con la mano temblando un poco.