La Esfera Sagrada

El Ciego

La noche se hizo larga.

Soren y Kuro caminaron hasta que las piernas les ardieron y la luna se inclinó hacia el oeste. Cuando ya no pudo más, se apartó del camino, buscó un claro junto al río y esparció las hierbas de Elara en un círculo imperfecto. El olor era fuerte, como a menta quemada y tierra mojada. Kuro dio tres vueltas y se dejó caer a sus pies, resoplando.

—Buen chico —susurró Soren, rascándole detrás de las orejas—. Mañana llegaremos a Rivendel… si no nos comen antes.

Se acostó usando la maleta como almohada. El cielo estaba tan lleno de estrellas que parecía que alguien había derramado sal sobre terciopelo negro. Cerró los ojos pensando en la herrería vacía, en los niños que esperarían su cuento la semana siguiente, en el hombre de la capucha. El sueño llegó a pedazos, lleno de espadas rotas y ojos rojos.

Lo despertó el canto de un pájaro que nunca había oído.

El sol apenas rozaba las copas de los árboles cuando siguieron caminando. El camino se hizo más ancho, aparecieron marcas de carretas, y pronto olió a humo de leña y a pescado ahumado: Rivendel estaba cerca.

La ciudad se levantaba al borde del río como si hubiera crecido directamente del agua. Torres de piedra blanca, puentes colgantes, mercados flotantes donde barcas vendían frutas brillantes y telas que cambiaban de color según la luz. Había elfos de cabellos plateados regateando con enanos barbudos, un par de centauros descargando barriles y, en una esquina, un minotauro tocando una flauta de pan que sonaba triste y dulce a la vez.

Soren se sintió pequeño. Nunca había visto tanta gente junta, ni tantos olores, ni tanto ruido. Kuro pegó las orejas hacia atrás y se mantuvo pegado a su pierna.

—Tranquilo —le dijo, aunque él también estaba nervioso—. Solo tenemos que encontrar la biblioteca.

Preguntó a un guardia con armadura de escamas de pez. El hombre señaló hacia el centro: una torre octogonal de mármol negro, sin ventanas en la base, con una única puerta de bronce.

La Biblioteca Silenciosa.

Dentro olía a pergamino viejo y a cera de abeja. El suelo era tan brillante que reflejaba la luz de los candiles flotantes. Un hombre delgado y completamente calvo, con los ojos cubiertos por una venda de seda blanca, estaba sentado tras un mostrador. Sus manos descansaban sobre un libro abierto, pero no leía: solo pasaba los dedos por las páginas como quien acaricia a un gato.

—¿Buscas algo, joven herrero? —preguntó sin levantar la cabeza.

Soren se acercó, tragando saliva.

—Elara, la herbolaria del camino, me dijo que viniera. Que usted… ve más de lo que parece.

El bibliotecario sonrió apenas.

—Elara siempre envía a los perdidos. Me llamo Luan. Y sí, veo. No con los ojos, pero veo. Dime qué necesitas sin mentirme; aquí las mentiras pesan en el aire como plomo.

Soren respiró hondo.

—Necesito saber sobre la Esfera Sagrada. Mi abuelo la escondió. Alguien la busca… y no creo que sea para bien.

Luan permaneció en silencio tanto tiempo que Soren pensó que no respondería. Al fin habló, con voz baja y lenta.

—La Esfera Sagrada no está en ningún mapa. No está en ningún libro que yo pueda darte. Hutame se aseguró de eso. Cuando la envió lejos, borró su rastro hasta de la memoria de los dioses menores. Lo único que dejó fue una frase, grabada en un lugar donde nadie miraría dos veces.

—¿Qué frase? —preguntó Soren, inclinándose hacia delante.

Luan levantó la mano vendada.

—Primero una prueba. La biblioteca solo entrega lo que uno merece. Si quieres la frase, tendrás que ganarla.

—¿Qué clase de prueba?

El bibliotecario chasqueó los dedos. El suelo tembló suavemente y, de entre las baldosas, surgió un pedestal de piedra. Sobre él descansaba un pequeño cubo de cristal, no más grande que un dado. Dentro del cubo flotaba una única palabra escrita con luz dorada, pero giraba tan rápido que era imposible leerla.

—Tócalo —dijo Luan—. Si tu corazón es puro, la palabra se detendrá y podrás leerla. Si no… el cubo te mostrará lo que más temes.

Soren miró a Kuro. El perro movió la cola, como diciendo «tú puedes».

Se acercó. Extendió la mano. El cubo estaba frío como el hielo.

Sus dedos rozaron la superficie.

El mundo se apagó.

De pronto estaba en el lugar donde pasó todo, el día de la muerte de sus padres. Lo recuerda perfectamente: demonios vinieron a atacar la aldea, los aldeanos luchaban, pero todo era en vano. Soren se giró y vio a sus padres, con un niño a su lado de 6 años. Soren sabía quién era: era él. Y sus padres se agarraban de la mano y murmuraban algo. Y allí aparecía Kuro. Los padres de Soren le dicen a Soren que se vaya junto a Kuro. El pequeño Soren y Kuro salen corriendo, viendo cómo sus padres son asesinados por un demonio.

Se apartó con un grito ahogado, cayendo de rodillas.

El cubo seguía girando. La palabra seguía sin poderse leer.

Luan habló con suavidad.

—No has fallado del todo, muchacho. Has visto tu miedo y no te has rendido. Eso ya es más de lo que muchos logran. Pero la frase… hoy no la tendrás.

Soren apretó los puños, con lágrimas de rabia en los ojos.

—Entonces ¿para qué me trajo Elara hasta aquí?

—Para que supieras que no estás listo —respondió Luan—. Y para que empezaras a estarlo. Vuelve cuando hayas recorrido más camino. Cuando hayas visto más mundo. Cuando tu miedo ya no sea más grande que tu voluntad.

Se levantó, tambaleante. Kuro le lamió la mano.

—¿Eso es todo? —preguntó Soren con voz rota.

—No —dijo Luan—. Esto es solo el principio. Hay un grupo de aventureros en la plaza del Dragón Dormido. Busca a una mujer llamada Lys. Lleva una cicatriz en forma de luna sobre el ojo izquierdo. Dile que vas de parte del ciego. Ella te llevará a donde necesitas ir… aunque aún no sepas dónde es eso.

Soren asintió lentamente. No tenía la frase. No tenía una pista clara. Solo tenía un nombre y una dirección vaga.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 30.03.2026

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