Esa noche, Seraphina se volvió de lado en la cama.
Su esposo no estaba por ninguna parte.
Ella extendió la mano y tocó el espacio a su lado. Estaba frío.
Aquello le indicó que Damien se había marchado a su despacho.
La casa estaba muy silenciosa.
Era ese tipo de silencio que llega después de que los sonidos desaparecen, cuando la quietud ocupa el espacio que el ruido dejó atrás y adquiere su propia textura.
Entonces ella oyó una voz fuera de su habitación.
Una voz que vibraba en aquel silencio absoluto.
Y después, en medio de la quietud, escuchó unos pasos en el pasillo frente a su dormitorio.
Seraphina vio una sombra moverse al otro lado de la puerta.
Ella observó el pomo.
No se movió. Un segundo. Dos. Tres.
Entonces los pasos se alejaron.
Regresaron por el pasillo.
Y desaparecieron.
Seraphina permaneció sentada en la oscuridad durante un largo rato, con el corazón haciendo aquella cosa silenciosa e insistente que hace cuando el cuerpo registra el peligro antes de que la mente consiga comprenderlo.
Miró la puerta.
Miró el pomo.
Miró el espacio debajo de ella, donde debería haber aparecido la luz del pasillo, pero no había ninguna.
Se levantó.
Cruzó la habitación hasta la puerta.
Y la abrió.
El pasillo estaba vacío.
Al fondo, la pequeña ventana que daba al ala este dejaba entrar una fina columna de luz de luna.
No había nada en el pasillo.
Nada en las escaleras.
Excepto una cosa.
En el suelo, justo frente a la puerta de su dormitorio, colocada con una precisión que descartaba cualquier posibilidad de accidente, había una sola rosa.
Solo una rosa.
Yacía sobre la alfombra como un punto final al final de una frase cuyo comienzo ella todavía no había leído.
Seraphina la recogió.
La sostuvo entre sus dedos.
Y pensó. Esto no viene de Damien.
Las rosas que Damien le proporcionaba siempre llegaban en jarrones de cristal, arregladas por alguien cuyo nombre ella jamás había aprendido.
Eran rojas.
Eran numerosas.
Y eran un gesto realizado al nivel de la decoración, no de la comunicación.
Aquello era diferente.
Era una sola rosa.
Deliberada.
Dejada por una mano que había permanecido frente a su dormitorio en la oscuridad y había elegido no llamar.
Una advertencia, pensó.
O una señal.
O algo intermedio.
El tipo de mensaje que podía ser cualquiera de las dos cosas, dependiendo de quién lo hubiera enviado y qué supiera.
Seraphina regresó a su habitación.
No durmió.
En algún momento antes del amanecer, pensó en su vida matrimonial.
Y comprendió que lo más aterrador era lo bien que ambos interpretaban la rutina diaria para hacer que su relación pareciera normal.
Qué fácil era sentarse frente al otro durante la cena, servir vino y hablar de nada.
Como dos personas dentro de un edificio en llamas hablando sobre el clima.
Y, de pronto, sus pensamientos volvieron a la rosa que sostenía en su mano.
No tenía espinas.
Se las habían quitado.
Con cuidado.
Deliberadamente.
Alguien había sostenido aquella rosa el tiempo suficiente para arrancar cada una de sus espinas antes de dejarla frente a su puerta.
Aquello no era una amenaza.
Era alguien asegurándose de que ella no se lastimara al recogerla.
Y esa persona no era mi esposo.
De eso, ahora, yo estaba segura.