La primera vez que comprendí que mi vida había cambiado para siempre, estaba de pie frente al retrato de mi padre.
Habían pasado tres días desde su muerte.
Tres días desde que el castillo había dejado de sentirse como mi hogar.
La pintura colgaba en una de las paredes del salón principal. Mi padre aparecía vestido con el uniforme oscuro que tantas veces había usado durante los últimos años de la guerra. Tenía una expresión seria, casi severa, aunque yo recordaba perfectamente que no siempre había sido así.
Cuando era niña, podía hacerlo reír con cualquier tontería.
Ahora solo quedaba su retrato.
Y un silencio que parecía haberse instalado en cada habitación.
Me quedé frente a él durante varios minutos, sin saber exactamente qué esperaba encontrar en sus ojos.
Quizás una respuesta.
Quizás una explicación.
No la encontré.
—Deberías comer algo.
La voz de mi madre llegó desde detrás de mí.
No me giré.
—No tengo hambre.
—Llevas casi todo el día diciendo lo mismo.
—Porque no tengo hambre.
Escuché sus pasos acercarse.
Mi madre se colocó a mi lado y observó el retrato.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
—Tu padre habría querido que comieras —dijo finalmente.
Cerré los ojos.
—No uses eso conmigo.
—No estoy intentando manipularte.
—Lo sé.
Pero aun así dolía.
Desde que él murió, todos parecían hablar de lo que mi padre habría querido. Qué habría decidido. Qué habría hecho. Qué habría dicho.
Como si conocerlo me hubiera convertido automáticamente en una experta en sus deseos.
Pero yo tampoco sabía qué hacer sin él.
Y eso era lo que más miedo me daba.
—Freya...
—¿Qué?
Mi madre tardó en responder.
—Tenemos que hablar.
Abrí los ojos.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía simplemente triste.
Parecía preocupada.
—¿Sobre qué?
—Sobre el reino.
Miré nuevamente el retrato.
—¿Qué pasa con Terranova?
—No estamos bien.
Sentí un peso en el pecho.
Sabía que la situación era complicada. Todos lo sabíamos. Después de años de guerra, las arcas del reino estaban vacías, las cosechas habían disminuido y muchas familias habían perdido sus hogares.
Pero hasta entonces siempre había creído que encontraríamos una solución.
Mi padre siempre encontraba una.
O al menos eso había pensado.
—¿Qué tan mal estamos?
Mi madre bajó la mirada.
—Peor de lo que te han contado.
Me giré hacia ella.
—¿Qué significa eso?
—Significa que las deudas son mucho mayores de lo que imaginabas.
—¿Cuánto?
No respondió.
—Madre.
—No lo sé exactamente.
—Pero lo sabes aproximadamente.
Ella suspiró.
—Lo suficiente para saber que no podemos seguir así.
Sentí que el suelo parecía alejarse bajo mis pies.
—¿Y qué piensa hacer el consejo?
—Todavía están buscando opciones.
—¿Y Derek?
—Está con ellos.
Eso me sorprendió.
Mi hermano siempre había estado cerca de mi padre, especialmente durante los últimos años. Si ahora estaba participando en las reuniones del consejo, significaba que la situación era realmente grave.
—Quiero hablar con él.
—Está ocupado.
—Es mi hermano.
—Lo sé.
—Entonces voy a buscarlo.
Mi madre me tomó suavemente del brazo.
—Espera.
La miré.
Había algo en sus ojos que no me gustaba.
—¿Qué?
—Hay otra cosa.
Esperé.
—Los representantes de Silvania enviaron una propuesta.
Durante un instante pensé que había escuchado mal.
—¿Silvania?
Mi madre asintió.
Sentí que toda la tristeza que había acumulado durante aquellos tres días se transformaba en algo diferente.
Rabia.
—¿Qué quieren?
—Una alianza.
Solté una risa seca.
—Después de todo lo que hicieron.
—Freya...
—No.
Me alejé de ella.
—No quiero escuchar nada más.
—Necesitamos escucharla.
—¿Una propuesta de Silvania? ¿Ahora?
—No tenemos muchas opciones.
Me giré bruscamente.
—Siempre hay opciones.
—No cuando el reino está al borde de la ruina.
La frase me dejó sin respuesta.
Mi madre parecía arrepentirse de haberla dicho, pero ya era demasiado tarde.
—¿Qué clase de alianza? —pregunté.
Ella dudó.
—Una alianza económica y política.
—¿A cambio de qué?
Otra pausa.
Entonces lo comprendí.
Antes de que pudiera decirlo, mi madre pronunció las palabras que cambiarían mi vida.
—Un matrimonio.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—No.
—Freya...
—No.
—Escúchame.
—¿Con quién?
Mi madre no respondió inmediatamente.
No hacía falta.
Ya sabía la respuesta.
—Con el príncipe heredero de Silvania.
Lucien Moretti
Había escuchado su nombre antes.
Todo el mundo lo había escuchado.
Era el heredero del reino que había luchado contra nosotros durante generaciones. El hijo del rey de Silvania. El hombre que algún día ocuparía el trono.
Y, según los rumores, también era el hermano del príncipe que había muerto durante la guerra.
Un miembro de la familia Moretti.
La familia que yo había aprendido a odiar desde que era niña.
—No voy a casarme con él.
—Todavía no has hablado con él.
—No necesito hablar con él.
—Freya.
—Es un Moretti.
Mi madre guardó silencio.
Yo sabía que sonaba infantil.
También sabía que no me importaba.
Durante años había escuchado historias sobre Silvania. Sobre sus ejércitos. Sobre las ciudades destruidas. Sobre los soldados que habían cruzado nuestras fronteras. Sobre familias que nunca volvieron a ver a sus hijos.
Y ahora pretendían que yo me casara con uno de ellos.
—¿Qué piensa Derek?