No volví a dormir bien aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos, las palabras de mi madre regresaban a mi cabeza.
Un matrimonio.
No importaba cuántas veces intentara pensar en otra cosa. La propuesta seguía allí, ocupando cada rincón de mis pensamientos, como una sombra que no podía apartar.
Casarme con Lucien Moretti.
El nombre me provocaba una sensación difícil de explicar. No lo conocía, pero había crecido escuchando historias sobre su familia. Historias que hablaban de batallas, pérdidas y traiciones.
Para mí, Silvania no era simplemente otro reino.
Era el lugar donde comenzaban muchos de los recuerdos más dolorosos de mi familia.
Me levanté antes del amanecer y me acerqué a la ventana. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y una fina lluvia caía sobre los jardines.
Terranova siempre había sido hermoso durante las mañanas lluviosas. Las montañas se cubrían de niebla y los árboles parecían extenderse hasta el horizonte.
Mi padre solía decir que nuestro reino tenía dos rostros: uno tranquilo, que mostraba a los visitantes, y otro endurecido, que solo conocían quienes habían vivido la guerra.
Yo había conocido ambos.
Y, desde su muerte, el segundo parecía haberse apoderado de todo.
Me vestí sin llamar a ninguna doncella y bajé al comedor. Esperaba encontrarlo vacío, pero Derek ya estaba allí.
Mi hermano se encontraba sentado frente a una taza de té que seguramente se había enfriado hacía rato. Tenía el cabello desordenado y unas ojeras que no había intentado ocultar.
Al verme, levantó la mirada.
—No dormiste.
—Tú tampoco.
—Te hice una pregunta primero.
Me senté frente a él.
—No pude.
Derek asintió, como si ya supiera la respuesta.
Durante unos segundos ninguno tocó la comida.
—Madre me contó que hablaron anoche —dijo.
Sentí que mis dedos se tensaban sobre la mesa.
—¿También te contó lo de Silvania?
—Sí.
—¿Y qué piensas?
Derek se recostó en la silla.
—Pienso que nuestro padre murió hace tres días y que el consejo ya está buscando la manera de utilizar lo que dejó atrás.
—No respondiste mi pregunta.
—Porque no sé qué quieres que te diga.
—Quiero saber si crees que debería casarme con él.
Derek bajó la mirada.
Mi hermano nunca había sido bueno fingiendo. Cuando algo le preocupaba, se le notaba en la mandíbula, en la forma en que apretaba los puños o en la manera en que evitaba mirar directamente a alguien.
—No quiero que te obliguen —dijo finalmente.
—Pero...
—Pero tampoco quiero que nuestra familia lo pierda todo.
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier discusión.
—¿Tan mal estamos? —pregunté.
Derek se pasó una mano por el rostro.
—Hay soldados que llevan meses sin recibir su paga. Varias aldeas del norte necesitan provisiones. Las cosechas fueron peores de lo esperado y las deudas de la guerra siguen aumentando.
—El consejo puede solicitar ayuda a otros territorios.
—¿A cuáles?
Terranova había perdido aliados durante el conflicto. Algunos reinos habían cerrado sus fronteras y otros exigían condiciones que nuestro gobierno no podía aceptar.
—Podríamos negociar —dije.
—Eso es lo que están haciendo.
—Con Silvania.
—Sí.
Me levanté de la mesa.
—No entiendo cómo puedes hablar de esto con tanta calma.
Derek también se puso de pie.
—¿Crees que estoy tranquilo?
Su voz sonó más dura de lo habitual.
Lo miré y comprendí que había cometido un error.
—No.
—He visto lo que dejó la guerra, Freya. He estado en las fronteras. He visto hombres regresar sin sus hermanos y familias que no tenían nada para comer. No estoy tranquilo.
Su expresión se quebró ligeramente.
—Pero si existe una posibilidad de evitar que más personas sufran, no puedo descartarla solo porque me duela.
Me quedé callada.
Derek había servido en la guardia ducal durante los últimos años. Yo había escuchado sus relatos, pero nunca le había pedido que me contara todo. Quizás porque sabía que algunas historias no podían olvidarse una vez que se escuchaban.
—¿Crees que Silvania realmente quiere ayudarnos? —pregunté.
—Creo que Silvania quiere algo a cambio.
—El matrimonio.
—Entre otras cosas.
Me giré hacia la ventana.
—¿Qué otras cosas?
—Rutas comerciales. Acuerdos militares. Influencia sobre las tierras del norte.
La lluvia golpeaba los cristales.
—Entonces no es ayuda —dije—. Es una forma de comprarnos.
—Quizás.
—¿Y tú aceptarías eso?
—Yo no soy quien debe casarse con su príncipe.
La respuesta me hizo volverme hacia él.
Derek suspiró.
—Perdón.
—No. Tienes razón.
Me abracé a mí misma.
—Pero sigo sin entender por qué tengo que ser yo.
—Porque eres la hija del duque.
—Eso no es una razón.
—Para ellos, sí.
Aquella mañana comprendí que mi título nunca había sido solamente un privilegio.
También era una responsabilidad que otros podían utilizar para decidir sobre mi vida.
Más tarde, mi madre me informó que el consejo quería verme.
Me negué al principio.
No porque tuviera miedo de entrar en aquella sala, sino porque sabía que todos intentarían convencerme de aceptar algo que yo no deseaba.
Sin embargo, después de unos minutos, decidí acudir.
Si querían que sacrificara mi futuro por Terranova al menos tendrían que mirarme a los ojos mientras me lo pedían.
El despacho de mi padre estaba más frío que de costumbre.
Su escritorio permanecía cubierto de documentos.
Algunos habían sido ordenados en pilas; otros estaban abiertos, con anotaciones escritas en los márgenes.
El rey de Terranova se encontraba junto a la chimenea.
A su lado estaban el primer ministro y dos consejeros que conocía de las reuniones públicas.