La carta permaneció sobre mi escritorio durante toda la mañana.
No la había vuelto a leer, pero tampoco había sido capaz de apartarla de mi vista. El sello del consejo parecía observarme desde el papel, como si contuviera una sentencia que todavía no me atrevía a pronunciar en voz alta.
Las primeras conversaciones con Silvania comenzarían en los próximos días.
Y después llegaría él.
Lucien Moretti.
El príncipe heredero del reino que mi familia había aprendido a odiar.
Me pregunté cuántas veces había escuchado mi nombre. Si alguien le habría hablado de mí o si simplemente era una pieza más dentro de los acuerdos que sus consejeros estaban preparando.
Freya Bellmont.
La hija del duque de Terranova.
La mujer que podía convertirse en el puente entre dos reinos o en otra razón para que la paz se rompiera.
No sabía cuál de esas posibilidades me inquietaba más.
—¿Vas a seguir mirando la carta hasta que desaparezca? —preguntó Derek desde la puerta.
Levanté la cabeza.
Mi hermano llevaba una camisa oscura y el cabello ligeramente húmedo. Probablemente acababa de regresar de las caballerizas o de alguna reunión con los hombres de la guardia.
—Estoy pensando.
—Eso parece peligroso.
—En este palacio, pensar demasiado es lo único que todavía no pueden prohibirme.
Derek sonrió apenas, aunque la expresión desapareció rápidamente.
Entró en la habitación y cerró la puerta detrás de él.
—El consejo se reunirá esta tarde.
—Lo sé.
—También han llegado noticias de Silvania.
Mi espalda se tensó.
—¿Qué noticias?
Derek se acercó al escritorio, pero no tocó la carta.
—La delegación está preparando el viaje. No llegará todavía el príncipe, pero enviarán representantes para revisar los términos iniciales.
—¿Y qué esperan que haga yo? ¿Sentarme y sonreír mientras deciden cuánto vale mi matrimonio?
—Espero que hagas lo que ya decidiste hacer.
—¿Y qué decidí?
—No dejar que hablen por ti.
Lo miré en silencio.
Derek siempre había sido más directo que yo. A veces demasiado. Pero había algo en sus palabras que me hacía recordar que, incluso cuando no estaba de acuerdo conmigo, no pretendía convertirme en una prisionera de mis propias obligaciones.
—Quiero que estés presente en la reunión —dije.
Sus cejas se elevaron.
—¿Estás segura?
—No quiero estar rodeada de hombres que creen saber qué es lo mejor para Terranova mientras yo soy la única persona que debe entregar algo.
—Freya...
—No voy a pedirte que hables por mí. Solo quiero que estés allí.
Derek asintió lentamente.
—Estaré.
Me levanté de la silla y me acerqué a la ventana.
Desde allí podía ver parte de los jardines, aunque la lluvia de los últimos días había convertido los senderos en caminos oscuros y embarrados.
—¿Alguna vez pensaste en marcharte? —pregunté.
—¿De Terranova?
—De todo esto.
Derek tardó en responder.
—Muchas veces.
Me volví hacia él.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Su mirada se dirigió hacia el retrato de nuestro padre, colocado al otro lado de la habitación.
—Porque alguien tenía que quedarse.
Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba.
Yo también había pensado en marcharme. Había imaginado una vida lejos de los salones del palacio, de las reuniones interminables y de las decisiones que se tomaban sobre mi cabeza.
Pero nunca había considerado que marcharme significaría abandonar a mi madre, a Derek y a las personas que dependían de nuestra familia.
Tal vez esa era la trampa.
Nos hacían creer que elegir por nosotros mismos era egoísmo, hasta que terminábamos aceptando cualquier sacrificio como si fuera una obligación natural.
—No quiero que te quedes solo por mí —dije.
Derek me miró.
—No lo hago solo por ti.
—Entonces, ¿por quién?
—Por todos los que todavía viven aquí.
No tuve una respuesta para eso.
La reunión comenzó poco después del mediodía.
El despacho del consejo había sido preparado con una mesa larga, varios documentos y un mapa extendido sobre la superficie. Las fronteras de Terranova estaban marcadas con tinta oscura. Al norte, las montañas separaban nuestro reino de Silvania.
Durante años, esas líneas habían representado batallas.
Ahora representaban rutas comerciales, puestos de vigilancia y acuerdos que podían decidir el futuro de miles de personas.
El rey ocupaba la cabecera de la mesa. A su derecha estaba el primer ministro; a su izquierda, tres consejeros y un secretario encargado de registrar cada palabra.
Derek se sentó cerca de mí.
Yo permanecí de pie.
—Freya —dijo el rey—, puedes tomar asiento.
—Prefiero escuchar la propuesta antes de hacerlo.
Uno de los consejeros suspiró.
No sabía si era impaciencia o desaprobación, pero no me importaba.
El primer ministro abrió una carpeta.
—Los representantes de Silvania han enviado una versión preliminar del acuerdo.
—¿Preliminar? —pregunté.
—Los términos todavía pueden modificarse.
—Entonces no entiendo por qué ya se habla de un matrimonio.
El rey entrelazó las manos sobre la mesa.
—Porque el matrimonio es el elemento central de la alianza.
—¿Central para quién?
Nadie respondió de inmediato.
El primer ministro deslizó un documento hacia mí.
—Silvania propone asistencia financiera para la reconstrucción de las regiones más afectadas por la guerra. También ofrece acceso preferencial a sus mercados y protección de determinadas rutas comerciales.
—¿A cambio de que me case con Lucien Moretti?
—A cambio de una alianza entre ambas casas.
—Que incluye mi matrimonio.
—Sí.
Tomé el documento y comencé a leer.
La propuesta era más detallada que la anterior.
Hablaba de préstamos, suministro de cereales, protección de caravanas y cooperación entre las fuerzas de ambos reinos.